En el transcurso del último año, nos hemos adaptado a los encargos a domicilio o a la comida para llevar. Los antiguos negocios que hasta el inicio de la COVID podrían ser nuestros puntos de encuentro con amigos o simplemente el sitio donde por un económico precio podíamos disfrutar de una comida decente, tuvieron que reinventarse y adoptar esta modalidad para mantener su servicio. No todos de igual manera, pero más menos con un mismo principio, aplicaron esta fórmula a su gestión hasta adoptarla como parte esencial de su concepto.

Negocios privados y entidades estatales de la gastronomía han optado por la modalidad de entregas a domicilio como medio de mantenersea flote


Por desgracia no todo son flores en la viña del señor. Entre pandemias y reordenamientos, cierres y aperturas, no han sido pocos los establecimientos que, jugando a engañar a los clientes y con una casi nula o inexistente visión de futuro, han preferido alterar su relación calidad precio no para bien, sino haciendo una cruel burla a la inteligencia de sus clientes.

De envases y contenidos


La clásica cajita de cartón de cumpleaños en Cuba, fue durante décadas el envase por excelencia de la comida para llevar en la Isla

Al inicio, la clásica cajita de cartón, la de los cumpleaños de toda la vida, donde la croqueta tenía puesto fijo bajo la ensalada fría, pasó de estar incluida en el precio de una ración de comida a costar 5 y 10 CUP. Los termopacks ya son un lujo con precios entre 25 y 35 CUP; pero algo fuera de lo común son los platos plásticos con precios entre 15 y 20 CUP, pueden representar hasta un 20 % o más por encima del valor de las raciones que en ellos se sirven. No hablamos de los restaurantes donde ya es costumbre pagar envases para llevar y el 10% por concepto de servicios, nos referimos a los pequeños establecimientos de barrio donde reunirse a ver el futbol una tarde de sábado mientras se disfrutaba de excelente comida criolla no infartaba el bolsillo.

Así luce uno de esos anuncios de comida para llevar comunes por estos días, que por desgracia no se asemejan a lo que recibe un cliente una vez hecho el pedido

¿Qué decir de la comida, el arte del trampantojo reinventado a la negativa? Presenta bistecs empanizados donde la carne no existe dentro del rancio rebozado, o una ropa vieja recuerda los aporreados sin carne y mucho caldo de la comida de la beca. Y así guarnecidos por el infaltable congrí recalentado, el boniato envejecido y vegetales marchitos, se presentan muchas de las ofertas de algunos restaurantes de barrio que antaño, dígase hace un año pero que parece un siglo atrás, podían competir en gusto y aroma con muchos de los buenos restaurantes de La Habana.

Una “cajita” como esta podía costar entre 50 y 70 CUP hasta finales del 2020. Por estas fechas su valor se ha incrementado entre un 30 y 40%

Cambio y resiliencia deberían ser asumidos como conceptos complementarios. La capacidad de adaptarse a los cambios no significa burlarse del respeto ajeno y mucho menos tomar como bandera el robo y la estafa a quienes el día de mañana, cuando llegue la normalidad cualquiera que sea su apellido, no serán clientes de paso como pueden pensar en estos sitios, sino los que recuerden el sabor de su cocina y los elijan como primera opción.