La Habana, 18 de agosto de 2020

Viejo:

¿Cuánto ha llovido desde que partiste?
Los meses que se fueron –incluso este– encontrarían total vuelo semántico en un adjetivo tan simple como “duro”. ¿Pero quién soy yo para contarte sobre tiempos difíciles? ¿Qué derecho poseo para quejarme ante ti cuando sé que fácil nunca ha sido?

Nada de lo que te diga podrá sorprenderte: que me traumaticé con las horas de espera en las paradas, con las guaguas esporádicas y repletas que solo frenaban en la señalización para cumplir con el GPS, que para burlarme de todo ello y escapar conseguí una bicicleta sin darme cuenta de que estaba comprando otro problema, que cada vez me molesta menos caminar…

Que lo mismo el pan que el agua –con todo lo que simbolizan– se han alternado para esconderse, que la moral de la tropa a veces baja y ha hecho falta acordarse de quién uno es hijo y nieto para dar el piñazo sobre la mesa, apretar filas y ajustar cinturones, que, a pesar de todo, me aferro a la gloria de poder decir: “No me conformo”.

De los inconformes, de ellos te quería hablar. Gente que, más que creerse, se sabe “cosa”. Malcriados y autosuficientes en el más noble de los sentidos que ante esta última prueba de fuego –saludos cordiales para el fuego, nuestro más fiel catador– no se sentaron a temblar en espera de la inteligencia foránea o del éxito importado; se la jugaron y mira, parece que salió bien.

Mejor decir “nos”, porque si algo hemos aprendido es que para que el puño funcione los dedos han de estar cerrados y además juntos, porque el logro es para el beneficio de todos y también por orgullo, vanidad, alarde, por decir que fui yo y porque de todas formas, cuando los tuyos tropiezan, igualmente dirán que tú lo hiciste.

Porque, aunque a ratos nos miremos con los ojos virados y queramos matarnos, conocemos lo marcial que se esconde en el paso de revista y no olvidamos que estamos juntos en el mismo barco y que así debe ser, como dicen, en la pobreza o en la opulencia, en la salud o en la enfermedad.

Y en qué momento ha llegado, viejo. Justo cuando todo parece ir peor, cuando los números amenazan con escapársenos de las manos, cuando muchos olvidan que hasta el catarro ha disminuido por usar la mínima protección y prefieren dejarla por ahí, en un rincón, en el bolsillo o en la mochila en lugar del rostro, donde además de evitar gripes baratas salva vidas.

Otra cosa que te gustará saber es que “el antídoto” es nuestro, “Hecho en Cuba”, como decían los lápices de la primaria. Cada cual, por ahí, ha tratado de encontrar el suyo y muchos anuncian que casi lo tienen, que lo están logrando, mientras las grandes empresas farmacéuticas afilan sus dientes para el banquete de dólares que pronostican.

No soy ingenuo. Por esa irreverencia nuestra de competir de tú a tú contra cuellos blancos querrán cortarnos la cabeza; por esa “fulaldad” de tal vez no tener todos los días un trozo de carne sobre la mesa y aun así “partirles las patas” en estos 110 con vallas; por ese pecado no recibiremos perdón entre los pocos que manejan los ecos del mundo. Pero no lo dudes, viejo, la mayor parte de las voces estarán con nosotros. Tal como aprendimos de gente como tú, nos convertiremos en nubes preñadas de agua buena para imponernos al humo.

Y ya ves que seguirá habiendo guerra. Con el de afuera para que nos deje tranquilos y con los de adentro para que cada uno cumpla lo que le corresponde y lo haga bien, para que nadie se atreva a decir una mentira pretendiendo salir impune, para que la dignidad y la vida no dejen de ser bienes del común y para ver si por fin resolvemos lo demás por el camino.

Recibe un beso con aroma a combate del que se quedó por ti.