Crecen los sospechosos, los casos confirmados, los fallecidos y, por suerte, también los recuperados. Cifras y más cifras, en eso nos hemos convertido por estos días. Mami inicia la jornada con más tensión que ayer. No sabe qué hacer para proteger a mi abuela (de 73 años de edad) y a mí. Ella lava sus manos cada cinco minutos. Nos invita a hacerlo, casi que nos regaña. El jabón solo dura dos días, literalmente.

A las 11 de la mañana, como si fuese ritual, los tres estamos frente al televisor de la sala. El doctor Francisco Durán llega a casa y nos actualiza sobre lo ocurrido dentro y fuera de Cuba. Así compartimos el dolor por la pérdida de los que ya no están; admiramos la labor que desarrolla el personal de la salud, el sacrificio de todos, el amor y la fuerza del pueblo.

En espera de la noche las actividades suelen variar, como también cambian las canciones que interpreto junto al piano o la guitarra. Me visitan Padura, Carpentier, Cortázar y Ciro Bianchi para disfrutar las lecturas aplazadas por el agitado andar cotidiano, y Julio García Luis junto a otros teóricos del periodismo nacional y foráneo dicen presente porque necesito cumplir con los deberes académicos a entregar vía correo.

La cuarentena propone hacer una pausa y mirar hacia el pasado para entender el presente / Foto: Archivo del autor

Los recuerdos se adueñan de nuestra memoria. Esta pausa lo permite. Mis madres se unen para redescubrirse a sí mismas. “Enhorabuena, -pienso en silencio- hace un buen tiempo no las veía así”. Una foto analógica es la causante del evento inusual. Yo me encargaré de hacerles cumplir el reto “Antes-ahora” que hoy revelan las historias de Facebook.

Ya tenemos nasobucos de tela. Mami los hizo. Cada uno tiene el suyo, aunque abuela nunca vio el de ella. No lo necesita; no sale de casa. Mantenernos en nuestro hogar, en la medida de lo posible, será una jugada clave para poner en jaque mate a la pandemia. En esencia, eso hacemos.

Los nasobucos caseros ya forman parten del atuendo diario de los transeúntes / Foto: Archivo del autor

En medio de la noche, el cañonazo de las nueve suena con más sentido que antes. Más que marcar una hora, señala la arrancada de los aplausos por la vida. Una muestra de agradecimiento al personal de la salud y a todos los que cumplen su trabajo, a pesar de las condiciones actuales, por el bien de la sociedad.

Las ventanas son el escenario para la actuación de nuestras manos. De hecho, no me cansaré de aplaudir hasta que llegue la despedida de la Covid-19, una enfermedad que hoy nos iguala como seres humanos ante un virus que se considera rey.