Por Dayron Chang Arranz

Santiago de Cuba

Es la angustia de ser descubierto, de salir afuera, de ser fusilado lo que atormenta a Santiago de Cuba a mediados de 1950. Hay miedo en la ciudad. Es probable que algunos asemejen este síntoma a aquel que experimentaron los judíos los días del Holocausto o los soldados de cualquier contienda aún insomnes por la neurosis de la guerra. “Ya no me atrevo a hacer nada,” dice Ana Frank a su diario encerrada en el asfixiante cuarto de Ámsterdam.

Sin embargo, es este un miedo que solo puede ser testificado por quienes lo viven. “Hay gente que ha desaparecido por once meses, y cualquier día aparece en la sala de la casa leyendo el Diario de Cuba”.[1] José Soler Puig lo sufrió, por eso hoy cualquier testigo de aquellos años se remite al drama y a la atmósfera del libro Bertillón 166 para convencer sobre su temor ante el asesinato, la tortura, el asco a los mansferreristas, la sensación de persecución por calles oscuras, o esa ansiedad que genera buscar el nombre de un hijo muerto en la página del periódico.

Mi antídoto para el miedo…

Luis Felipe Rosell, fallecido este año, sabía que ninguna descripción es ficción, aunque lo parezca; por eso dejó un testimonio inédito que certifica las secuelas del miedo, pero habla de enfrentarlo “porque hay que pelear, tomar riesgos, revelarse cuando las cosas no andan bien”.

Por aquellos años el joven caminaba en sigilo por las arterias de la urbe. Ya estaba involucrado en la clandestinidad, pero su coartada era el camión que iba y venía cada día abarrotado de flores para abastecer el negocio familiar. Al menos eso es lo que se veía a simple vista.

Eran días de actividad constante donde el grupo operativo del movimiento revolucionario compuesto por Vilma Espín, Asela de los Santos, Taras, Arturo Duque de Estrada, Abelardo Rodríguez, Amaro Iglesias, entre otros, se ocupaba de la documentación, al tiempo que garantizaba casa, transporte y traslado de compañeros perseguidos.

Un día Frank País visitó la finca donde Luis Felipe narra su vivencia. El lugar permanecía rodeado de flores. Señaló cada sitio por donde pasaron. “Tanto a Pepito Tey como a Frank le gustó el ambiente. Varios días después ya estaba reunido el primer grupo compuesto por muy pocos integrantes. Nadie podía intuir lo que pasaba, aun así, los trabajadores permanecieron discretos, cuidando las opiniones políticas que se fraguaban”.

“Frente a un tanque oxidado -aún de pie en la casona- hicimos las primeras prácticas de tiro organizado. ¿Quién se imaginaría que sería para el 30 de noviembre?”

“En las lecciones utilizábamos unas botellas con las cuales cogíamos la puntería. El instructor de tiro era Pepito, quien nos ponía a hacer maniobras por el suelo arrastrándonos con los codos. Tirábamos con rifle 22, Winchester y balas de largo alcance. La 22 era de mi propiedad y tenía licencia. Uno de los secretos que escondía en el maletero de mi máquina”.

Durante un año estuvieron practicando hasta que Luis Felipe le dijo a Frank:

-¿Tú no crees que llevamos mucho tiempo aquí? Es riesgoso. Deberíamos buscar otro lugar.

Y como Frank no tenía muchas opciones preguntó:

-¿Tú tienes otra propuesta?

“Recordé al instante que en el año 1946 estuve trabajando para el Partido Ortodoxo en la zona de Boniato donde un amigo poseía una finca después del poblado El Cañón, zona más estratégica porque tenía un lomerío y estaba intrincado”.

Al instante fueron para la nueva posición. Ambos se saludaron y el joven líder hizo uso de esa virtud que Luis Felipe admiraba. “Poseía una capacidad enorme para captar y convencer a las personas. Le distinguía su manera de hablar pausada, madura, que le hacía parecer mayor ante sus contemporáneos”.

Al rato Frank le dijo:

-Ya la finca es nuestra.

Al escuchar esta frase el dueño del lugar sin miramientos y de forma espontánea contestó:

-La finca, la casa, el camión, mi mujer, mis hijos, yo, y si algo se me ha olvidado métanlo en el potaje también.

Ninguna bala falló

El joven Rosell se movía en un Pontiac por aquel Santiago de 1956 ahogado en carteles y comercios. Los horarios de práctica se compartían con la búsqueda de armas. Tres viajes dieron a Guantánamo, pero no fueron suficientes.

“El primer lugar donde fui junto a Pepito fue a la casa del señor Mario Santamaría, director de la Compañía Operadora de Muelles y Almacenes de la Bahía de Santiago de Cuba. Era un señor que simpatizaba con la causa, aunque pertenecía a otra organización. Directa o indirectamente varias de ellas formaron parte de la operación”.

“En los jardines de aquella casa había enterrado una cantidad enorme de parque que nos fue entregada. El carro venía con las gomas aplastadas por el peso y pensé: no llegamos con todo esto a nuestro destino.

La primera intención, por órdenes de Frank, fue dejar el cargamento en la ciudad, pero no se logró. Recorrimos varios puntos de confianza y ya como a la una de la tarde decidimos arriesgarnos e ir para la finca”.

Aferrado al timón del antiguo automóvil traza en su mente la ruta que siguió aquella vez. Aprieta las manos como quien no deja ir ese recuerdo. Sería injusto olvidar el temor que le impulsó atravesar postas militares de alta peligrosidad.

“El miedo que teníamos ambos -analiza- era pasar por el punto de Quintero pues allí siempre registraban. La suerte era que mi carro pasaba cinco y seis viajes al día. Sin embargo, el miedo era doble, pues esta vez las flores estaban sembradas en balas”. Un error podía costar la vida.

“Perfeccionar las armas era ahora la nueva misión. Montamos un taller con 10 o 12 compañeros que limpiamos las balas una por una con estopas metálicas. Las dejábamos desde el día anterior en barriles de petróleo para quitar tierra y óxido”.

“Mi mamá, Angelina Soler, preparó unos bolsitos de tela de caqui donde cabían cien balas utilizada por muchos combatientes. Quedaron nuevas. Poco a poco distribuimos el parque por grupos en casas de confianza para el movimiento. Se bajaron los días previos con absoluta cautela. Ninguna de esas balas falló el 30 de noviembre”.

¿Por qué un testamento?

El actual Coronel Alberto Vázquez, director del Mausoleo del Segundo Frente Oriental “Frank País García”, tenía 21 años cuando recibió el parque que se alistó en la finca de Rosell. Manejaba una guagua y, por su nivel escolar, era escaso su conocimiento de política, pero su carácter lo involucró en las actividades conspirativas contra el régimen.

“Cuando nos asesinan al niño William Soler recuerdo que todo se puso tenso en Santiago de Cuba. Se despertó aún más la conciencia. Ellos nos mataban a un compañero nosotros le poníamos una bomba”.

Para ese entonces el movimiento tenía una compartimentación difícil de adivinar. “Era casi imposible conocer quién estaba en las acciones. Por ejemplo, cuando nos reunimos el día 29 tres compañeros, que teníamos vínculos previos, supimos en ese instante que trabajábamos por el mismo objetivo”.

En las semanas que precedieron al 30 los miembros se encontraban periódicamente. “Yo iba acompañando a mi Jefe de célula, que por su rango dominaba más información. No supimos hasta último momento dónde se iba a hacer. Pero con el apoyo de los trabajadores del lugar se calculaba a qué hora se hacía el relevo de las postas, dónde, quiénes estarían”.

El 27 de noviembre, cuando aún las máquinas de coser confeccionaban los diseños del brazalete nunca antes visto, llegó el telegrama cifrado que avisaba de un barco con salida desde Tuxpan, México. “A partir de ese día alquilamos un carro para alertar a los compañeros. Y ya el 29 tarde noche nos reuníamos en una casa alquilada con el armamento listo. Cuando piden cambiarse la ropa por el uniforme verde olivo y el brazalete rojinegro tuvo mucho impacto en todos”.

Fue en ese ambiente donde los asaltantes conocieron que atacarían varios sitios simultáneamente. El objetivo del grupo donde estaba Vazquecito tenía como punto de acción la policía marítima. A las siete de la mañana, a pesar del fallo en algunos planes de aviso, los jóvenes cruzaban el reloj de la Alameda.

“Cuando llegamos Pepín Quiala toma al guardia de la Policía Marítima que está en la puerta de entrada y da acceso libre al lugar. Los primeros tiros habían alertado al cuartel y se produce el encuentro. Fueron 20 minutos lo que nos llevó y además sería la única acción que ese día se logró sobre todo por el factor sorpresa”.

Vázquez fue directo al Cuartel General. Estaban reunidos Vilma, Haydee, Armando Hart, Asela y Gloria Cuadras. Fue impactante la muerte de Pepito, Tony y Otto. «De momento Frank me llama y me pide que saliera a localizar un transporte que nos sacara de allí. Revisa Martí y Cristina para saber si está limpio, me ordena.

“Esta es una salida rumbo a Mar Verde y la Sierra Maestra; plan que con seguridad pocos conocían”.

A esa hora todo estaba rodeado de guardias ubicados en las salidas de escape. Las calles abarrotadas de camiones llevaban a todos lados a un guardia, un policía y un marinero de la tiranía. Había miedo en la ciudad, pero era un miedo distinto. Entonces sabían que podían enfrentarlo. Vázquez, sobreviviente de aquellos días, lo asegura, aunque recuerda que esperando el amanecer del 30 de noviembre “cada uno hizo un testamento por si algo nos sucedía».


[1] Fragmento de Bertillón 166 de José Soler Puig. Premio Casa de las Américas.