En la noche del pasado jueves 13 de mayo, el espacio digital La Manigua recibió a tres miembros de la plataforma mediática La Tizza, con el fin de entablar un debate en torno a un editorial de dicha revista titulado: «La respuesta no es policial, es política», cuyos planteamientos causaron polémica entre diversos agentes sociales que defienden la Revolución cubana.

Fernando Luis Rojas, Luis Emilio Aybar –ambos investigadores del Instituto Juan Marinello– y Ernesto Teuma fueron los tres panelistas que comparecieron. Ernesto Teuma, además de formar parte del equipo editorial de La Tizza, resulta especialista de Casa de las Américas y miembro de la Asociación Hermano Saíz.

Las palabras de este joven Intelectual, tras un interesante debate, resumieron quizás el espíritu desde el que se posiciona junto a sus compañeros. A continuación, las reproducimos íntegramente…


Se nos pide a veces concreción, una propuesta elemental, concreta, pero nosotros en este espacio, y en los editoriales, venimos a pensar y proponer perspectivas generales desde las cuales se puedan ver soluciones colectivamente.

Nosotros no somos un conjunto de iluminados que viene con recetas universales, con fórmulas que van a resolver la situación y despachar estos asuntos tremendamente complejos con dos o tres palabras; de hecho, la actitud de quien espera una solución desde afuera, desde alguien que no es él, es parte del problema. Ese resulta el primer punto que quiero situar.

El segundo punto es que basta con leer las resoluciones del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), el informe de la Primera Conferencia Nacional del PCC, los documentos políticos del VII y el VIII Congreso y los discursos de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel en este último cónclave para darse cuenta de que desde ahí mismo también hay una crítica a la separación de los dirigentes de la base, al mal funcionamiento de las organizaciones tradicionales políticas y de masas, al problema de la corrupción, al problema del desconocimiento desde los funcionarios políticos, del Partido, del Estado, de la administración pública y de las empresas sobre los problemas del pueblo.

Entonces, decir que la crítica viene como desde afuera, me parece un elemento que ignora la dimensión de autocrítica que existe dentro todos estos discursos y a los que los remito, sencillamente.

Los problemas que nosotros estamos planteando no son inéditos en ningún sentido, sino que están ahí, pulsando en esos documentos y con palabras más claras, incluso más directas, y a veces con soluciones ad hoc .

Imagen de portada del editorial. Agustín Bejarano, «Sin título», de la serie: «Los ritos del silencio», 2015

El tercer punto que quería señalar, y que tiene que ver con la relación con las instituciones, es que nosotros resultamos siempre, al final, un poco leninistas y hay un momento de Lenin en El estado y la revolución, que me encanta, donde él dice que más allá del poder todo es una ilusión.

Pero en ese mismo libro también plantea que el proyecto final de una política comunista es la abolición del Estado, del Estado como forma de vida en común y de la idea de que la soberanía popular solo puede ejercerse estatalmente; no que el fin último de la políticacomunista es la preservación del Estado.

También se ha dicho –y no es una línea que hayamos expresado– que tal parece que nosotros no queremos que exista la policía y que proponemos que solamente el pueblo enardecido se lance.

¡No, no! El problema es que, independientemente de los motivos éticos, de las fundamentaciones, de los elementos jurídicos, arrestar a cinco, diez, veinte, treinta, quinientos contrarrevolucionarios no resuelve el problema político de fondo, que es una de las cosas que se plantean en el editorial. Es la política, la lucha por la hegemonía y por la conciencia socialista la que resuelve ese problema; es la modificación de la conciencia a través la práctica revolucionaria.

Yo voy a proponer acá una fórmula que a lo mejor puede servir para pensarse este problema complejísimo:


Una política revolucionaria hoy no puede quedarse en una política hecha desde el Estado. Una política revolucionaria hoy tiene que plantearse en un triángulo que es dificilísimo de navegar, pero sin cuya perspectiva me parece imposible avanzar hacia ninguna parte. La política revolucionaria hoy se realiza: desde, con y contra el Estado.

Y ese es el triángulo fundamental de la acción política revolucionaria hoy.

Desde el Estado porque, como decía Lenin, más allá del poder todo es una ilusión y este es el poder que los revolucionarios cubanos, recogiendo tradiciones de decenas de años de lucha, con mucho sacrificio y mucho trabajo, hemos construido.

Un estado que no es el lugar de todo bien, de toda la virtud, sino que es un Estado hecho por hombre y mujeres, hecho por personas con muchísimas falencias, pero que es la garantía de la preservación del poder que hemos tenido. Mientras ese poder sea garantía del proyecto que construimos, le debemos fidelidad.

Pero el Estado, como bien sabe cualquier comunista que mínimamente se haya informado, es un objeto complejo, es un problema. No es algo que simplemente deba descartarse y ya, y pensar que todo lo que viene del Estado es positivo. ¡No! El estado es un problema y la misma existencia del Estado puede absorber completamente cualquier política revolucionaria que, como se ha repetido muchas veces, desborda al Estado y sus instituciones.

Entonces, una política revolucionaria no puede ser solamente desde el Estado, y desde el Estado no de cualquiera manera, sino luchando por el funcionamiento correcto, fiscalizado, transparente, de una administración pública eficiente que logre satisfacer las necesidades de la población.

Una política revolucionaria también tiene que realizarse con el Estado, lo que implica no rechazarlo de plano, pero no trabajar solamente desde él.

Ernesto Teuma, joven intelectual cubano

Constituir ese sujeto popular revolucionario en los barrios, en nuevas organizaciones, en nuevos cauces, en nuevas formas organizativas como juntas vecinales, como comisiones de fábricas, nuevas organizaciones como puede ser, por ejemplo, el proyecto Nuestra América o muchísimos de los colectivos feministas que hoy, ante un problema muy serio y muy grave, un déficit que presenta nuestra sociedad en este sentido, se manifiestan en esa dimensión: en la profundización de un feminismo socialista dentro de la Revolución cubana.

No trabajan solo desde el Estado sino con el Estado, en paralelo, construyendo sus redes con autonomía, con su capacidad de decisión, generando conciencia más allá de las instituciones que existen.

Trabajar de forma autónoma solamente, sin el Estado, puede ser también un vicio de pequeñez, un voto, digamos, por la irrelevancia política, porque nunca, incluso la red comunitaria más extensa, será capaz de llegar hasta ahí donde llega el Estado Revolucionario. Pero esa autonomía es muy necesaria y desde ahí también se debe ejercer presión. La presión social es algo que la política revolucionaria debe reaprender: la presión social hacia el Estado.

Y con eso llego al último elemento: la política revolucionaria no solo debe quedarse con trabajar desde el Estado, la política revolucionaria no solo debe conformarse con esta construcción de organizaciones que son paralelas, que son autónomas y que trabajan con el Estado pero que no son el Estado, sino que una política revolucionaria va hoy en contra del Estado.

Este elemento puede resultar paradójico para aquellas mentes que quizás no estén entrenadas en la dialéctica más rudimentaria: ¿cómo alguien puede estar desde el Estado y también en contra del Estado?

Bueno, muy famosamente, Fidel Castro en un discurso mencionó que él era el principal y primer opositor dentro del Estado cubano; porque no había un elemento de algo que se hiciera mal, que fuera una chapucería, que fuera negativo para los intereses del pueblo y para los fines emancipatorios de la Revolución cubana, que él no estuviera criticando en primera línea, que él no estuviera todo el tiempo activando esa movilización popular de la que hablábamos, para intentar subsanar esos errores.

O sea, la crítica… la crítica incesante, la crítica contra todo lo existente. Una crítica que no existe solo como crítica, pues encarna en soluciones, en nuevos horizontes, en la profundización del socialismo.

Por eso, estos tres elementos son los fundamentales: Desde el Estado, con el Estado y contra el Estado; la fidelidad, la autonomía y la crítica… son los tres principios de la política revolucionaria hoy.

La fidelidad desde el poder pero con el proyecto, que va más allá de ese poder, la constitución de una autonomía que va más allá del poder constituido y la crítica incesante al poder ya constituido por todo lo que puede ser, por todo lo que podría ser, por todo lo que debemos ser.

Fidelidad, autonomía, crítica; más democracia, mejor socialismo.