A La Habana de siempre

Por Bismark Claro Brito

Si me preguntaren cuándo fue la primera vez que vi a La Habana y cuándo será la última, no encontraría respuesta posible. Todavía no sé si este espacio de ensoñaciones ocupó mis “otras vidas”, si acaso presencié su acto fundacional a inicios del siglo XVI o le estreché la mano al historiador Emilio Roig –lo cual hubiese sido un placer–.

Las ideas se diluyen ante tanta belleza espontánea y, sin embargo, la incertidumbre me regocija. Por otra parte, la imposibilidad de definir esa primera y última cita me permite, de cierta manera, revisitar la tierra que me vio nacer.

De lo que sí estoy seguro es que siempre la he asociado con ceiba, faro, morro, capitolio, leones, giraldilla, malecón, mar…mucho mar. ¿Cuántos amores se habrán declarado con las olas habaneras como telón de fondo? Esa es otra de las singularidades que atestiguan quienes nacen o “renacen” en la capital de todos los cubanos: Ella en sí misma enamora de tan solo mirarla y, de gracia, te ayuda a hacerlo.

La Giraldilla constituye uno de los símbolos inseparables de La Habana. Foto: Bismark Claro Brito / Qva En Directo

En realidad, a partir de ese amor y sentido de pertenencia de los suyos hacia la villa San Cristóbal de La Habana, se reconstruyó varias veces luego de los ataques de corsarios y piratas durante la primera mitad del siglo XVI. Sobre escombros y cenizas, la ciudad se defendió con fortificaciones y muralla incluida, la misma que hoy podemos tocar en fragmentos, la misma que hoy nos cuenta de la entonces metrópoli mejor defendida del Nuevo Mundo.

Resiliente, altanera, criolla, galante, atrevida y emprendedora. Solidaria, acogedora, apresurada, noctámbula, bulliciosa –a veces–, pero tan única como incomparable. Así es la urbe que ampara a más de dos millones de pobladores, donde la gente pone en práctica la misión difícil, pero no imposible, de empujar hacia adelante a La Habana y su historia provista de leyendas inconclusas, de ciudadanos tan osados como los que hoy la habitan.

El patrimonio humano de esta ciudad es una garantía de su riqueza cultural. Foto: Tomada del sitio web Cubadebate

Tantos siglos después se trueca el tiempo, como mismo le ocurre a mi mente. Cecilia Valdés se apropia del barrio del Santo Ángel Custodio; los pasos de José María López Lledín –Caballero de París– no se detienen y, en vez de dulces, flores o estampitas, regala la fortuna quijotesca de tomarse una foto junto a él; me persiguen los acordes de Chopin al piano y la mirada omnipotente del Cristo de La Habana.

Y esas cosas suceden, porque acostumbramos a inmortalizar todo aquello que nos identifica. El doctor Eusebio Leal Spengler (eterno hijo y enamorado de esta dama real y maravillosa) también nos enseñó a contar y preservar, desde el arte, nuestra cultura.

501 años después de aquel primer campanazo, la Llave del Nuevo Mundo conserva el encanto de su bautismo y hechiza a todo aquel que llega a ella. Por eso no recuerdo cuándo la vi por vez primera, pero no dejo de escuchar lo que me dijo aquella madrugada en que nací, antes de que el faro del Morro volviera a alumbrar la Giraldilla: ¡Detén el paso, caminante, está usted en La Habana! Y, desde entonces, no he dejado de darle vueltas a la ceiba.

La ceiba, ubicada en El Templete, acoge a miles de habaneros que, cada 16 de noviembre, celebran la fundación de la villa San Cristóbal de La Habana. Foto: Bismark Claro Brito / Qva En Directo

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