Aún continúa la interrogante sobre dónde surgió el nuevo coronavirus y la respuesta se antoja más difícil que decir quién nació primero si el huevo o la gallina. Las acusaciones entre dos de las principales potencias mundiales, China y EE.UU., se vuelven cotidianas. La cortina de humo que cubre la realidad y la convierte en una obra teatral de ángeles y demonios comienza poco a poco a descorrerse.

Los principales gobiernos de Occidente y los grandes medios de comunicación, históricamente al servicio de los intereses geopolíticos de los primeros, se empeñan en deslegitimar la imagen del Gigante Asiático.

Nos encontramos inmersos en una guerra ideológica y comercial, a la sombra de la mayor crisis epidemiológica-sanitaria de la época moderna, o al menos así nos la han vendido. Aún es muy reciente este conflicto para identificar vencedores y vencidos, pero acontecimientos recientes dan señales claras del triunfalismo estadounidense.

En plena agudización de la guerra comercial con EE.UU., China necesitaba diversificar sus importaciones y exportaciones y ante ello, la Nueva Ruta de la Seda (BRI por sus siglas en inglés) cobraba una importancia trascendental. Es en este escenario que aparece y evoluciona aceleradamente la Covid-19.

Transcurrían los primeros días del nuevo año y el mundo miraba hacia China, menos de 2 meses después de detectarse el primer caso en la ciudad de Wuhan. Sin embargo, una cortina mediática desviaba el centro noticioso mundial hacia el Medio Oriente y el conflicto Irán-EE.UU.

Intercambio de acciones militares, un supuesto ataque a la embajada estadounidense en Iraq, el asesinato selectivo a uno de los principales generales iraníes y el ataque “infructuoso” a bases militares yanquis (poco tiempo después se empezarían a conocer los daños humanos reales del ataque) eran todas acciones seguidas de una manipulación mediática burda de los acontecimientos; el “accidental” derribo de un avión de pasajeros y posteriormente un sospechoso y masivo brote del nuevo coronavirus repercutirían negativamente en la imagen iraní, principalmente en los países del “Primer Mundo”.

Disipada la atmósfera mediática, las miradas volverían a China, cuando ya las acciones de control y la alerta global sobre las probabilidades de una propagación mundial del virus eran infructíferas. Y se empiezan a ver las primeras repercusiones internacionales y hacia dónde va el daño.

Cuando todavía no se hablaba de cuarentena y aislamiento social, y el mundo tal como se encuentra en este minuto solo se imaginaba en películas y series de ciencia ficción, la primera gran derrota sacudía a China. El 12 de febrero de 2020 el consejo directivo del Congreso Mundial de Telefonía Móvil (MWC por sus siglas en inglés) decidía la cancelación del evento convocado del 24 al 27 de febrero en Barcelona, España. Motivo: el avance del coronavirus.

Este escenario se antojaba ideal para el lanzamiento de productos y servicios inalámbricos de quinta generación (Tecnología 5G). La empresa China Huawei, epicentro de la guerra comercial, amenazaba con salir como la gran ganadora de este evento, al llevar la delantera tecnológica en un servicio que desencadenaba uno de los principales focos de tensión diplomática a escala global.

No sorprende que las primeras empresas telefónicas que anunciaron su ausencia en el Congreso, por la “afectación del nuevo coronavirus”, fueran las estadounidenses.

Fuente: Instituto Mercator para estudios sobre China

Resulta alarmante que los principales países que manifestaron sus dudas sobre la Nueva Ruta de la Seda y que no firmaron los memorandos de entendimientos generales de respaldo a la BRI sean hoy de los más afectados por la enfermedad en cuanto a índice de contagio y muerte.

Francia, España, Alemania y Bélgica, a los que se les suma Japón, que además de los daños humanos y financieros provocados directamente por la epidemia, se le añaden los ocasionados por la cancelación, casi a última hora, de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. La opinión mediática culpa a China de esta situación, al posicionar a la opinión pública en su contra, hecho que puede inducir negativamente en la BRI.

No importan las ayudas solidarias chinas en personal sanitario y recursos materiales médicos. Repercuten más mediáticamente las mascarillas y test rápidos defectuosos, que en algunos casos se ha demostrado que la causa es su errado manejo por el personal médico, que los millones de implementos protectores y equipamiento médicos suministrados a países europeos, de América Latina, el Caribe y a los propios Estados Unidos. La Espada de Damocles está ahí, agitándose sobre la imagen internacional del Gigante Asiático, a punto de dar su golpe letal.

Mientras, algunos aprovechan el contexto con conductas triunfalistas, dirigidas a matizar y difuminar una realidad interna de caos y muerte. No es casual que las recientes medidas anunciadas por el gobierno estadounidense vayan dirigidas al cumplimiento de las promesas de campaña presidencial de 2016, en pleno año electoral.

También van en la dirección de apuntalar la imagen de Trump, la eliminación temporal de toda la inmigración hacia EE.UU. y la compra de 75 millones de barriles de petróleo para llenar sus reservas estratégicas, a partir de la reducción brusca de sus precios internacionales, provocada por la situación pandémica internacional.

Ni el aumento de la presencia militar y paramilitar en la frontera con México, las restricciones de visados, la construcción del muro fronterizo (no nos extrañemos si anuncian en cualquier momento su culminación, tal y como un amigo jaraneaba recientemente “cuando ustedes miraban las noticias de la Covid-19 y estaban dentro de sus casas, mis constructores lo terminaron”), ni el fracking, las continuas guerras en Oriente Medio, las sanciones y amenazas bélicas contra Venezuela han sido tan efectivas como el impacto del nuevo coronavirus.

Las cortinas de humo se descorren, la geopolítica global está en constante evolución; los epicentros de conflictos siguen siendo los mismos, pero los escenarios cambian, se adaptan. Los intereses económicos continúan dominando la política y se posicionan por encima de los intereses públicos y sociales.

Los daños colaterales están ahí, presentes en las cifras diarias de muertos y contagiados. Son números para las estadísticas e historias para las páginas de diarios y redes sociales. Pero no son las variables principales en las ecuaciones imperiales.

Son noticias en construcción que seguiremos observando. A lo mejor un día, cuando todo termine y las cortinas de humos sean otras, sabremos al fin dónde surgió el nuevo coronavirus.