Alamar, la Covid, los diez

Autores: Pedro Pablo Chaviano, Gabriela Orihuela y Beatriz Ramírez López


—¡Cuídate mucho!

— Pronto nos veremos. ¡Hasta el infinito y más allá!

Esta resultó la primera conversación a distancia que escuché entre una joven paciente aislada en la Residencia Estudiantil Universitaria de Alamar Zona VI y su familiar. La espera se hace larga cuando te juegas la salud y estás lejos de tus seres queridos. Nadie quiere estar contagiado, pero la Covid-19 lleva casi un año ratificando su nocividad.

Aquí los pacientes cuentan el tiempo para reunirse con sus familiares; piensan en las horas de encierro junto a otros desconocidos que pueden estar sanos o no; cuidarse, siempre cuidarse. No queda de otra.

El edificio tiene muchas fronteras. Traspasas la línea de fuego cuando pisas la conocida Zona Roja; la misma alberga a los viajeros internacionales. Ellos son, mayoritariamente, cubanos que pisan nuevamente el suelo patrio. Allí se debe entrar con todos «los hierros», estar atentos y concentrados. A veces, el caos inunda los cuatro pisos con capacidad para más de 90 personas.

La Zona Verde es conocida como el sitio de descanso —el poco que podemos tener en esta batalla—, aunque las precauciones no censan ni se baja la guardia. Aquí estamos nosotros: los voluntarios, los doctores, doctoras y enfermeras, los vigilantes y el personal que está al frente del centro. Entre ambas franjas tenemos a la Zona Naranja, intermedio entre «la caliente» y el lugar de tregua.

Una última frontera existe, una fuerte y que resulta la más añorada en cruzar: esa línea divisoria entre el centro de aislamiento y la ciudad de Alamar. Las calles huelen a libertad. Los pacientes están aquí por cinco días, el personal de salud y los voluntarios por 15.

No vemos balas, ni armas, no hay bombas, ni tiros; sin embargo, hay una guerra contra lo invisible, hay muertos, llantos, pérdidas. La desesperanza no logra convertirse en bandera; no la dejemos ser.

Los jóvenes cubanos dan el paso al frente y se incorporan a esta tarea de impacto social.
Foto: Pedro Pablo Chaviano Hernández

El momento cero

A las 10 a.m. del miércoles 24 de febrero llegamos al centro de aislamiento de Alamar Zona VI. Nada parecía inmóvil. «Hay mucho trabajo. No se para», nos comentó Gabriela Solá, estudiante de Derecho. Solá era quien estaba al frente del grupo que relevamos. En eso sí acertó: no paramos nunca.

En el centro la vida es dinámica; las horas parecen pasar volando en ocasiones; en otras se detiene y un instante vale por mil. Tras conocer las habitaciones que debíamos ocupar, el grupo de diez voluntarios se dividió por quehaceres: limpieza, pantry y repartir alimentos en la Zona Roja. A menos de dos horas de nuestro arribo ya comenzaba la extenuante faena.

¡Nadie sabe lo difícil que se torna distribuir el almuerzo! Beatriz, Dailene y yo sabemos de lo que hablamos. Debemos empacar la comida, entregársela a los voluntarios que están en Zona Roja y estos a los vigilantes, limpiar el pasillo divisorio de ambos extremos, llevarle los alimentos al personal de administración, llamar a los doctores, enfermeras y vigilantes que están de descanso, regresar las cajas al pantry. De vez en cuando los números no coinciden, hay que estar a la viva. La comida puede sobrar, nunca faltar.

Belsis y Daniela tuvieron que higienizar todos los pisos en la Zona Roja desde el segundo día. Hasta la limpieza es complicada. A Mario un paciente le reconoció su labor. «Este agradecimiento no fue solo para mí; represento a muchos jóvenes».

Los voluntarios realizan varias de las funciones principales en un centro de aislamiento. Foto: Beatriz Ramírez López

Ahora somos 10, pero antes estuvieron otros. Desde el año anterior la juventud cubana ha dado el paso y trabajado en tareas de impacto. El chofer de la guagua que nos trajo me dijo que este era «nuestro Moncada».

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La actividad comienza desde temprano. Nos levantamos a las 6:30 a.m., recogemos la ropa sucia de los pacientes; servimos el desayuno; lavamos nuestra ropa; limpiamos el baño de la Zona Naranja —usado por quienes quienes traspasan esa frontera—; servimos merienda; limpiamos todas las habitaciones, el pasillo; servimos almuerzo y merienda; entregamos algunas pertenencias que traen los familiares de los pacientes a los vigilantes; minutos de respiro; servimos cena y merienda nocturna; limpiamos por segunda ocasión la Zona Naranja. El día se repite.

En nuestros ajetreos nos ayudan los vigilantes, la enfermera y el doctor o la doctora de guardia. La administración siempre está pendiente y dispuesta a auxiliarnos en lo que necesitemos.

Las jabas, los vasos y las cucharas escasean; el cloro es más fácil de conseguir que el agua. Con el cloro se hace todo: limpiar el piso, desinfectar los muebles de todas las zonas, lavar los guantes, los nasobucos, las caretas, las manos. Vivimos con el olor a cloro pegado, ya parece cosa común.

Pedro Borges Blanco, otro joven médico, en la primera línea de combate.
Foto: Beatriz Ramírez López

Tres días habían transcurrido cuando nos informaron que de todos los PCR realizados en el centro, durante la jornada anterior, solo siete pacientes eran negativos. Estábamos trabajando con 19 personas infestadas con la Covid-19. Otro de los resultados positivos resultó ser la Jefa de los Enfermeros de Alamar Zona VI. Ahora todo el sitio es Zona Roja; cuidados extremos en situaciones extremas.

Los pacientes sucumbieron ante la noticia; no querían irse. «Los resultados estuvieron amañados», «no tenemos eso. ¡No mientan!». Hubo revuelo, nuestro equipo estaba ahí, en medio de un mar de personas enfermas, abarrotadas, encabezando una protesta. Indisciplina, caos, historias; contención, salud.

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Aquel rostro no logramos definirlo, con tantas medidas de protección de por medio es casi imposible identificar a alguien. De ella solo conocemos la tristeza.

Mientras se encontraba aquí, su madre combatía contra el virus. Ella quería ir a verla, pasar sus últimos momentos juntas. «Nos debatíamos entre la seguridad y el poder darle un abrazo», aseguró José Manuel Lapeira

La impotencia nos invadió por esos instantes. ¿Qué hacer cuando se desea consolar y a la vez proteger a los tuyo?

Pasó la noche, pero no la imagen de consternación. Llegó el día, la prueba negativa de la desconsolada. Debía marcharse y se enteró de una de las pocas noticias para las que nunca se está preparado. Murió su madre. El coronavirus robó otro cuerpo.

Camina, va dejando surcos a su paso, va regando lágrimas y la frustración y el dolor se ven, se oyen, se sienten. Algunos fotogramas no están destinados a irse. Se quedan. Se quedarán.

Repeticiones del cansancio

En su primera oportunidad como voluntaria, a Belsis la llevaron al centro de aislamiento una semana antes de internarse, para que supiera sus actividades y qué medidas imprescindibles debía tomar. Esta vez no fue así.

Los protocolos han variado. Los casos se disparan, sin embargo, la percepción de riesgo desciende por día. No se trata de ser paranoico ni negativo. Estamos viviendo tiempos complejos, mucho más que cuando la pandemia inició.

El personal de la salud se siente cansado. Con razón. Su vida se ha vuelto un ciclo entre guardias, horas de sueños, recuperación, y el bucle se repite. Lleva once meses reiterándose. La población también se cansa. Todos estamos cansados.

Uno o dos nasobucos, careta —si se tiene—, cloro, higiene, cloro, más higiene… la vida cambió y se torna perenne.

Las jornadas laborales llegan a ser extenuantes y la faena logra repetirse diariamente.
Foto: Pedro Pablo Chaviano

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Por estos días, Alamar VI ha visto, además de un arduo trabajo, la jovialidad característica de la juventud, ha disfrutado de alegrías como las menciones de la periodista Dailene Dovale, una en el Premio Juan Gualberto Gómez, categoría Prensa Escrita y otra en el Guillermo Cabrera Álvarez, por Hipermedia, y ha visto hacerse realidad el sueño del Decreto Ley de Bienestar Animal.

En las noches reinan los gozos. Hemos jugado al dominó y la competencia reñida nos ha costado varias horas de lucha. A las películas también jugamos; tuvimos que parar el primer torneo previendo que Mario no se infartara cuando perdiera. Hay personas que no aceptan la derrota ni en los ratos de esparcimientos.

Además, algunos pudimos creernos fotógrafos de hermosos momentos al utilizar nuestras cámaras como mejores captoras de la realidad absoluta. No obstante, el punto cimero de la creatividad, el talento, el arte y los deseos de distracción se alcanzó con la creación del video Los mosqueperros. Mario, Pedro Pablo y Carlos Camilo fueron los protagonistas de un baile peculiar.

«Después de esto nuestras vidas no serán las mismas», comentó Daniela. Nuestras vidas han dejado de ser iguales hace casi un año. Nos estamos acostumbrando a los drásticos cambios, al cachumbambé del tiempo.

De alguna forma debemos salir, por un ratico, del trabajo que sabíamos tocaba hacer y del peligro invisible que enfrentamos a cada minuto; enajenarnos de la situación latente; hacernos saber que la risa aún sigue siendo la mejor medicina.

Revelando rostros

Daniela Pujol Coll, una profe que parece más estudiante novicia, tiene dulzura en la mirada, en la voz, en los gestos; parece una niña pequeña que sabe jugar a señoras educadas. Ríe cada vez que puede y lo hace con delicadeza sobrada. «¿Tienen algo para lavar?», «¿quieren café?», pregunta y desea ayudar a todos.

Aclara que no es editora, pero lo cierto es que en un grupo repleto de periodistas la usamos a ella para que revise, corrija y nos dé su opinión. Ser maestro se lleva en el espíritu.

Daniela Pujol Coll.

Carlos Camilo Capote Álvarez comenzó recientemente el cuarto año en la carrera de Biología. La primera vez que compartimos fue durante la Tángana, en el mes de diciembre del año pasado. Ahora nos volvimos a ver siendo dos de los voluntarios en esta insigne tarea.

Juega a lo que se puede e inventa historias locas sin sentido. Habla de los micromachismos y creemos que ha aprendido un poco. Esperamos.

Carlos Camilo Capote Álvarez.

Belsis Isabel Rodríguez Carballo es la más menudita del grupo. Mide 1.50 metros de estatura. «Hay que mantener una Belsis de distancia», decimos      —medio en broma, medio en serio— a la hora de conservar las medidas sanitarias.

Habla mucho sobre arte; expone que teme no saber expresarse, pero lo hace de manera ilustre. Nos obligó a ver, durante tres noches, el musical Hamilton. Parece una chica frágil, pero es solo una ilusión del físico. Trabaja muchísimo, sin embargo, nunca la he visto cansada. Al menos, no lo ha demostrado.

Belsis Isabel Rodríguez Carballo.

José Manuel Lapeira es noble y se sabe. Siempre está cooperando y parece convivir con el apuro de vez en cuando. Jamás flaquea el preguntar qué se necesita y va y auxilia y no se queja. Tiene la mala costumbre de prescindir de la comida; nos preocupamos siempre, hay que estar alimentados para realizar cada uno de los quehaceres.

Uno de los vigilantes le dice «el poeta»; Lapeira tiene versos muy hermosos y como todo escritor no está conforme con sus trabajos.

José Manuel Lapeira.

La periodista Dailene Dovale de la Cruz recibió dos de sus premios dentro de este reducido espacio que llamamos apartamento. Se encierra en la habitación y emplea el tiempo en un podcast. Trata de estar siempre en línea para saber sobre su nueva responsabilidad: ejercer como profesora guía de un puñado de cuasi periodistas de quinto año de la Facultad de Comunicación.

Dailene disfruta el silencio; sus movimientos en cámara lenta atentan contra la vorágine del día a día y se aferra a lo seguro y conciso. En un poco más de tiempo podremos saber qué piensa tan solo con la mirada.

Dailene Dovale de la Cruz.

Mario Ernesto Almeida Bacallao tampoco es nuevo. Ha pasado dos veces por estas labores. Su trabajo y hasta los juegos los toma muy en serio; tal parece que las pequeñas alegrías dependieran de eso. Resulta serio, pero no en exceso; baila, participa y crea.

El conocido como «el animal del reguetón», Mario, prefiere que no lo despierten, su humor puede cambiar y nunca para mejor.

Mario Ernesto Almeida Bacallao.

Ricardo o el profe, nuestro líder, es quien primero comienza a trabajar y el último que termina. Se mueve de un lugar a otro, monitoreando a cada muchacho, preguntando qué hace falta, cómo estamos. Sus ojos se muestran cansados. Almuerza tarde, muy tarde, cuando todos nos encontramos fuera de la Zona Roja. A diario, hace un recuento de lo sucedido, nos informa de lo bueno y lo que no, pero hay una constante en cada charla: «Hay que cuidarse».

Ricardo Milian.

Alejandro Barro Cañamero, el otro profe, es vicedecano de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana. Constantemente está resolviendo todo aquello que podamos necesitar. Ha dicho en varias ocasiones que es una persona introvertida. Habla con pasión de la biología y de Alejandra, su hija, sus eternos amores. Nos cuenta muchas anécdotas de tiempos pasados y reímos a carcajadas. En esos momentos olvida por unos minutos la timidez.

El profe hace los peores chistes que podemos escuchar; atenta contra nuestro raro descanso y vaticina calamidades. 

Alejandro Barro Cañamero.

Te invitamos a conocer más sobre este grupo de voluntarios que, actualmente, están en la trinchera de fuego contra la Covid-19.

*En el podcast se utilizó el poema de José Manuel Lapeira, estudiante de 4to Periodismo, “Con una adarga bajo el brazo”.

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