Cuba, Cultura, El peregrino

Cuba y su cultura de sangrilocuencias

Hace unas semanas escribía sobre los cubanos, su pasión por el deporte y esa especie de nacionalismo hermosamente “enfermizo” que se manifiesta cuando las cuatro letras, ya sea en equipos o individualidades, se paran sobre cualquier arena simplemente a pelear. En ese momento –decía yo, y perdonen la autorreferencia– se ha de parar en seco y dejar lo que se esté haciendo, cual si fuese el mismísimo himno el que estuviera sonando.

Quizás nos estemos refiriendo a una mezcla de pasión y respeto. Puede que en la ecuación se cuelen otros sumandos como la empatía, el valor, la dignidad, un sentimiento patrio que, aunque suene a palabrería barata, no es salido de la gaveta de ningún burócrata y va mucho más allá de la comprensión de cualquier oportunista que intente manipularlo.

El cubano y su himno están más relacionados entre sí de lo aparente… Un canto que llama al combate ante un pueblo que vive –en los disímiles sentidos de la palabra– en medio de constante lucha. 

Cántico que propone en qué creer, ante personas que viven con un vaso de agua puesto para todo lo sagrado, que puede ser la familia, la supervivencia, la tierra física que hoy se pisa y mañana nos cubre, la tierra etérea… que es esa de la que el himno promete contemplación con orgullo para todo sacrificio real en pos de las mejores utopías de turno.

Las utopías evolucionan de conjunto con las necesidades y las condiciones propias de cada tiempo. Son escurridizas, inalcanzables, condenatorias, pero como dijese el cronista: sirven para caminar. Si bien a veces con caminar no basta, en otros momentos, el solo hecho de no quedarse varado resulta cuestión de mérito. 

El cubano es animal de camino. Sabe que se juega el cuello por cada paso que no da y avanza, a veces arrollando. Terco, sí; detenido, nunca. Quizás por eso nos cuesta pronunciar “me equivoqué” o dar un paso atrás cuando realmente se precisa; pero esas son cosas que habrán de llegar y que machucaremos hasta su sedimento.

Somos gente noble, de vergüenza. Por ello, al advertir la equivocación, al menos guardamos silencio y bajamos la frente. Aunque la mano se nos vaya, no enfrentamos el argumento con injuria, ni gritos, sino con otro argumento que insistimos en sacar debajo de la tierra, siempre a la altura, polémico, controversial… porque perder –para qué engañar a nadie–, lo que es perder, no nos gusta.

Debe ser la pasión exagerada la culpable; esta “sangrilocuencia” de necesitar ir venciendo en las pequeñas, medianas y gigantes guerras.

Lo que somos resulta algo sólido por cuanto tiene de historia y, sin embargo, vaga en constante construcción; padecemos la fatigosa y salvadora manía de seguirnos buscando. Nunca fuimos mejores de lo que podemos ser y, al que venga a predicar lo contrario, habrá que contarle, con cara de “me da pena tu caso, socio”, que  las naves de la retirada fuego hicieron y hoy cenizas, no más, de ellas nos quedan.

A cortar la lengua del que enuncie que somos solo palma, ron, mulata, sol, playa; solo lechón asado en 31, dominó en calle, chancleta en mano, grito desde los balcones, sabanitas blancas… Muerte pronta al reduccionismo imberbe.

Somos más…

Un Pepe Antonio a machetazos contra el inglés, un Heredia enamorado del Niágara pero llorando el destierro, un Plácido pintando de payaso al diablo, un Varela mandando “Cartas a Elpidio”, un José de la Luz en plena clase, un Saco “Contra la Anexión”, un cimarrón en llanto, un Céspedes Padre, un Perucho componiendo a caballo, un Bayamo en llamas, una Virgen Mambisa de la Caridad del Cobre, un Calixto García reventándose la mandíbula, un verso sencillo pero profundo, un Martí indescifrable, un Maceo Titán, un Gómez viejo, un Bonifacio que regresa, un Mella que se lanza al mar, un Villena “Peñas arriba” pero “Gigante”, un Pablo como torrente, un Nicolás bembón, un Mañach pintando al Apóstol, un Osvaldo con vergüenza, un Alejo tras “Los Pasos Perdidos”, un Abel sin ojos, un Moncada tiroteado, un Goicuría embarrado de sangre, un “No me olvides…” a capela…

Un Camilo perdido, un niño alfabetizando, un Beny con bastón, un octubre con misiles, un San Ernesto en La Higuera, un Safiro en la radio, un Van Van en tren, un quinquenio gris, un hijo muerto en Cangamba, una tía hablando ruso, un barco robado, una balsa triste, una arenga, un naranjal en Jagüey Grande, un muro caído, un agente infiltrado, una plaza con banderas, un dedo acusador en la tribuna, un Venezuela, un ciclón, un deshielo, un 25 de noviembre, otra coyuntura, una pandemia, un lo que venga…

Todo esto somos y falta y queda.

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