Desde hace unos años comprendí que, para perderlo todo, no hace falta un huracán categoría 5. He aprendido, como quien dice, a cogerle miedo hasta a la lluvia fina. 

Y no temer por mí, que escribo desde la seguridad de paredes fuertes, techo de hormigón, suelo enlozado, agua caliente, tanque en techo… sino por unos cuantos cuyas vidas he visto virarse al revés, lo mismo en el propio centro de la ciudad que en lo intrincado del monte.

Nunca había escuchado sobre una tormenta subtropical. Alberto fue eso. Nada de vientos escandalosos, nada de rayos, solo agua calma, llovizna la mayor parte del tiempo, que caía y caía y “no pasa nada” y “por qué no escampa” y “no importa”. 

Luego, entérate, después de tres días la tierra se atraganta y las cañadas se crecen y una cañada crecida es lo mismo que un río majadero y revuelto, irrefrenable, que luce como tatuaje de batalla el color de la tierra por todo su cuerpo. Remolinos que van con la corriente, remolinos que se quedan. 

Y uno ahí, perplejo, admirando con las canillas erizadas cómo la naturaleza se las arregla para hacer lo que le dé la gana, para convertir medio metro de corriente leve en una piscina olímpica revuelta que trae los destrozos de arriba como un puño para seguir rompiendo lo que encuentre abajo. Y uno ahí, ya te digo, después de tanto alarde universal, vulnerable.

Tampoco olvidaré a Cayo Ramona, un poblado perdido en las vísceras de la Ciénaga de Zapata adonde el agua no llegó como turba en sendero sino que apareció por todas partes, lenta, y simplemente subía y subía y subía.

Refrigeradores, camastros, televisores, hornos … prácticamente la casa encima de las mesas, el caballo atado a lo corto a un guayabo del patio azorando, con leves movimientos de sus patas, como perro que escarba, a los peces que merodeaban sus cascos, los colchones jodidos, la matas de aguacate con las hojas quemadas de tanta agua en sus raíces, las matas de aguacate muriendo y la gente pernoctando en la escuela enespera de que todo volviese a su nivel, de manera tristemente literal. 

Ni una ventisca, ni una marejada entrometida en tierra, y sin embargo, muñecas y carros de juguetes flotando sin rumbo, encallando en la hierba. La historia del que perdió toda la cría de cerdos, de quien extravió tres vacas y de quien a ratos agarraba un bote de remos del gobierno para darle una vuelta a la casa. 

“¿Para qué? ¿Qué más le van a llevar?”, pensé en medio de mi soberbia foránea, pero luego entendí que a lo de uno hay que volver aunque sea para imaginar cómo será todo cuando la vida anuncie tiempos mejores.

Y a pesar de temerle a la lluvia fina, ni por un segundo menosprecio al huracán. Recuerdo a Irma, Matanzas, 2017, el miedo a que el viento desprendiera las puertas, se llevara las ventanas y se colara en la casa. El terror de los árboles atormentados mientras yo a mala hora buscaba tablas y rompía la pared clavándolas. 

Los sonidos del patio, el “sale a ver qué pasó”, el calor desesperante, para noticias solo la radio y una imagen satelital únicamente recreada en la cabeza, tras calcular la fuerzas de los vientos y la ubicación aproximada que emitían los partes.

Luego La Habana, el Malecón destrozado, estrepitosas fracturas en medio de la avenida y los escombros en el justo sitio al que habíamos acudido una semana atrás para comprar algo delron más barato. 

Arena por todas partes, la bandera rota, Calixto ultrajado y un camionero contándome, a la misma velocidad con que se fumaba un cigarro, que aquella noche fue una locura, que tuvo miedo, que trabajó en medio de todo, que los árboles le cayeron en frente, que los trozos de cinc volaban sobre su cabeza y que hubo gente que murió sin que necesariamente fuera su hora. 

Todo regresó a la relativa normalidad pero nunca nada volvió a ser exactamente como antes.