Carta a Orestes III

La Habana, 3 de marzo de 2021
                                Corre el 63…

Prudente compañero:
El odio resulta tan repugnante que nos levanta y une. Siguen, Orestes, saliendo odiadores debajo de cualquier piedra. Por cada odiador de oficio que emerge –y he aquí nuestra garantía de luz– son muchos los que abren los ojos y, de manera expresa o implícita, dan dos pasos hacia la lejanía mientras musitan: «Yo no pienso así».
El «Yo no pienso así» aparece entonces como una declaración de principios o, al menos, de honestidad y, lo sabrás tú, Orestes amigo, ser honesto y consecuente en tiempos como los que corren, además de difícil, se me antoja como un acto de bondad. Que el valor y la claridad nos acompañen…
Pero el odio no nace de la nada. Es como el limo asqueroso que de a poco crece en las alcantarillas, en proporción con el agua sucia que por ella pasa y en contubernio también con el descuido de quienes tardan en tomar la escoba para limpiar la piedra. Resumiendo metáforas, podemos plantear una primera tesis: Sin las piedras ni las aguas sucias, difícilmente brote el odio.
Yo sé que es casi imposible que el agua inmunda cese, pero apuesto por corregir toda avería para que la nuestra no engrose ese torrente. Apuesto por limpiar este trozo de asfalto para que ningún musgo tenga oportunidad de alimentarse de las ya incorregibles aguas malas.
Me viene a la mente, Orestes, aquel fútbol de callejas, sacrosanto por cuanto nos llenó de ampollas las descalzas plantas de los pies y de raspones las rondillas y de euforia, sudor y adrenalina el rostro… En aquel gueto del mundo que en buen grado resumía lo humano y nuestro, era fácil constituir lo que muchos llamábamos «tortilla».
Tortillero, para nosotros, en el gueto, resultaba todo aquel que, por el tedio, ante su imposibilidad de ganar, saboteaba el partido. Por más que uno suplicaba: «Deja eso y juega fútbol», el tortillero insistía en agarrar la pelota con las manos y llevársela corriendo, en acostarse en medio del «terreno» o en descolocar las piedras que cumplían la estoica misión de definir la portería.
Otra práctica frecuente: derribar a los delanteros contrarios; jugar, como quien dice, a partir patas. Jugadores de todos los tamaños, talentosos, sin dudas, los que nos hacían frente.
Desde los balcones, como escupida, sentíamos caer la vergüenza de quienes se acomodaban en la baranda para desertar un rato de la modorra casera y encontraban en la calle una versión aberrada del coliseo romano, en lugar de un campo de juego.
Yo no sé jugar así, no quiero.
Todavía se ven quienes buscan convertir en arte –sacralizar, digamos– la falta y la chapuza, arguyendo que el adversario así nos juega. Tratemos de que no ocurra. Busquemos, a toda costa, legitimar cada día al gol como mecanismo único, justo, ético y pulcro de ganar el juego o por lo menos de avanzar en él. Nada puede ser más valioso y legítimo que eso. Que nuestras defensas se articulen a la ofensiva integral, una que, por encima de todo, busque construir.
Quiero que nos salvemos marcando goles, porque solo así se ganan los partidos. Tengo el balón, qué voy a hacer, qué voy a hacer, solo contra el mundo, qué hacer, qué hacer, un regate, el mundo saca dientes, hacer, hacer… mi gol.
Confío en que el talento y la decencia existen y en que la épica del juego también radica en la elegancia, incluso, para defender.
Sé que es difícil, que en ocasiones roza el dolor, pero pienso en Pablo, en Silvio, en Santiago, en Noel, en Sara, en Amaury, en Gerardo… y en los magníficos goles que han anotado, diseñado, construido: desde el punto de córner, de chilena, de tres dedos, de cabeza, saliendo del fondo. Goles como himnos, Orestes, de los que saben devolver la fe o acaso engendrarla.
Con raro optimismo,
te abraza
El Peregrino…

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