Cartas para el unicornio

Unicornio

Cuando ella esté así, casi dormida, sin ropas, sin fuerzas y con su rostro acunado sobre las sábanas, sé prudente y ponle una canción de Silvio.

Háblale de tu unicornio azul y espera el milagro, constátalo: el rubor de sus cachetes, los dientes discretos que asoman, su ligero intento de cantar lo que escucha con el mágico desfasaje de los intérpretes de quinta, los labios correteando, orgullosos de dominar los versos siguientes.

Acaríciala sin decir nada, como si tus dedos fuesen la guitarra que acompaña a Silvio al sacar cuentas y reconocer que “puede parecer acaso una obsesión, pero no tengo más que un unicornio azul, y aunque tuviera dos, yo solo quiero aquel”.

Apaga la voz del viejo maldito. Aprovecha la brecha que ha dejado y fractura el leve hilo del silencio; besa su cuello, su espalda, sus muslos, muerde su oreja, huele su pelo, roba su aire.

Ella quizá levante la cabeza y te diga que le encanta Silvio.

Instrucciones para no perder el unicornio

Deja que te ponga a Silvio, así, como si fuera algo fortuito. Permítele tararear cerca de tu oído con la seguridad melodiosa de quien sabe que afinas fatal. No le hagas saber que estás consciente. No lo mires. Duerme y si no puedes, fíngete dormida. Travístete de unicornio en tu desnudez y percibe, primero, su vista sobre tu cuerpo y luego, sus manos que te descubren y reinventan como si resultaras capricho o acaso obsesión.

Déjalo, al menos un rato, solo con sus pensamientos, con ausencia de ti. Simúlate lejana, en algún resquicio de sueño olvidado donde están los dos, nadie más. No interrumpas con palabras ni miradas el recorrido de sus ojos sobre la silueta inerte y aletargada de tu espalda cubierta por las sábanas. Si no puedes evitarlo, canta, pero con la languidez propia de quien no está más que un poco despierto.

Déjalo sonreír, a ratos entristecerse, disfrutar la conquista sin creerse vencedor. Dale espacio para que se conmueva con la canción quizás inoportuna, quizá premeditada. Recréate en tu siesta. Muéstrate ingenua ante la letra peligrosa, el momento estremecedor. Imagina su rostro mientras descansa a tu lado. No abras los párpados. Siente su calor. Y cuando finalmente levantes la cabeza, presintiendo que encontrarás un par de ojos anhelantes con más dudas que respuestas, dile: “Me encanta Silvio”, como quien dice: “Me encantas tú”.

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