Esperanza recuerda cada instante. Recuerda cuando recibió la primera dosis de Soberana02. Recuerda también cuando Luis fue inmunizado con dos dosis de Abdala. Pero sobre todo, recuerda cuando supo la noticia de que el coronavirus estaba en su hogar.

Luis no podía creer que, luego de tantos cuidados, esa fiebre repentina y esa pequeña pérdida de gusto y olfato fueran SarsCov-2. Sin embargo, lo que más le sorprendió fue que le ocurriera estando inmunizado casi completamente con uno de los mejores candidatos vacunales del país.


Al pensar en su período de enfermedad, la médica y la enfermera de la familia quedan como una constante. El Hospital Naval fue testigo de su paso más que satisfactorio por la enfermedad entre PCRs, tratamientos con HeberFERON y algunas miradas al mar.

Los síntomas se presentaron de manera muy leve, casi imperceptibles, pero el daño estaba, sus pulmones lo mostraban. Hablan de una carta, con la que agradecieron la más que agradable atención del personal médico y entre esas memorias se escapa un nombre, doctora Clara.

A Esperanza le pasa por la mente el recuerdo de muchas personas que se encontraban vacunadas y con el padecimiento del virus. Compartieron hospital y equipo médico, y no haya razón para encontrar en las vacunas más que una forma de evitar el riesgo de gravedad.

Los recuerdos no se curan con medicinas


Sin embargo, cuentan que lo peor de esos días queda como daño psicológico. Aún semanas después, las miradas de algunos que saben de su paso por la enfermedad se notan discriminadoras. El miedo por un nuevo contagio se mantiene latente y el principal motivo de esfuerzo llega desde la familia.

Esperanza y Luis son pareja y aún tienen miedo uno del otro, de dónde pueda estar la enfermedad. En ciertos momentos incluso duermen hacia lados contrarios de la cama, para evitar cercanía. No confían cuando salen de casa y por eso evitan pisar fuera.

Queda el recuerdo de otros que no la pasaron tan bien, que quizás no estaban vacunados, y a los que el virus atacó con mayor fuerza. Esperanza cree en la energía, y en la capacidad de cada cual de armarse de recursos para superar el mal momento. Entienden que aún con la vacuna existe el riesgo de contagio y que no podemos bajar la guardia.

En medio de la fase más complicada de la pandemia, queda la esperanza de la vacunación.

No se apartan de su nasobuco, incluso, a veces, lo usan doble. Los números los asustan, pero no los hacen languidecer. Su principal arma es la prevención, las medidas para disminuir un riesgo de contagio al que ven cada día más cerca.

Pero se mantiene la expectativa de que todo mejorará, con las vacunas y con un pueblo más consciente. Por el momento, solo esperan y luchan con más fuerza por darle el tan anhelado jonrón de Chamaquili a la pandemia.