El 16 de diciembre de 1896, el general Máximo Gómez Báez, según detalló en su Diario de Campaña, despertó con la noticia de la muerte de su hijo Pancho y del general Antonio Maceo. Algunos compañeros intentaban esperanzarlo con que se tratase de una noticia falsa, pero El Viejo, esta vez, presentía la verdad.

«Mi pena es tan grande como la causa que la motiva. Otra gran desgracia, la más terrible que podía caer sobre mí. Cuánta verdad expresó el que tuvo la ocurrencia de decir: “Nunca los males vienen solos”».

El Generalísimo acampaba en San Faustino, territorio camagüeyano, y a las 12 de la noche el oficial de guardia le hizo entrega de un pliego y una hoja impresa en que se publicaba la muerte de los dos combatientes en Punta Brava, La Habana.

Gómez se sumió en un estado depresivo acentuado por «ultrajes inferidos por el Gobierno» que, vistos desde su perspectiva, no eran más que el presagio de la gran desgracia. Advertía ciertos males que ya no lograría evitar, dado que el gobierno de la República en Armas le había cercenado el poder y, producto de ello, consideraba que disminuía su prestigio.

Ante tal escenario, el dominicano ponía sobre la mesa la posibilidad de abandonar el cargo.

«[…] debo yo como hombre sensato, insistir en mi renuncia de un destino, que en las condiciones en que me encuentro, tengo la seguridad de no poder servir como es debido. De no hacerlo así, me expongo a que se pueda creer que me siento apegado a él, y lo que es más no proceder con juicio e inspirado en verdadero patriotismo. Cuando un hombre no se tiene confianza en sí mismo, para servir bien un destino, cualquiera que sea la causa, cuando no puede responder a la confianza pública, debe  retirarse y ceder el puesto a otro».

Con esas convicciones se trasladaba Gómez hacia Las Villas. En los próximos días, cruzaría la trocha de Júcaro a Morón, contando de manera concisa y quizás melancólica en su Diario sobre el convoy de pertrechos de guerra que llevaba consigo, donde trasladaba 200 mil tiros y 600 armas. «Todo esto conducido por gente reclutada a acaso; apenas cuento con 150 hombres capaces de batirse bien».

El 28 de diciembre, al arribar a un sitio llamado Santa Teresa, el general recibía la confirmación oficial de la muerte de su hijo y de Antonio Maceo.

“¡Triste muy triste, más que triste desgraciado ha sido para mí, el año 1896!

Me deja acongojado y maltrecho. La negra ingratitud de los hombres, aliada a las desgracias de la guerra, con furiosa osadía me ha hecho sentir su iracunda rabia; y hoy, en este día, en estos instantes, siento en mi alma la más honda pena y casi me siento abrumado por una pesadumbre que hago esfuerzo por soportar”.

El dos de enero, llegaba al encuentro de Gómez el general Pedro Díaz, quien fuera compañero de su hijo Francisco y de Antonio Maceo, por demás, quien lograse recuperar los cadáveres. El Viejo recibió nuevos detalles sobre el acontecimiento fatal, incluso una información que habían tratado de ocultarle…

«Mi hijo, parece que medio vivo aún cuando el enemigo llegó hasta donde se encontraba él con el general Maceo, abandonados por los nuestros, fue rematado por un machetazo ¡Cuándo se puede olvidar ese machetazo!»

Casi dos meses después, el 27 de febrero de 1897, agobiado aún, dejaba escrito:

«No me pesa, no, haber sido en esta guerra siempre clemente con los Españoles que han caído en nuestro poder, y así seguiré siéndolo pues yo no puedo imitar a los asesinos de nuestros hijos. Pero siento en mi pecho palpitar un sentimiento de venganza, no por la muerte de mi hijo, pues a la guerra se viene a morir, sino por la mutilación, por la profanación de su cadáver. Cortar la rosa no es tan malo, deshojarla con desprecio es lo amargo».

*imagen: La muerte de Maceo por Armando García Menocal