El planeta se ha visto afectado durante más de un año por el virus de la COVID-19. Como otras tantas veces a lo largo de la historia de la humanidad, ha tocado adecuarse a los cambios y sobrevivir pandemias, efectos climáticos o condiciones extremas. Estos fenómenos han causado el exterminio de buena parte de la sociedad desde la prehistoria hasta nuestros días.

La COVID-19 ha traído hábitos que en circunstancias normales habrían sido calificados de trastornos obsesivos compulsivos. El uso de mascarillas en casi todo momento, lavado constante de las manos con desinfectantes, esterilización de superficies mediante alcohol e hipoclorito de sodio son algunas de ellas. Además de las medidas relacionadas con el distanciamiento social y las cuarentenas sanitarias. El mundo moderno no esperaba algo así, pero la única opción ha sido adaptarse. De ello depende nuestra supervivencia y, quizás, la de la especie.

La inmunidad ante la pandemia es uno de los principales anhelos de la población mundial.

Los cambios en el estilo de vida que la COVID-19 implica se han instaurado como protocolos de salud. Todo indica su permanencia durante un largo tiempo hasta que la población mundial logre la inmunidad. El desenlace puede ocurrir mediante el uso de fármacos o algún proceso evolutivo en nuestros organismos. Estas son las posibles soluciones ante este virus y sus diferentes cepas. La meta sería lograr que su influencia sea similar a la de gripes estacionarias.

Una nueva vida con la COVID

Los niños son los que más sufren y, sin embargo, los mejor adaptados a estos cambios en el estilo de vida.

Ha sido alarmante el alto índice de nacimientos ocurridos durante el ultimo año y medio, donde las personas han permanecido en casa, aisladas, bajo estrictas medidas de movilidad para evitar el contagio masivo. La naturaleza equilibra la balanza y nacen nuevos individuos mientras otros tantos mueren, los primeros ya tendrán incorporado este estilo de vida capaz de garantizar su bienestar.

Para muchos ha sido difícil acogerse a esta forma de vida tan distinta, pero los niños, en muchos casos, la han asimilado e incorporado a su rutina diaria fácilmente. A pesar de encierros, trastornos psicológicos generalizados a causa de la situación, estrés constante y convivencia forzosa, los más pequeños de casa nos ayudan a sobrepasar momentos difíciles y alientan a protegernos mejor.

La COVID-19 llegó para quedarse y es responsabilidad de los humanos aprender a convivir con él.

Entonces pensemos en ellos, en las condicionantes sobre el desarrollo de sus primeros años y la consecuente preparación para una vida futura. Está en nuestras manos propiciar que su crecimiento tenga incorporado todo lo necesario con vistas a enfrentar, adaptarse y enseñar resiliencia a sus descendientes.