En la noche del viernes cinco de agosto de 1994, Fidel Castro Ruz, acompañado por un panel de periodistas, compareció ante la Televisión Cubana y las ondas internacionales de Radio Habana Cuba.

De acuerdo con la versión taquigráfica del Consejo de Estado, desplegada en las páginas cuatro, cinco, seis y siete de la tirada del diario Granma correspondiente al sábado seis, el periodista Luis Báez comenzó halagando la presencia del líder en las calles habaneras como algo extraordinario.

“Si realmente estaban lanzando algunas piedras y había algunos disparos, yo quería también recibir mi cuota de piedras y de disparos. ¡No es nada extraordinario!”, recibió como respuesta.

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El 13 de julio de 1994, un grupo de cubanos intenta robar de la bahía de La Habana el remolcador “13 de marzo” con el fin de llegar a Miami. Otros tres remolcadores tratan de frenar la escapada y, en medio del oleaje, la oscuridad y las maniobras, se produce una colisión que provoca el hundimiento de la embarcación en fuga.

Gracias a los esfuerzos de las naves involucradas y de las tropas guardafronteras, que llegaron posteriormente, se logra salvar a más de una treintena de personas. Sin embargo, aquella noche de fatalidades, en el acto, fenecen ahogadas similar cuantía de vidas humanas.

El 26 del propio mes, secuestran la lancha “Baraguá”, dedicada a la transportación de pasajeros en la bahía capitalina.

“Oye, el patrón se echó al agua”. “Yo te dije que tenías que echártelo”, recordaría de la conversación entre dos de los secuestradores, Alfredo Rodríguez Abreu, tripulante. La declaración ve la luz en la página dos de la tirada del diario Granma del lunes ocho de agosto, específicamente en el artículo: “Las armas no eran de juguete”, firmado por la periodista Sara Mas.

En dicho texto, al aludir a la postura de determinados medios de prensa extranjeros, Rodríguez Abreu agrega:

“Ahora dicen que quienes asaltaron la lancha no estaban armados, que eran de juguete las que llevaban. Pero yo traje de regreso conmigo los siete cuchillos, la Makarov y dos granadas que me entregaron los marinos norteamericanos.

“[…] Ellos no son bobos, saben que esa gente hizo un acto violento, que entraron con armas y secuestraron la lancha a punta de pistola”, sentencia para referirse a la consulta de los guardacostas gringos con su puesto de mando en La Florida, para recibir aprobación formal de la entrada, antes del trasbordo en altamar.

El tres de agosto, también con rehenes, secuestran la embarcación “La Coubre”. “Eviten accidentes, no traten de impedir la salida del barco, de interceptarlo […]. Síganlo por si algunas personas son lanzadas al mar, o por si la embarcación se hunde auxiliar a las personas que van en esa embarcación, tanto a los complotados como a los rehenes”, resultó, de acuerdo con posteriores declaraciones de Fidel, la orden emitida a los guardacostas cubanos.

Al día siguiente, cuatro de agosto de 1994, vuelven a secuestrar la lancha de pasajeros “Baraguá”, donde es asesinado por la espalda el suboficial de la Policía Nacional Revolucionaria, Gabriel Lamoth Caballero.

En la portada del Granma del lunes ocho de agosto de 1994, aparece la imagen de la Plaza de la Revolución abarrotada, correspondiente al domingo siete, cuando se le rindieron honores fúnebres al agente caído. La última guardia de honor junto al ataúd fue encabezada por Juan Almeida y Raúl Castro.

De igual forma, se anunciaba para las cinco de la tarde del propio lunes un acto político en la Plaza de la Revolución Mariana Grajales de Guantánamo, en homenaje al suboficial, oriundo de ese territorio. Se estimó entonces que participarían 150 mil guantanameros. En el número siguiente del periódico, bajo la firma de la reportera Haidée León Moya, en portada, se confirmaba la presencia de “más de 150 mil personas”

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Las primeras noticias del día cinco notificarían sobre el intento de apropiación de un barco en el puerto habanero que ni siquiera tenía motor; acción frustrada por la policía y el pueblo. Posteriormente se sucedieron disturbios en diferentes puntos de La Habana Vieja y Centro Habana, a los que, como conjunto, la prensa extranjera opuesta al gobierno llamó “Maleconazo”.

En la contraportada del Granma del seis de agosto, bajo la firma de Silvia Martínez, se testimonia que del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas partió la primera “andada” de jóvenes dispuestos a enfrentar las revueltas, en las que acontecieron actos vandálicos como la ruptura de vidrieras. Luego entraron en el enfrentamiento directo miembros del Contingente Blas Roca, también trabajadores del Comercio y “pueblo en general”.

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Entre las causas de los sucesos expuestas por el Comandante en Jefe se encontraban el crudo momento económico que vivía el país tras la caída del Campo Socialista y el consecuente endurecimiento del bloqueo norteamericano, la propaganda antirrevolucionaria pagada desde Miami y el doble discurso del gobierno de Estados Unidos, que restringía la entrega de visas para los ciudadanos cubanos y, al mismo tiempo, estimulaba la inmigración ilegal.

A lo largo de agosto, Fidel hace hincapié constantemente en que “nosotros no podemos seguir siendo guardianes de las fronteras de los Estados Unidos”. También señala que si Estados Unidos no tomaba medidas “rápidas y eficientes” para que cesara el estímulo a las salidas ilegales, “tendremos que darles instrucciones a los guardafronteras de no obstaculizar la salida de embarcaciones que quieran viajar a Estados Unidos”, como tampoco a las que pretendiesen venir a buscar familiares o ciudadanos en general.

El 27 de julio de 1993, el presidente Clinton expresaba al senado de Estados Unidos: “Tenemos que decirle ‘no’ a la inmigración ilegal, de manera que podamos seguir diciéndole ‘sí’ a la migración legal. Va a resultar más difícil que los inmigrantes ilegales entren a este país”.

Ya en 1984, el gobierno cubano suscribe un acuerdo migratorio con la administración de Ronald Reagan que establece el otorgamiento de hasta 20 mil visas por año a los ciudadanos de la Mayor de las Antillas.

Según datos publicados en el diario Granma en su edición del jueves 25 de agosto de 1994, tomando en cuenta dicho pacto, hasta ese momento debieron haberse concedido aproximadamente 160 mil visas, de las cuales solo se concretaron 11 222, en una relación que apenas sobrepasaba el 7 por ciento de lo acordado. Este acuerdo se vio interrumpido durante los años 1986 y 1987 por la salida al aire de Radio Martí.

En 1985 fueron otorgadas 1 227 visas; en 1988, 3 472; 1 631 a lo largo de 1989; 1 098 en 1990; 1 376 en 1991; 910 en 1992; 964 en 1993 y 544 hasta el 22 de agosto de 1994. Entre los motivos expuestos por el lado estadounidense constaba que no existían suficientes cubanos con calificación para entrar al país del norte.

Entre 1990 y agosto de 1994, las fuerzas guardafronteras de Cuba impidieron la llegada ilegal de 37 801 cubanos. En el mismo periodo, Estados Unidos admitió 13 275, “sin una sola excepción, no importa de qué categoría fueran, qué delitos hubieran cometido, qué barcos hubieran secuestrados o si llegaban en balsas”, consta en el artículo a página completa rubricado por José A. de la Osa, que ocupó la portada del diario en la referenciada fecha.

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Una de las panelistas aquella noche del cinco de agosto fue la periodista Arleen Rodríguez. Según declaró, ella se insertó entre la población que rechazó los disturbios. “[…] íbamos en manifestación por la calle buscando quiénes eran los que iban a dar la cara, que nadie la dio finalmente, es decir, nadie que estuviera contra la Revolución dio la cara”. Rodríguez describe la sorpresa y la emotividad de encontrarse con la multitud que envolvía a Fidel, entre consignas e himnos.

Aún se registra en la memoria popular, cual leyenda, que los mismos que minutos atrás tiraban piedras y volteaban tanques de basura comenzaron a gritar “¡Viva Fidel!” al ver llegar al líder, quien había ordenado a su escolta no sacar ni un arma.