Pareciese que desde hace un año Cuba es otro país, donde el beisbol, deporte nacional, apenas importa más allá de resultados que pueden catapultar a los mejores jugadores hacia ligas extranjeras. Hoy, cada cubano es un atleta de alto rendimiento, de cuyo entrenamiento depende el bienestar de su familia.

Millones de cubanos se levantan cada día desde las primeras horas de la madrugada para marcar en interminables colas y poder abastecerse de alimentos y artículos básicos de aseo. Y es precisamente ahí donde comienza el viaje, correr hacia el sitio elegido con la esperanza de encontrar alguno de los productos que se necesitan, o simplemente para ver que habrá y si alcanzará a comprarlo.

Algunos intentos de organizar la compra según el número de la libreta de abastecimiento han surtido efecto, aunque aún son insuficientes.

Ríase usted de las aventuras del capitán Nemo en el Nautilus. Desde el primer paso fuera de casa, esa persona encargada de correr el relevo individual cuatro por cuatrocientos, con vayas y obstáculos varios se prepara psicológicamente para los posibles escenarios. Llega a las 5:00.01 am, horario a partir del cual se permite estar en la vía pública, según las regulaciones vigentes. Ya para ese entonces cincuenta personas de las cuales cuarenta han marcado para diez vecinos, y los otros diez restantes revenderán sus turnos, han colonizado el espacio desinado a la cola.

Un viaje sin destino


El maltrato al cliente es uno de los principales problemas que se afrontan en una cola.

Cuatro horas después debe abrir la tienda, y en ese momento llegan la policía, los militares que ayudan a controlar las interminables filas y los compañeros de las brigadas de lucha contra coleros; pero aún no han llegado los encargados de la tienda y por tanto las personas deben esperar aún más.

Sale el administrador y recita de memoria la lista de poquísimos productos que hay en existencia y, acto seguido se reparten los 100 turnos del día en los casos más felices. La cola hasta entonces amorfa va tomando consistencia hacia los lados y las personas se multiplican como los panes y los peces.

Llegado el momento de entrar si se tiene un turno por encima del 50 cabe la posibilidad de que ese atleta haya competido en vano. Así un día tras otro, por el pollo, picadillos, detergente, papel higiénico, y una lista no muy larga de otros productos poco habituales en la antigua red de comercio de tiendas en CUC.

Comprar se convierte es una verdadera Odisea en medio de una cola en la que al parecer toda la Isla ha marcado.

Es comprensible la situación del país, todos la vivimos en nuestra piel y sufrimos, unos más que otros, las consecuencias de este último año donde la pandemia ha hecho estragos. No cabe dudas que es agotador, desgastante y muchas veces frustrante esperar durante horas para lograr comprar productos que apoyen la canasta básica asegurada por el Estado.

Pero si el respeto no parte de nosotros mismos no debemos esperar que otros nos respeten. Cuidar de una cola para lograr que las personas que verdaderamente lo necesitan compren, depende de nosotros mismo y no del ejército, ni la policía, ni de cuantas brigadas surjan al traste. Depende de hacernos respetar y respetar a los demás, porque de lo contrario si que vamos sin destino.