Autor: Juan Carlos Monedero

(Tomado del blog Público)

La izquierda, que no debe mentir

Una de las diferencias entre la derecha y la izquierda a la hora de enfrentar los problemas es que la derecha (en este momento histórico corrida hacia la extrema derecha) no tiene compromiso alguno con luchar contra la mentira. Su voluntad no es con la verdad, sino con el poder. Por eso no necesita justificar sus posiciones y por lo mismo puede decir una cosa y la contraria. Lo hacen constantemente.

Por eso mismo, cuando se articula internacionalmente no lo hace sobre la base de un programa compartido –al poder se accede en cada país de una manera diferente y no hay un “programa de la extrema derecha”- sino que se encuentran sobre esa voluntad de poder compartida: el marco neoliberal como base; planes Cóndor para eliminar adversarios; sincronía política contra Venezuela, Cuba o Nicaragua –en su momento también contra Brasil, Bolivia, Ecuador, Argentina…-; sincronía mediática con intelectuales y periodistas actuando de arietes; redes sociales compartidas a través de empresas.

En cambio, la izquierda, como una familia política amplia que busca cambiar el statu quo, no puede mentir porque perdería el asidero de su compromiso con el cambio. La izquierda necesita programas, una lectura coherente de la realidad y un compromiso claro con la verdad.

Si no entiendes el antiimperialismo es que no entiendes nada

La gente de izquierda con frecuencia nos enfadamos con Cuba. Como se enfada un hijo con su padre o un padre con su hijo; como se enfada un seguidor con su grupo musical por el último disco o con su cantante favorito por unas declaraciones desafortunadas, como te enfadas como lector con tu escritor preferido o un alumno con el profesor que le enseñó a leer. A veces ese enfado toma forma de desgarro, como le pasó a José Saramago. Solo te desgarras con lo que forma parte de tu músculo y está pegado al hueso.

Algo que no se termina de entender desde Europa, incluida España, es que mientras la izquierda europea ha tenido como referencia el obrerismo, la izquierda latinoamericana ha tenido como condición necesaria el antiimperialismo. Estados Unidos sí lo entiende pero se hace el loco. Normal el antiimperialismo en un continente que ha sido invadido por Estados Unidos cerca de un centenar de veces (es curioso que la derecha española odia a los árabes por Al Andalus, cuando fueron pueblos que vivieron siete siglos en la península ibérica). Sin entender el antiimperialismo no se entiende a Cuba igual que no se puede entender el peronismo. No se puede entender a Sandino y cómo el sandinismo aguanto la guerra que los Estados Unidos les hizo con la Contra y nunca se entenderá el papel que desempeñó Chávez en Venezuela y América Latina cuando, como potencia petrolera, le paró los pies a los que construyeron en el mundo, Plan Marshall incluido, la dependencia del petróleo con las cinco “hermanas”, que siempre fueron la verdadera ONU norteamericana.

Los golpes de Estado que ponían en marcha las élites latinoamericanas, apoyadas por ejércitos aristocráticos o mercenarios, siempre contaban con el aval norteamericano. En repetidas ocasiones, mucho más que el aval, como pasó en Chile con Allende. El imperialismo es militar, cultural y económico. Bien conocido es el trasvase de renta permanente desde el sur del Río Grande hacia el norte, especialmente desde los tiempos de la deuda externa desde los ochenta.

Algunos dicen que cuando se piensa en Cuba hay una mirada con nostalgia de la guerra fría, cuando había, según el entender ideológico de cada cual, sus buenos y sus malos. Es verdad que ya no estamos en los tiempos de la confrontación entre la URSS y los Estados Unidos, donde era más fácil identificar posiciones. Pero en el siglo XXI sigue funcionando el imperialismo, aunque la palabra haya envejecido. Ahora esa conquista de unos países por otros es más elegante y no necesitas bombardear el Palacio de la Moneda como pasó en Chile en 1973 ni ocupar Vietnam ni Corea ni financiar la Contra como hicieron en Nicaragua. Claro que a veces siguen recurriendo al golpe clásico –el penúltimo en Hondura, el último, quizá, en Haití-, pero la capacidad de presión en el siglo XXI es judicial, mediática, económica y financiera. Más limpia pero igualmente letal. Si el capitalismo financiero dobló el brazo a la Grecia de Tsipras ¿no lo van a hacer en una América que consideran de su propiedad?

Cuba era Fidel pero siempre fue más que su dirigencia

El compromiso de la izquierda mundial es con Cuba, no con su régimen político. El compromiso con Cuba tiene que ver con su resistencia al gendarme mundial norteamericano, con su capacidad de enviar brigadas médicas por el mundo, con su solidaridad con las luchas por la soberanía, con la generosidad del Che Guevara, con la capacidad de esa pequeña isla de producir su propia vacuna –España no ha sido capaz todavía y es la cuarta economía del euro-, con la calidad y humanidad de sus médicos –que tanto contrasta con buena parte de los médicos latinoamericanos, arrogantes y solícitos solo con los ricos-, con la inteligencia de Fidel Castro, con la capacitación de su población, con sus tasas de educación universitaria, con su compromiso con el igualitarismo en un mundo preñado de desigualdades, por su compromiso con la paz en un mundo preñado de guerras… Sin embargo, no hay ninguna izquierda en el mundo que quiera trasladar a su país el régimen político cubano. ¿Una contradicción? No. Porque a Cuba se le apoya por su enorme dignidad y por sus logros concretos en ese país concreto.

Defender a Cuba, pedir siempre cuentas a la dirigencia

Una de las estupideces más grandes y, al tiempo, más eficaces de la derecha ha sido criticar a las izquierdas de sus respectivos países por, supuestamente, querer importar las políticas diabólicas de los países de algún eje del mal. Durante muchos años, la amenaza era querer aplicar el sistema soviético. Todavía hoy se hacen exorcismos por lo que juran es la llegada inminente del castrismo. Especial éxito ha tenido la acusación de querer convertir cada país en una sucursal de Venezuela. La demonización de Venezuela no ha sido gratuita. Tiene que ver con que Chávez hizo cinco cosas prohibidas por el gendarme mundial: (1) crear la UNASUR y mandar al basurero de la historia a la OEA, uniendo a los latinoamericanos sin tutelas; (2) construir una diplomacia petrolera, que pasaba por reflotar la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP), subir a un precio justo el barril y plantear que las transacciones petroleras no debían hacerse necesariamente en dólares; (3) concienciar a su pueblo con educación y medios de comunicación alternativos –hasta el punto de que hizo fracasar el golpe que dieron contra Chávez en 2002-; (4) hacer lo que no le dejaron a Allende, esto es, construir el socialismo desde el respeto a la democracia parlamentaria, las elecciones y la Constitución; y (5) romper con Yalta y Potsdam que prohibía a países como Rusia o China hacer transacciones económicas y políticas con América Latina.

Es evidente que defender a Cuba no pasa por querer importar su régimen político. Para un politólogo tal pretensión es tan idiota como para un biólogo querer trasplantar un riñón o un corazón de un gorrión a un cóndor. Cuba es un país referente de la lucha imperialista, agredido sin límite, bloqueado inhumanamente y al que no le han dejado que haga nunca sus ajustes gubernamentales en libertad. Los Estados Unidos nunca han dejado a Cuba desarrollarse, como sí ha dejado a otros países subordinados, fueran democracias o dictaduras sangrientas. La verdad, eso le ha pasado a toda la izquierda real desde, al menos, la Comuna de París de 1871. Y bien lo sabe la España republicana. El bloqueo económico a Cuba lleva 60 años poniendo palos en las ruedas del desarrollo del país. 184 países de Naciones Unidas, salvo Estados Unidos e Israel acaban de votar en contra del bloqueo. El loco del pelo naranja que fue Presidente de los Estados Unidos empeoró aún más la situación con 248 nuevas reglas que impiden a la isla negociar con el mundo (que es como hundirles en el mar), y la administración Biden, que hacia fuera seguirá muchas pautas de Trump, sigue creyendo que tiene derecho a decir qué país es terrorista y quién no lo es. Aunque si se aplicaran ese baremo a sí mismos igual tenían que invadirse. Añadamos los intentos de asesinato de los líderes cubanos (cuando te quieren matar constantemente, alguna razón tiene tu paranoia), a lo que hay que sumar ese genocidio silencioso que es intentar matar de hambre al pueblo negando a su gobierno negociar económicamente con otros países como hacen todos los demás.

Cuba, es un referente socialista concreto frente a los Estados Unidos –ese país que se inventó que Irak tenía armas de destrucción masiva para invadirlo y asesinar a 600.000 personas- pero está gobernado por una dirección política que puede, perfectamente, dejar que desear, emocionar, equivocarse e, incluso, formar parte de una burocracia anquilosada, igual que puede acertar, obrar con inteligencia y tener unas tasas de COVID envidiables desde una perspectiva europea.

Se puede apostar por Cuba sin fisuras, porque es lo que hace uno con la dignidad. Y al tiempo entender que para mantener ese referente socialista en un lugar condenado en su historia a ser un cuarto trasero de los Estados Unidos, toca en el siglo XXI adelantar algunos cambios, hacer algunas reformas que tienen que ver con algo que llevan tiempo reclamando los cubanos.

La doble vara de medir con Cuba

Pero no nos engañemos. Es muy hipócrita criticar a Cuba y silenciar lo que está pasando en el resto del continente. En Colombia van 75 muertos desde que empezaron las protestas y el paro nacional. Van más de 500 desaparecidos. Biden anuncia nuevas sanciones contra Cuba por los presos. ¿Hubo sanciones alguna vez contra los miles de asesinatos en la Colombia de Uribe con los falsos positivos (en España, al narco Uribe le acaba de invitar la Universidad Rey Juan Carlos, tristemente famosa por sus muchos casos de corrupción vinculados al Partido Popular). Y puesto a preguntar, ¿dónde está la policía cubana disparando como el ESMAD, el Escuadrón Móvil Antidisturbios colombiano? ¿Qué manifestantes aparecen en Cuba en las cunetas con un disparo en la cabeza? ¿Dónde están las masacres que perpetraron las dictaduras argentina, chilena, brasileña en Cuba? ¿A qué país ha agredido militarmente Cuba como hace permanentemente los Estados Unidos, a menudos con el apoyo de la Unión Europea?

A Cuba no se le ataca porque incumpla los derechos humanos. Se la ataca porque es un símbolo de la posibilidad de intentar un sistema político diferente. Se la ataca por lo mismo por lo que acabaron a sangre y fuego con el Chile de Salvador Allende. A Cuba la atacan con saña los que no soportan que la dignidad de un continente pase por esa pequeña isla. Por eso, sólo la izquierda, desde su compromiso moral, puede criticar que el gobierno cubano detenga a manifestantes o impida las protestas. Porque la derecha latinoamericana en sus países los asesina. Un solo muerto, un solo detenido en una protesta en Cuba es algo que a nosotros nos sume en la tristeza. Los miles de jóvenes campesinos o pobres asesinados en Colombia y presentados como guerrilleros para cobrar la recompensa bajo el gobierno de Uribe no estremece a los que gritan ¡Libertad, libertad! pensando en invadir Cuba. Los que tienen en España al Poder Judicial secuestrado piden justicia en Cuba.

En España, durante la pandemia, se ha presionado al gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos para que permitieran la actividad económica, especialmente en la hostelería. Algo parecido a eso que pedía la derecha es lo que hicieron las autoridades cubanas con el turismo, principal rubro económico de la isla. Esa apertura, necesariamente, tenía que aumentar los contagios. El dilema era terrible: ¿dinero en divisas para importar alimentos y medicinas, o aumento de los contagios? Tomase la decisión que tomase el gobierno cubano iba a equivocarse. Los mismos que defendían una cosa en su país, como ha hecho la derecha española, iban a estar dispuestos a llamar asesino al gobierno de Cuba por hacer lo que ellos estaban pidiendo en sus países.

Cuando las vacunas también son geopolítica

Las manifestaciones en Cuba tuvieron una expresión popular en algunos lugares –por ejemplo, donde había cortes permanente de luz, como San Antonio de los Baños- pero se han organizado desde fuera de la isla y ha sido protagonizada por la derecha internacional. En las protestas había sectores populares que tenían una justa ira y demandas pendientes pero también mercenarios con agenda política pagados por las organizaciones norteamericanas clásicas (la USAID, la National Endowment…). La violencia en las protestas, con agresiones directas a la policía, es muy probable que vinieran de esos sectores (aún tenemos en la retina las imágenes de policías ardiendo en Caracas durante las guarimbas, igual que no podemos olvidar la celebración de esas imágenes por parte de los que en sus países, incluida España, defienden a la policía porque la entienden parte de su garantía de poder y privilegio).

En la organización de las protestas y en la demonización de Cuba han participado los mismos que han pretendido desconocer la victoria de Pedro Castillo en Perú, los que atacan constantemente, les es indiferente las razones, a Venezuela y a Nicaragua, los que construyeron la imagen amenazante de la “caravana centroamericana” que utilizaría Trump en su campaña, los que intentaron que López Obrador no ganara las elecciones en México, los que celebraron la injusta encarcelación de Lula en Brasil, los que justificaron el golpe de Estado en Bolivia, los que persiguen a Cristina Fernández de Kirchner y a Rafael Correa, los que defienden las barbaridades contra los derechos humanos que perpetra Bolsonaro, los que ocultan los asesinatos en Colombia por parte de la policía, los que niegan las detenciones ilegales en Ecuador. Son los mismos que intentaron la invasión de Venezuela desde Cúcuta y los que, con boots y robots, intentan día sí y día también tumbar a los gobiernos que pretenden gobernar para las mayorías.

Cuba ha desarrollado dos vacunas, que está dispuesta a compartir con el continente y con los países pobres del mundo. Ni Estados Unidos ni la Unión Europea están dispuestas, en medio de este shock que puede permitirles una vuelta de tuerca más en la lógica neoliberal, que Cuba trastoque sus planes. Las vacunas son geopolítica.

Añadamos la confrontación creciente de Estados Unidos, también con el recién elegido Presidente Biden, contra China, que coincide con el incremento de la agresividad contra, precisamente, los países que negocian con las autoridades chinas: Venezuela, Cuba y Nicaragua. Pretender que los disturbios en Cuba son una mera expresión del descontento popular es una ingenuidad de esas que le cuestan la libertad a los pueblos.

Cuba y la legitimidad del socialismo

Si bien es cierto que el régimen político cubano tiene menos apertura que los que entendemos como democráticos, en 2019 todos los cubanos y cubanas votaron su nueva Constitución y apostaron de manera inequívoca por el socialismo. El 78% de los cubanos y cubanas dijeron que querían continuar con el socialismo. El imaginario socialista sigue siendo defendido por la mayoría de la población. Pese a todas las dificultades. Porque Cuba es, insistimos, el símbolo de la soberanía latinoamericana por haber resistido los intentos de invasión y asesinato de sus líderes, por demostrar que existe alternativa real y por el ejemplo de una manera diferente de gestionar la economía que ha expresado enormes éxitos (especialmente comparada con su contexto geográfico –pensemos Haití o Centroamérica-, aunque también las cifras de Harlem o del Bronx en los Estados Unidos siempre han estado por debajo de las cubanas en mortalidad infantil o pobreza). Reírte de que Cuba es el “paraíso de los pobres” solo es posible desde la estatura económica de quien no es pobre.

Las protestas en Cuba son comprensibles y se han dado en prácticamente todos los países antes y después del COVID 19 (aunque, como venimos diciendo, no hay en Cuba, a diferencia de lo que dijo el expresidente Uribe, órdenes de asesinar a los manifestantes). Pero la COVID, el confinamiento, la angustia de la incertidumbre es imposible que no generen enfado popular en cualquier rincón del mundo. Sin bien las cifras del COVID en Cuba son envidiables -1800 muertos en un país con 11,3 millones de habitantes. En España rondamos, con 46 millones de habitantes, los 81.000 fallecidos por COVID- es indudable que las incertidumbres que todos hemos vivido también han existido en Cuba.

No se han dado en Cuba los escándalos de corrupción con las vacunas que hemos visto en otros países. No hemos visto las afirmaciones contradictorias de las autoridades –ni estúpidos negacionistas entre la población-. Tampoco cadáveres abandonados en las calles, ni falta de mascarillas ni de insumos básicos en los hospitales –aunque sí hay restricciones en medicinas-. Tampoco han vivido las chapuzas en la adquisición de materiales que han protagonizado los países desarrollados. Tampoco han tenido que dimitir por comportamientos ilegales o inmorales responsables políticos de salud cubanos, como en tantos otros países.

Cosas que están rotas en Cuba

Cuando un ciudadano ve que su vida empeora ¿tiene derecho a dirigir su ira hacia las autoridades? Parece sensato que sea así. Y que las autoridades se nieguen a escuchar los reclamos sería un error. Acertó el Presidente Díaz Canel al acercarse personalmente a San Antonio de los Baños a escuchar en primera persona los reclamos. Porque hay elementos de la situación actual de Cuba que las autoridades tienen que atender:

-La crisis económica –donde, nunca nos cansaremos de repetirlo, el bloqueo es esencial para entender la situación (con el freno de las remesas por las presiones de Trump, el bloqueo de barcos, las dificultades legales a cualquier empresa que comercie con Cuba) , reclama una nueva imaginación política.

-El crecimiento de la inflación que dificulta el acceso a los bienes de consumo (motivado por la decisión, no fácilmente explicable de unificar las monedas en mitad de la pandemia)

– las desigualdades evidentes en la isla –algo que se evidenciaba ya con la existencia de la doble moneda-. En un sistema político socialista, resulta muy difícil de entender para la ciudadanía que se abran tiendas para bienes básicos que solo se puedan comprar en dólares. Aunque la explicación sea que con esos dólares se podrán llevar después esos bienes a las tiendas que trabajan en pesos cubanos.

-el incremento de jóvenes y afrodescendientes en las cárceles, lo que demuestra la existencia de unas políticas públicas que atienden más a los mayores, así como un mantenimiento de las discriminaciones de raza que aún persisten en la isla.

-las contradicciones que genera el contagio que lleven los turistas –prácticamente la principal economía nacional-;

-la incomodidad de las enormes colas por la ausencia de bienes de consumo.

A lo que hay que sumar que hay una generación que nació ya en la crisis –en el periodo especial de los 90- y a la que la legitimidad de Sierra Maestra y el fin del régimen de Batista ya no convoca como convocó a sus mayores. El sueño capitalista que proporciona Hollywood, las series y las redes es falso, pero muy tentador. No hace falta tener nada para ser clase media aspiracional. Los estantes vacíos, los cortes de luz –esenciales para entender las protestas en algunas partes de la isla-, la lentitud de internet, las dificultades para imaginar un futuro más luminoso no se solventan con las viejas formas de participación. Esa es la tarea esencial de la dirigencia política cubana. Escuchar las críticas y saber diferenciar a los que quieren tumbar la democracia y los que tienen demandas legítimas.

Escuchar a Fidel siempre es útil

Una de las victorias indirectas de la hostilidad a los gobiernos de cambio es convertirles en paranoicos. De esta manera, se deja de escuchar el sentir popular y los portadores de malas noticias son decapitados. Con las redes sociales, los jefes solo leen en los grupos de whatasapp y telegram mensajes zalameros: ¡+1000! ¡+1.000.000! ¡Has estado soberbio! Y de esa manera se deja de escuchar el cuaderno de quejas del pueblo y se deja de aprender.

Es conocida la respuesta del monje cisterciense Arnaldo Amalric después de que las tropas papales derrotaran a los cátaros en esa ciudad francesa en 1209. ¿Cómo diferenciar a los buenos católicos de los malvados albigenses? El abad habría contestado: Matadlos a todos, pues Dios ya conoce a los suyos” (Caedite eos, novit enim Dominus qui sunt eius). ¿Vamos a hacer lo mismo en la izquierda con las críticas?

En Biografía a dos voces, la voluminosa e insuperable entrevista dialogada que hizo Ignacio Ramonet a Fidel Castro, hay al final una reflexión que hay que volver a leer con calma:

“Nosotros confiábamos en la crítica y en la autocrítica, sí. Pero eso se ha casi fosilizado. Ese método, tal como se estaba utilizando, ya casi no servía. Porque las críticas suelen ser de un grupito; nunca se acude a la crítica más amplia, a la crítica en un teatro por ejemplo. Si un funcionario de salud pública, por citar un caso, falseó un dato acerca de la existencia del mosquito Aedes aegypti, se le llama, se le critica. Bien. Pero conozco a algunos que dicen: “Sí, me autocritico”, y se quedan tan tranquilos, ¡muertos de risa! Son felices. ¿Y todo el daño que hiciste? ¿Y todos los millones que se perdieron como consecuencia de ese descuido o de esa forma de actuar?

Hay que ir a la crítica y a la autocrítica en el aula, en el núcleo y después fuera del núcleo, en el municipio, y en el país. Debemos utilizar esa vergüenza que sin duda tienen los hombres, porque conozco a muchos hombres justamente calificados de “sinvergüenza”, que cuando en un periódico local aparece la noticia de lo que hicieron, se llenan de vergüenza. En esta batalla contra vicios no habrá tregua con nadie, cada cosa se llamará por su nombre, y apelaremos al honor de cada sector. Al final, los que no quieran entender se van a autocorregir, pero de otra forma; sí, se van a embarrar con su propia basura. De algo estamos seguros: en cada ser humano hay una alta dosis de vergüenza. Y el primer deber de un revolucionario es ser sumamente severo consigo mismo (…)

Y esto no es hablar mal de la Revolución. Esto es hablar muy bien de la Revolución, porque estamos hablando de una Revolución que puede abordar estos problemas y puede agarrar al torito por los cuernos, mejor que un torero de Madrid. Nosotros debemos tener el valor de reconocer nuestros propios errores precisamente por eso, porque únicamente así se alcanza el objetivo que se pretende alcanzar.

Es absolutamente cierto que una parte de las críticas a la situación en Cuba son legítimas. Y hay que escucharlas. Porque incluso en los golpes blandos –esa estrategia norteamericana golpista que logra acabar con los gobiernos soberanos y al tiempo evita la condena internacional propia de los golpes duros– hay una parte de verdad. Para eso hacen falta nuevos canales que permitan la libre expresión con consecuencias políticas y sin represión. Hay leyes pendientes en la Asamblea cubana que buscaban precisamente aumentar la participación popular. Es tiempo de darles salida.

Todo esto es tan cierto como que cualquier protesta va a ser utilizada por los contrarrevolucionarios que no quieren escuchar la decisión constitucional votada en 2019 de que Cuba es socialista. Como en las primaveras árabes, las legítimas protestas fueron pronto usurpadas por la mano de Estados Unidos para tumbar a los gobiernos que no les eran favorables. Es un error confundir las revoluciones de colores, esas protestas de mercenarios organizadas por los Estados Unidos, con las legítimas protestas populares. Porque, repetimos, un triunfo indirecto del golpismo norteamericano es obligar a los gobiernos de izquierda a enrocarse, a encerrarse en sí mismos ante los ataques, a creer que todas las protestas son contrarrevolucionarias. Porque con esa actitud, terminas expulsando de las filas de la revolución a los que son revolucionarios pero tienen posiciones críticas. Escuchemos, insistimos, lo que dijo el último Fidel.

Otra vez, por si a alguien se la he olvidado: con Cuba, por dignidad

En Cuba no hay niños durmiendo en la calle. Que nadie se olvide. Y es el único país latinoamericano con dos vacunas que funcionan. Pero la sociedad cubana necesita avanzar para que la voluntad mayoritaria de construir el socialismo no se debilite. Como dice la analista brasileña Joana Salem, en Cuba se nacionalizó la economía, luego se estatalizó pero nunca se socializó. Seguramente ahí hay una tarea pendiente. Y en esa socialización, el régimen cubano tendrá que aprender a escuchar voces diferentes que tengan miradas diferentes sobre la construcción del socialismo.

Ya hemos escuchado al alcalde de Miami, Francis Suárez, pedir que se bombardee Cuba. Los Estados Unidos, cada vez que han intervenido en algún país desde 1945, lo han destrozado. Engañaron a la comunidad internacional con las falsas armas de destrucción masiva en Irak, engañaron en Siria, en Libia, en Afganistán. En Libia, el país más próspero de África, anunciaron en los medios internacionales que Gadaffi estaba bombardeando a población civil y asesinando a civiles con mercenarios subsaharianos contratados. En un momento crítico, fue portada de todos los medios e informativos que Gadaffi, con un ejército mercenario, iba a entrar de inmediato en Bengazhi e iba a pasar a cuchillo a la población rebelde que estaba luchando “por la democracia”. Todo era mentira, pero la opinión pública internacional, incluida la izquierda, toleramos el bombardeo norteamericano de Libia. Hoy es un país destrozado, en manos de mafias que trafican con esclavos, terroristas del ISIS y señores de la guerra que pelean entre sí. Estados Unidos y las élites económicas occidentales llevan mucho tiempo queriendo acabar con el ejemplo cubano. No nos engañemos. Convertirían a Cuba en otra Libia.

Algunas conclusiones para el debate: presionar contra el bloqueo, abrir nuevos canales para que el pueblo se exprese, construir nuevas legitimidades socialistas

Se trata ahora, en momentos difíciles de post COVID, de, sin ingenuidades, salvaguardar todo lo ganado en estos 60 años, que es inmenso y patrimonio de la izquierda mundial. Se trata de mantener ese símbolo de dignidad soberana escuchando al pueblo, de ir más allá de ese “socialismo dependiente” –no solo ha existido el capitalismo dependiente- a donde ha llevado el bloqueo y también las decisiones políticas. Cuba tiene que reinventar un compromiso con la comunidad que nazca desde abajo y que no sea una expresión mecánica del mandato del Partido Comunista de Cuba. Las nuevas generaciones tienen que aprender el respeto a los demás, la épica de mantener espacios de la vida desmercantilizados, de la misma manera que el socialismo cubano tiene que incorporar las nuevas demandas ecologistas, feministas y culturales que, necesariamente, nacen en un mundo donde internet está revolucionando nuestras sociedades. Se trata de reactivar las organizaciones populares desde un espacio que no puede ser el de la lucha contra Batista ni el de la guerra fría. Más desafiante y, por eso, que más necesita contar con el apoyo de la mayoría. Los Estados Unidos de Joe Biden van a llevar la democracia de fronteras adentro –para evitar que locos con cuernitos en la cabeza entren en el Capitolio- pero es muy difícil que cambien radicalmente su política exterior. Es verdad que Biden ha frenado una nueva crisis de los balseros, pero no va a dar libertad a Cuba para que se desarrolle económicamente y pueda convertirse en un ejemplo latinoamericano de prosperidad alternativa. Las nuevas sanciones van en esa dirección.

La sociedad cubana es más plural que en el siglo XX. Si no escuchas esa pluralidad, la echas en brazos del autoritarismo capitalista, de la lógica consumista, de la identidad autoritaria de la extrema derecha o, como está ocurriendo en muchos sitios, de las mafias del narco. Dinero para convencer a gente no les falta a las oligarquías norteamericanas, latinoamericanas y europeas y tampoco a los delincuentes. Se trata, pues, de encontrar el rumbo del socialismo en el siglo XXI. Un socialismo que tendrá, necesariamente, otros contornos que en el siglo XX. Los retos son enormes. Las expectativas de las nuevas generaciones no son las de sus mayores. Esos logros ya se alcanzaron. Hay que establecer los nuevos. Y no es sencillo porque el neoliberalismo es un sentido común.

Salir del neoliberalismo, inventar un nuevo sentido común, es tan difícil y el contexto está tan lleno de dificultades -cambio climático, desigualdades, regreso de enfermedades, guerras, robotización de la economía, migraciones, amenazas a los derechos ganados de las mujeres…- que solo es confrontable confiando en un pueblo que construya su nueva utopía. La antesala de cada revolución es una gran conversación. Por eso no se puede silenciar el diálogo. Hacen falta todas las voces. Incluidas las que chirrían. El socialismo del siglo XXI necesita tanto pueblo como sea posible, porque solo con mucho pueblo son solucionables tan grandes desafíos.