Angola: esa sangre que cayó era mía

Un día guardaré en un frasco un puñado de esa tierra para llevarla conmigo a donde sea que vaya. La iré a buscar yo mismo –se precisa– y si no tengo frasco, ni bolsillos, ni nada, apretaré ese polvo con tanta fuerza mientras camino, que en mis poros algo o mucho de ella habrá de quedarse. Entonces irán dentro de mí… también físicamente.

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Cuando mi padre estaba en el servicio militar le dijeron: “Despídanse de la familia que nos vamos para Angola”. Al final, quién sabe gracias a qué, aquello no ocurrió o en realidad sí, pero no con el que sería mi padre años después, sino con el que tiempo más tarde resultaría papá de uno de los que en la cuadra intentó “ayer” quitarme de las piernas el balón. También ocurrió con quienes, al pasar los lustros, en lugar de contar las historias de la guerra, guardarían el triste silencio de los huesos y el polvo.

Debería ser sagrado ese silencio de los padres que jamás pudieron llegar a serlo, sagrado el polvillo viscoso de los más de dos mil que regresaron en cajas, sagrado aquello de ser bueno porque sí aunque cueste la vida, sagrado lo de dejar atrás el ajetreo del combate para convertirse en un electricista o estudiante más, con la modestia buena y sana de los pobres, sagradas las manos vacías del retorno y la obra, sobre todo la obra…

No se trata de alarde, tristeza, reclamo o alegría porque “El mío sí y el tuyo no”; resulta más bien un asunto de respeto enteramente generacional.

La generación de los que aprendieron al mismo tiempo ruso y portugués, la que casi sin darse cuenta tumbó a cohetazos el Apartheid y ayudó a que África fuese un poco más libre. La generación convencida de aquella idea Guevariana de que la gesta agónica de lo justo debe costarnos y dolernos a los buenos porque si no se pierde.

Muchos pasan cada día por aquí enfrente, alardeando de mil cosas menos de las heroicidades bélicas. Los he visto abrir los ojos de manera enorme y estirar el rostro mientras rememoran que en el primer combate “estaba caga’o. Cuando sentí las balas pasándome por al lado me paralicé y no pude hacer nada. El jefe me gritó: ¡Muévete, coño! ¡Dispara por’í p’allá, que nos muelen!”.

Los he escuchado hablar de los árboles de troncos inabrazables, del camión que, “imagínate tú”, explotó en la caravana, de las exploraciones nocturnas, de lo que pasa por la cabeza cuando estás en una trinchera y aún no tienes 20 años, del amigo africano “que me cuidó la espalda y después de que todo acabó más nunca lo vi”.

He visto llorar a un profesor viejo tras hablar de la muerte de sus compañeros como si hubiese sido cuatro días atrás. La impotencia, el dolor… el último cuídate, el abrazo, la noticia como golpe, el por qué no a mí.

Y la guerra que es algo terrible y no perdona, que destruye el alma o por lo menos la reconfigura. La guerra que no convierte en héroes a quienes mata, sino a todo el que dijo “yo iré” y llorando cerró la puerta y quemó naves. El heroísmo no es cuestión del azar o decisión del enemigo que apunta, dispara y mata. El heroísmo es asunto de vivos.

La guerra es un juego extremo de probabilidades, una especie de destino en constante examen y observación. Pocas veces alguien se salva. Cuando cae el compañero que se encontraba donde estuve o donde estaré, también estoy siendo golpeado por bala que lo acribilló.

Empatía lleva por nombre esa pequeña herida que se abre; pero nadie tenga duda de que es un mal necesario, salvador tal vez.

Por eso todo cubano debería ir a Angola alguna vez en la vida, al menos para que le espeten: “Mira, defendiendo este trozo de tierra reseca murió un tipo que pudo ser tu padre…”

Y entonces sentir que, aunque han pasado décadas, quizás ahí quien cayó fuiste tú.

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