Del bloqueo yanqui al bloqueo interno, de la democracia oral al fascismo con chusmería

Autor: Dr. Jorge Morales Brito

(Tomado de Horizontes)

El aborrecimiento en que tengo las palabras que no van acompañadas de actos, y el miedo de parecer un agitador vulgar habrán hecho, sin duda, que V. ignore el nombre de quien con placer y afecto le escribe esta carta. […] Porque V. sabe, Gral., que mover un país, por pequeño que sea, es obra de gigantes. Y quien no se sienta gigante de amor, o de valor, o de pensamiento, o de paciencia, no debe emprenderla.

José Martí PérezCarta al General Máximo Gómez

Nueva York, 20 de julio de 1882

En esta hora luminosa y triste, como diría sobre otro mes y en otras circunstancias un revolucionario al que también acusaron y acusan de asesino (era un gran matador, un homicida ante el cual se aterrorizaban por igual la burocracia, el oportunismo y la estridencia intelectual), mi conciencia vuelve asombrada a este desborde de palabras, a esta superproducción (legítima e inevitable) de definiciones, a las cartas abiertas y cerradas, a las denuncias y a las contradenuncias, a los abandonos (simbólicos o no) de artistas o intelectuales a sus afiliaciones.

En fin, tal parece que, apenas en unos pocos días, este pequeño país ha multiplicado por mil su Producto Interno Bruto (o inteligente) de las ideas, los términos, las palabras. Que me perdonen los que se sientan aludidos, pero hoy pareciera ser cierta aquella frase jocosa de que en nuestra tierra hacen faltan diez personas para opinar y para dar orientaciones a un único obrero que cambia una bombilla.

Tal pareciera que también — como decía cierta propaganda machacona en las redes — se ha perdido el miedo. Sólo que, tristemente, el miedo no parece haberse perdido sólo para el bien, para criticar lo mal hecho, expresar la opinión certera, manifestarse pacíficamente, denunciar la verdadera injusticia. También a muchos, a demasiados, se les agotó la medida sobre el alcance real de sus actos y de sus palabras. Juicios teóricos al por mayor sin indagación suficiente, calificativos extrapolados sobre la gestión de otros, pedidos de renuncias generales y de cambios radicales de todo un sistema político. Acusaciones al por mayor sobre desaparecidos, muertos, torturados, asesinos, víctimas y victimarios. Robos convertidos en supuestos actos revolucionarios, el vale todo que es, al mismo tiempo, el vale nada. Algunos, para bien o para mal, llevados por buenas y otros por malas intenciones, han perdido sobre todo el miedo al ridículo.

En pocos días en Cuba lo real ha alcanzado tintes surrealistas: muertos que se han levantado a declarar a pocas horas de ser asesinados, hombres de ochenta kilogramos gritando que se mueren de hambre, asaltantes de tiendas legitimados por la pobreza de poseer hasta motorinas, desaparecidos localizados al azar que re-aparecen en televisión nacional. ¿Quién pudiera acusar a los ciudadanos que hoy te dicen, con sinceridad, que ya no saben en qué creer? Muchos bandos se definen por la fe, el interés personal o la filiación anterior. Pudiera decirse que es normal, en situaciones de crisis ver surgir, entre otras posiciones, al escepticismo. Ya los griegos vieron brotar este “no saber y no poder afirmar nada” como la mala hierba alimentada por la falta urgente de soluciones.

Entre el afán híper productivo de la crítica crítica y el avance del escepticismo, la larga historia de estallidos y movimientos sociales enseña que la verdad (no digo las verdades, porque lo universal las reúne a todas y las sinteriza) no sólo existe, sino que se desarrolla, se contradice y se concreta.

A riesgo de ser acusado — pienso que justamente — de ser revolucionario, debo decir que las primeras víctimas de los sucesos del 11 de julio fueron la tranquilidad ciudadana (para bien o para mal, ya que la intranquilidad no es de por sí nefasta) y la sobriedad investigativa. Pocos, demasiado pocos, han esperado a tener datos y elementos suficientes para lanzar sentencias, juicios lapidarios, anatemas de encendido pathos definitorio. Pedirnos a los cubanos que no seamos emotivos es como querer que no llueva en el Amazonas. Pero más inmensa ilusión resulta creer que el empirismo, la crónica apurada, el subjetivismo desbocado nos llevará por buenos caminos. Leer, investigar, analizar con detenimiento, pensar bien, hablar bien, actuar bien… son recursos tan necesarios como el valor, la disposición, la emotividad y el grito.

Ni escéptico, ni subjetivista, ni pasivo y mucho menos neutral trataré de poner en estas cortas páginas lo que mi poca o mucha experiencia de investigador me permite adelantar sin caer en juicios definitivos.

El giro ptolomeico: del bloqueo yanqui al bloqueo interno, de la democracia oral al fascismo con chusmería

En nuestra profesión se ha hecho famosa aquella frase de Immanuel Kant cuando, valorando su propio aporte, dijo haber realizado un verdadero giro copernicano en el pensamiento universal. Sin entrar en detalles, se refería Kant a ese tipo de cambios que transforman el enfoque histórico global con el que, hasta el momento, se miraba un problema. Copérnico nos había enseñado con su obra que la tierra no era el centro del universo, sino que, aunque nos pesara, nuestra madre patria resultaba un planeta más del sistema que giraba en torno al Sol verdadero.

Meses (incluso hasta un año) antes del estallido del 11 de julio, en Cuba y en su entorno comunicacional se estaba gestando un giro, esta vez no copernicano, sino ptolomeico. En otras palabras, entre varias ideas centrales se lanzaba por boca de actores, artistas e intelectuales muy diversos, la tesis global de que, contra todo pronóstico, Cuba y solo Cuba era el centro de su propio universo. Desde ese nuevo punto de vista (a veces al estilo de Sartre, otras al de Schopenhauer) la culpa, la maldita culpa de todo (me disculpo con Israel por usar su frase que no pertenece a esta tendencia) la tenía la política interna. Cuba, por obra y gracia de la subjetividad, se convertía así en la superpotencia indiscutible de su propio destino. El súper hombre de Nietzsche con una única tarea: eliminar al pulgón inextinguible del oficialismo.

Este giro involutivo en el enfoque sobre los problemas actuales y futuros del desarrollo cubano no fue súbito. Más bien se inició como comienzan todas las cosas cuando “son del alma”. Primero la pequeña y tímida idea, verdad a medias o, como decimos por acá, aún relativa de que, además del descomunal bloqueo yanqui, existía un bloqueo interno, signado por el inmovilismo estalinista, por la burocracia y por la ineficiencia gubernamental. Muchos alertaron de que se trataba de una jugarreta de mayor alcance, otros la aceptaron como parte del afán crítico constructivo de ciertos sectores vanguardistas o progre.

Pero al verse favorecido por algunas condiciones especiales: el alargamiento de los efectos de la pandemia, el inmovilismo real y oportunista de la administración Biden en su política hacia Cuba, el cada vez más vago conocimiento de jóvenes y no tan jóvenes sobre las determinaciones concretas del bloqueo norteamericano, el oportunismo de varias plataformas que se dedicaban sistemáticamente a “demostrar” con análisis sesgados que el pollo era el todo dentro del arroz con pollo del mal llamado embargo, junto a la ineficiencia real de los intelectuales revolucionarios para competir con una campaña dirigida más a la psicología que a la racionalidad, el giro ptolomeico pasó a la ofensiva.

¿Cómo se verificó esa ofensiva terminológicamente hablando? De afirmar inicialmente la necesidad de combatir tanto el bloqueo interno como el externo, la campaña pasó a declarar, olímpicamenteque ya se podía despejar una variable: el bloqueo norteamericano no existía, era un invento, una muela, un chucho del gobierno cubano para justificar lo mal hecho por él mismo.

De nada valió la tradicional votación en la que la aplastante mayoría de la comunidad internacional se opuso al bloqueo (al parecer, el potencial fabulador del gobierno cubano era tan grande que para el cubano de a pie este podía engañar a los países más cultos de la tierra). Fue inútil la campaña de los medios masivos del patio recordando los detalles de la guerra económica. Para nada sirvió aquella brillante idea de un antiguo canciller cubano que rezaba con toda lógica “si el bloqueo es un pretexto, ¿por qué no nos quitan el pretexto?”. La red de redes trastocaba diariamente aquella famosa frase del ministro de propaganda nazi: no solo una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, sino que una verdad demasiado repetida, sin creatividad en el discurso que la expresa, por cansancio comunicacional, se convierte para muchos en una mentira.

Tristemente, hoy pudiéramos hacer una encuesta para descubrir los pocos cubanos que, al menos una vez en su vida, se han tomado el trabajo o han tenido la posibilidad de leer las leyes Helms Burton o Torricelli. Por exceso de confianza o tal vez por facilismo propagandístico, el proyecto socialista cubano ganó la batalla simbólica sobre las causas profundas de la crisis a nivel internacional y la perdió, contradictoriamente, a nivel nacional.

La primera victoria de la campaña ptolomeica estaba lograda: en el mismo momento que un poderoso movimiento anti bloqueo se estaba desarrollando en Estados Unidos, en la propia sociedad cubana la desconfianza, el resquemor y el odio irracional hacia el supuesto causante de los problemas cotidianos se iba direccionando hacia un solo actor o conjunto de actores: el gobierno, los funcionarios, los dirigentes. En algunos casos la campaña se atrevió a ser más programática. Ya la culpa no era del gobierno o sus individuos, sino del sistema, del socialismo y del comunismo. Se soltaba en las redes, no por todos sus gestores, pero sí por los más radicales, una verdadera ola anti comunista que, como se sabe, tiene muchísimos tanques pensantes desde la época de la Guerra Fría.

No quiero decir con ello que el cuestionamiento contra los errores y deficiencias del proyecto socialista deba ser criminalizado. Pero los rasgos de esta campaña no fueron ni son producto de la crítica objetiva, sopesada, equilibrada. Navegando en los artículos de varios medios alternativos sobre el tema se percibía la inclinación desbalanceada a trabajos que se dedicaban a extrapolar cifras, aspectos parciales, a sembrar la idea de que el bloqueo no existía realmente. En su momento algunos se defendieron señalando que habían hablado ya en otras ocasiones denunciando el bloqueo, pero el esfuerzo intelectual, los ríos de tinta tenían una gran desembocadura: como el Dios de Nietzsche, el bloqueo yanqui había muerto. Había que pasar a otra cosa, buscar otros culpables.

¿Ello quiere decir que las causas del estallido social se encuentran únicamente en esta campaña ideológica? Sería absurdo afirmar este tipo de hipótesis peregrina. Los problemas objetivos y subjetivos de fondo son bien conocidos: crisis epidemiológica propia de la fase de trasmisión comunitaria, carencia de productos de primera necesidad, apagones de 8 y más horas, indolencia burocrática de muchas instituciones al tratar los problemas de la población, mala gestión y pésima organización en no pocos territorios a la hora de distribuir los recursos. Sumado a ello los efectos inflacionarios de la unificación monetaria y el aumento del “sálvese quien pueda” en las relaciones monetario mercantiles, signadas por el espiral más irracional de súper ganancia privada, no siempre justificado en la elevación de los costos de producción.

No se trata de absolutizar su trascendencia, sino de comprobar que el papel de la campaña mediática fue simplemente el de direccionar el descontento hacia un único destino. Construir el hombre unidimensional al menos por el momento y con objetivos muy precisos: enfrentar a los sectores más desfavorecidos y a los más convencidos de la inutilidad del proyecto social con la dirigencia y con el liderazgo en construcción del mismo.

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, sino que una verdad demasiado repetida, sin creatividad en el discurso que la expresa, por cansancio comunicacional, se convierte para muchos en una mentira”. Ilustración de Alejandro Conde Ravassa.

No hablaré entonces de la posible diversidad, pacifismo, civismo y buenas intenciones de muchos que se lanzaron valientemente a expresar su descontento el día 11, todo ello está por demostrar e investigar todavía. Tampoco pasaré revista aún a la radicalización de esta campaña, cuyos puntos de inflexión actuales van desde la descalificación de todo el que no salió a protestar como parte de un pueblo apático, falto de imaginación y lleno de pesimismo o complicidad estructural (La mejor respuesta sería la martiana Vindicación de Cuba), hasta la ridiculización del concepto de revolucionario (desde las más vulgares metafísicas donde se le equipara al esquematismo, incapacidad para el diálogo y gusto por la violencia). Basta con señalar que muchos han querido pasarnos gato por liebre al decretar no sólo la desaparición del bloqueo yaqui, sino del propio interlocutor al que se supone iban dirigidas sus protestas. No quieren tener nada que ver con el gobierno, ni con el proyecto socialista, ni con cualquier cosa que huela a comunismo. La sociedad cubana parece inclinarse, en la figura del algunos, a llenarse de árboles que desprecian el bosque o que buscan por mitosis crear sus propios parques temáticos. Esperamos por nuestro bien que estos parques temáticos no se conviertan en la norma.

Finalmente, junto al giro prestidigitador que hizo desaparecer subjetivamente el bloqueo norteamericano o lo convirtió en simple telón de fondo que apenas se menciona, aparece un sutil democratismo asbtracto que se presenta como alternativa programática de diverso alcance. Del enfoque ponderado sobre las deficiencias del proyecto socialista cubano para dar salida a las inquietudes, a la participación, al descontento, al control popular sobre la gestión gubernamental, algunos teóricos y activistas comenzaron a absolutizar, nuevamente, ciertos aspectos de las democracias reales como la libertad de expresión, la libertad individual, el pluripartidismo y el liberalismo aduanero.

Desde pedir sus quince minutos de fama hasta una profusión de manifiestos programáticos, pocos o casi ninguno de los medios que se han montado en el tren de la democratización presentan un análisis sobrio del contexto cubano y su vínculo con los alcances reales de la democracia en los países más avanzados del mundo. Personas serias y de buena voluntad te repiten que no importa el hecho de que las democracias europeas y yanqui reaccionen ante protestas anti sistema con mucha mayor letalidad que lo que mostró el centralismo democrático cubano, “Cuba debe y puede estar por encima de lo real, lo alcanzable y lo posible”. Podemos estar de acuerdo con esta tesis, pero los modos y los caminos para sobrepasar lo posible no son los que han demostrado tan poca efectividad en otros países y sí mucha carencia en aquellos como el nuestro. Algunos más mal intencionados se hacen eco de que la libertad en Cuba debe ser ilimitada siempre que en su base exista carencia o necesidad no satisfecha. Por ese camino se ha llegado a legitimar el robo como acto libertario, se le ha llamado a la violencia civil accidente y emoción popular del momento a la violencia política contra todo el que piense diferente.

Lo más grave resulta, que como señalaba el Moro en su momento, a los ideólogos de la democratización en abstracto (nada que ver con las sugerencias sobre la participación y el debate en el socialismo que también existen) les ocurre en Cuba como a todos los sectores liberales del mundo: al igual que aquel aprendiz de mago que ha conjurado fuerzas oscuras, se ha descubierto incapaz de controlarlas. En su seno y desde todas partes (sobre todo desde Miami) le ha brotado de apoyo una corriente que Abel Prieto llamó certeramente “fascismo con chusmería”. Su carácter de contradicción andante es tal, que en él te encuentras el pensamiento simple de las tropas de asalto que con cabillas y piedras se dedicaron en Cuba a dialogar con el simple uso de la fuerza, pero también ostentan la presencia de esos ciborgs de cuarta generación que, en una parte de su corteza cerebral se creen demócratas y en otra no son capaces de establecer el más elemental dialogo con sus oponentes. Amenazar, ofender, intimidar con la fraseología más esquemática es a lo que más lejos llegan estos campeones de la libertad. Su mitomanía sobre la dictadura comunista sangrienta, el total desconocimiento de todo principio teórico o práctico de la democracia, el más tosco consumismo como única clave para expresar su supuesta libertad o sus ansias de ella, nos hace pensar en aquel verso martiano:

Todo el que lleva luz se queda solo.

Pero el hombre que al buey sin pena imita,

Buey vuelve a ser, y en apagado bruto

La escala universal de nuevo empieza

Más allá de esta apretada síntesis sobre algunos aspectos que llevaron a los procesos recientes, solo puedo decir como cubano de este lado, que aún con las acusaciones de quienes hoy dicen que el pueblo es sólo aquella parte que se pronunció en las calles en son de protesta el día 11, espero ser de aquellos vivos que no tuvimos miedo a vivir. No le propongo a los cubanos que hagan nada a favor o en contra de mis ideas que son también las ideas de muchos, sino que me presento simplemente para hacer y actuar donde quiera que la sociedad me necesite, ya sea en el diálogo, la participación, el trabajo o la producción. Como decía un amigo: sólo espero en las mismas zonas de producción de soluciones y no de culpables, en esa zona de la Cuba real que tanto nos necesita, a los demócratas, a los criticones y a los activistas.