La noticia fue impactante. El lunes pasado el portero de balonmano cubano nacionalizado portugués, Alfredo Quintana, cayó fulminado en un entrenamiento después de sufrir un paro cardiorrespiratorio. Tras cinco días de batalla en el Hospital Sao Joao su lucha por la supervivencia terminó este viernes, dejando una profunda conmoción en el universo deportivo.

Con solo 32 años de edad, el gigante de más de dos metros abandonó este mundo, dejando la portería del Porto huérfana, sin su guardián principal, sin el dragón que custodiaba con coraje y efectividad las redes de uno de los clubes más respetados de la nación europea.

Como prueba fehaciente están sus jugadas, marcadas por aquellos reflejos y la capacidad de abrirse como un compás para hacerle frente a los disparos rivales que pretendían invadir su meta. Y es ahí cuando se dice y no se cree, cuando nos preguntamos cómo alguien que lucía así de sólido, imbatible, iba a ceder ante la fragilidad de un latido.

Algunos recuerdan como si fuera hoy al “chamaco” que en 2010 salió de Cuba a vivir la aventura europea. Una llamada de su amigo Rafael Capote –cubano que juega por Catar– le cambió el rumbo de la vida. Capote le comunicó que en el Porto buscaban un portero. Ya había defendido los colores de su tierra y partió a encarar un nuevo reto.

Para 2014 el habanero ya integraba la selección portuguesa en la que fue titular indiscutible. Vistiendo la chamarra lusa acumuló un total de 72 internacionalidades y dejó brillantes actuaciones en el europeo del pasado año y en el recién finalizado Mundial de Egipto.

Con el club, Quintana se coronó seis veces (2011, 2012, 2013, 2014, 2015 y 2019) en la Andebol 1 –primera división de balonmano portuguesa– y conquistó una Copa (2019) y dos Supercopas de Portugal (2010 y 2014).

Ahora los cuentos poco convencionales narrarán la historia de un dragón legendario, que custodiaba fortalezas singulares de madera y cuerdas y bloqueaba la entrada de los cueros que le lanzaban desde los distintos lugares de la cancha.

El guardián sagrado de la portería del Porto dejó su sitio y mientras lo reciben los ángeles del cielo o los guerreros del Valhala, aquí lo despiden lágrimas amargas que humedecen un mensaje común: Descansa en paz, dragón.