Cuba

Adelante con los faroles

A ambos lados de la mesa, lápices, goma de borrar, cuadernos, libros y libretas –con los símbolos patrios incluidos en la carátula–, temperas, crayolas, tijeras y muchos sueños e ideas incesantes. En cada puesto un niño, una niña, un ser humano, simplemente eso, con el derecho y el deber de estudiar agradece a sus maestros con la sonrisa reveladora del bienestar que se siente cuando aprendemos algo o entendemos de a poco el curso del mundo.

Imagen tomada de La Vanguardia

Ese es el recuerdo de mi primer acercamiento al lugar que, desde los cinco años de edad, andamos por más tiempo que la propia casa: la escuela, ese hogar compartido gratuitamente, ese espacio que acoge un desfile de conciencias desiguales para ser guiadas por el camino del análisis, un lugar que divisa el futuro de un país desde la candidez de la infancia.

Y aunque sea esta una de las primeras escenas, común a la mayoría de los infantes nacidos en Cuba en los últimos sesenta años, resulta a la vez el “final feliz” del filme histórico de una nación, donde sacrificios, enfrentamientos, logros y rectificaciones se sucedieron atropelladamente para iluminar la tierra de Martí con el conocimiento, con la idea de que “la cultura es lo primero que hay que salvar”.

Revolución de revoluciones

Por encima de milagros y coincidencias, detrás de cada acierto de la Revolución cubana en el terreno de la educación –uno de los mayores afanes y conquistas de nuestro modelo social– abunda la disposición de un gobierno integrado por jóvenes que sufrieron las deficiencias educativas, la casi nula existencia de escuelas en las zonas rurales y los perjuicios derivados de la ignorancia, el engaño y la demagogia. Allí también radican muchas mentes pensantes –guiadas por la visión holística de Fidel Castro Ruz– que echaron a andar una revolución dentro de otra, con el mismo sentido estratégico de los partidos de ajedrez.

Imagen tomada del sitio web de Radio Rebelde

Además de jugar y compartir sueños de “¿qué quiero ser cuando sea grande?”, en la escuela también compartimos saberes que nunca se olvidan, como tampoco se despegan de nosotros algunas palabras asociadas con las letras del alfabeto al colocarlas ordenadamente en el componedor. “A”, de avión, barco con “be larga” o, como se dice ahora, simplemente be, la ce inicial de caballo y la “e” de elefante, la efe de familia, farol, felicidad y, ahora que lo pienso, también de Fidel. No recuerdo que ninguno de mis profes haya empleado la mal llamada “forma de propaganda política y adoctrinamiento”, aunque sea un nombre propio que por sí mismo no tiene significado.

Tan solo mirar la historia de Cuba, pesar los hechos con la balanza de la justicia, estudiar la Ley de Reforma de la Enseñanza, la Campaña Nacional de Alfabetización, que en tan solo un año convirtió a Cuba en el primer país de América declarado “Territorio libre de analfabetismo”, la construcción de casi 10 000 nuevas aulas, la conversión de fortalezas militares y cuarteles en centros escolares, la creación de los círculos infantiles y la educación especial, nos despeja la faceta social y pedagógica del rey mago de 1959.

Educación para todos

Pero si a esa labor le agregamos los planes de becas universitarias, la fundación de las escuelas de arte, la formación de técnicos y profesionales de numerosos países en las instituciones educativas nuestras, como la Escuela Latinoamericana de Medicina; si reconocemos el eficiente método cubano de alfabetización “Yo sí puedo” –aplicado en 28 naciones–, y disfrutamos de Universidad para todos, de la Mesa Redonda y de la amplia red nacional de bibliotecas, también accedemos a la presencia atemporal y ubicua de Fidel en el ámbito educativo y de cultura general que soñó para el pueblo de estudiantes, obreros, campesinos y trabajadores de este país.

El joven líder estudiantil y luego dirigente revolucionario nunca se conformaba con informes o planes de los directivos o ministros de Educación, sino que visitaba constantemente las instituciones para palpar las pañoletas de los pioneros en sus manos, para conquistar la sonrisa de un niño que miraba hacia arriba con la intención de adueñarse de un gigante. Y como de costumbre, cuando llegaba a las aulas se comía a preguntas a todos, cual periodista ávido de información.

Imagen tomada del diario Granma

Seis décadas después

Imagen tomada de la revista Bohemia

Ayer, cuando me senté por primera vez a la mesa llena de materiales para mi formación, no tuve en cuenta todas estas cosas, fui feliz; me acostumbré rápido a la idea de contar con una segunda casa. No tuve problemas a la hora de compartir con mis semejantes de la “raza humana” un poco de mi merienda o la goma de borrar. Hoy, al mirar el panorama educativo vigente antes de 1959, intuyo el agradecimiento por todo lo que sé y porque el aprendizaje en Cuba es un obsequio cotidiano a defender y actualizar constantemente.

Estábamos distribuidos dos estudiantes por mesa –lo recuerdo–, cada uno con su lápiz, libreta y componedor en mano. Nos dedicábamos a ordenar las veintisiete letras del abecedario, llegaba el momento de la “f” y aparecía la palabra farol. Al ser tan pequeños no sabíamos nada. Pero en 1961 Fidel distribuyó faroles por toda Cuba para iluminar las almas de la nación. Ayer no conocía eso. Hoy ya lo sé. Por ahí comenzó todo: con ¡lápiz, cartilla, manual!

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