La libertad es la religión definitiva[1]…fue lo primero que pensé al terminar mi último examen en la facultad. Imagino que, a pesar de todas las posibles inclinaciones folclóricas, ella pensaba lo mismo. Siempre fue, al fin y al cabo, una martiana de las duras.

Cualquiera imagina que los exámenes se hacen dentro de las aulas, en un pupitre, en silencio, mientras el profesor observa con cuidado las brechas para algún percance. Con Ana todo era diferente: “¡Consulten todos los materiales que necesiten durante la prueba! Yo estaré sentada allá afuera en el banco y cada 15 minutos atenderé a uno de ustedes”. Y ya está.

Ella sabía que un ensayo intenso y extenso, por muy bien escrito que esté, no valida el verdadero conocimiento. Y como siempre decía: “a Martí hay que leerlo completo”. Así fue Ana, humilde guerrera de estos tiempos y maestra para cualquiera que necesitase su asesoramiento. Investigadora incansable, la biblioteca nacional fue su segundo hogar. No hubo estudiante astuto que pudiera sorprenderla, y no fueron pocos los que lo intentaron. Una muestra personal de aproximadamente cien textos nos empujaba a sus exámenes orales con la esperanza de que alguno pasara inadvertido ante esta institución viviente de las letras cubanas. Nunca hubo éxito.

Ana Cairo Ballester, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2015.

Ana Cairo Ballester fue una mujer negra, fuerte y erudita, convencida del poder de las letras y los hombres grandes a los que entregó su vida. Enseñar se convirtió en una misión que llevó con orgullo hasta el último día que pisó un aula. Caminó por los pasillos de Artes y Letras interceptando a sus estudiantes: los que fueron, eran o serían. Nunca supo nuestros nombres y nunca lo necesitó. En su mirada había algo más, algo que desbordaba esa humanidad que muchos luchamos por conservar y que a ella siempre le sobró.

Me costaba comprender sus pasos, sus ropas, su andar…ahora lo sé: ella no vino al mundo para ser laureada. Aunque sin dudas lo fue. Hija de esta Isla sin esperar ni por un segundo convertirse en pródiga. No le hizo falta otra cosa que sembrar en las mentes jóvenes la semilla de la avidez y el amor por las voces eternas.

Ana fue privilegio para esta Isla, dedicó su vida a enseñar y promover la tradición literaria cubana.

Cuando me pregunten por mis maestros se que pensaré en ella, en sus cabellos grises despeinados y en la sonrisa que puso en mi rostro cada vez que habló de Carpentier, Guillén o Martí. No nos mostraba ídolos, sino hombres, tan vivos y reales que respirábamos esas vidas en cada página. Cuando alguien pronuncie la palabra maestra yo sé que pensaré en Ana.

Hubiese querido decirle tanto la última vez que la vi…hay cosas que no deberían ser como son. Imaginé otro lugar, otro rostro, otra manera en la que explicarle cuán necesaria fue su guía para mí. No aparece a menudo por el mundo tanta humanidad. Si hubiese sabido que era la última vez…hubiese dicho otra cosa, tal vez no lo justo o lo importante, o lo más conveniente. Tal vez, solamente, le hubiese dado un abrazo.


[1] José Martí en “El poeta Walt Whitman”, periodismo.