Por Mario Ernesto Almeida

3 de noviembre

En medio del vértigo regresé al maldito patio infectado de risas y no supe qué hacer ni qué decir y al carajo con todo y secreteé algo en el oído de papá. Él me miró como miraba años atrás antes de desfigurarme el rostro de un manotazo y, sin decir nada a nadie, fuimos a la sala y llamó a la casa de tía.

Media hora después lo vimos con los propios ojos. Yeni yacía en medio de la calle, exactamente comoella nos había dicho: “como un perro, lo tienen todavía tirado como si fuera un perro”.

Los peritos efectuaban cálculos inútiles con aparatos más inútiles aún. Anotaban los tantos metros desde el impacto a la víctima, los tantos metros desde la víctima a la moto, fotografiaban las tantas manchas de sangre y, quizás, alguno habría intentado deducir los tantos kilómetros entre el hijo de la gran Magdalena y aquel sitio de mierda, de penumbra, de imbéciles murmurantes y de pobres tristes que no acababan de creer que aquello estaba pasando…que había pasado… que pasó…

4 de noviembre

Abuela amaneció contenta. La puerta de su cuarto permaneció cerrada desde que abrió los ojos. Abuelo estuvo a su lado a la hora de despertar. Abuelo y abuela se ven no más que una vez por semana; no más, en ocasiones, que una vez por dos.

Varias personas aparecieron en su habitación aquella mañana, siempre asegurándose de que la puerta volviese a quedar bajo clausura, mientras queen el televisor de la sala permanecía inmutable la foto de Yeni. Algunas velas, flores… 

Cuánta gente por todas partes. El duelo se debería pasar en soledad y no en un sillón expuesto a que todo el que llegue arrugue su rostro y te recuerde –como si pudieras olvidarlo– que eres un ser en auténtica desgracia.

Tía era lágrima de pañuelo, rodeada por esasmoscas y tiñosas que vienen a alimentarse de la desesperanza, de las que dejan el brazo sobre el hombro, no como apoyo sino como carga. Todo el maldito día, cargó cientos de brazos y ninguno le sostuvo, ni siquiera por instantes, un trozo de dolor. Tal vez no pudieron. No fue su culpa.

La única que logró ayudar en algo resultó abuela. Cada vez que tía entraba a su cuarto, tenía que hacerle un chiste, tocarle un seno, preguntar por sus deseos de orinar o un poco de cualquiera de las cosas de cada día, para que abuela no se atreviera a sospechar que, más allá de su puerta salvadora, el mundo había perdido los matices.

12 de mayo

Cuando llegué, la casa de tía parecía clausurada. Parqueé la moto frente a su puerta e hice resonar tímidamente el aluminio con el puño apretado. No salió nadie. Volví a tocar, esta vez más fuerte, y pude escuchar unos pasos a rastras del otro lado del portón. 

No conocí a la persona que asomó la cabeza. “¿Tía se habrá mudado?”, pensé. 

–Sí, ella está. –Me dijo en voz baja.

Traspasé la sala y, al entrar a la cocina, la divisé lavando unos trapos en el patio. Pareció alegrarse al verme. Dejó lo que hacía y vino a darme un beso. La felicité. Era domingo. La casa a oscuras.

–Mira –le dije mientras hurgaba en la mochila–, aquí traje las postales. 

Me senté a la mesa y ella, como siempre, buscó algo para que comiera. Del refrigerador sacó varios platos. En uno yacía un cake desvencijado, recubierto por almíbar y merengue. En otro había palmeras y pasteles.

–¿Por fin celebraron el cumpleaños a la niña?

–Sí, ella quiso y se lo tuvimos que hacer, porque si Yeni estuviera no lo hubiese dejado pasar.

–¿Cómo fue?

–Bien, tú sabes. Querían música, pero ahí sí los paré en seco. Le dije a Yuni que, si quería ponerla, se fuera a celebrar el cumpleaños al recoño de su madre. Me dijo: no, mami, música infantil, para los niños. Y yo seguí plantada… porque ¿hasta cuándo?Eran una pila de chiquillos. Casi ni los vi porque de ahí para allá no paso. Lo mío es en la cocina. 

Al poco rato, la señora extraña se marchó. Tía me pidió pasar pestillo. 

La niña apareció con una perrita color leche-café entre los brazos, feliz, y le regaló a tía (“abuela”, así le dice) el beso de media mañana. “Mira a Princesita”, me dijo volteándose. Luego de celebrarle al animal, dejé ir la impertinencia:

–¿Y Newton?

–Ah… –respondió nerviosa tía haciéndome señas– se fue detrás de una novia.

Cuando la niña regresó al cuarto, me contó que a los pocos días de lo de Yeni, Newton, su perro, habíamuerto.

Abuela tampoco estaba ya.

Luego de su abrazo de gorda amorosa, fui en busca de la moto de una forma que desgarradoramente le resultó familiar. Sentí su cuídate y su mirada acuchillar mi espalda mientras, poco a poco, me perdía en la inercia de las calles de ciudad.