Detrás del «garabato»

Lo primero que mi madre me enseñó pintar fue a Martí. Me dijo que las entradas se hacían con una pronunciada eme y que de la misma ceja izquierda salía el trazo que definiría la nariz. Las orejas resultaban grandes óvalos a medias, mientras que el bigote impenetrable, cortesía genética del viejo Boca Negra, era una especie de triángulo o trapecio.

Hojas y hojas invertidas en pintar a Martí, que nunca llegó a salir como deseábamos, pero que definitivamente se fue convirtiendo en un garabato distintivo que hoy ocupa la calificación muy personal de «Martí nuestro».

Con el tiempo comprendí –vista hace fe– que cada cual tenía su garabato particular para invocar al Apóstol, a pesar de la inocultable existencia de unos pocos re-contra-dotados con el talento suficiente para estampar una imagen idéntica a la de las instantáneas que han sobrevivido a los años.

Pocos días hace me golpeó un paralelismo. En la pared interior de un sitio dedicado a la atención de personas socialmente vulnerables, había pintado, enorme, el rostro de un guerrillero con boina que parecía ser el Che. El Che resulta otro de los grandes «repintados». Aquel en específico poco se parecía a las instantáneas. «Puede ser cualquier latinoamericano con mucho pelo y boina», me dije.

Y sí. Puede ser cualquiera.

Con el nazareno, se me ocurre ahora, sucede parecido. Tantas veces lo han pintado y esculpido que su rostro, el verdadero que fue, se ha ido desfigurando y refigurando hasta el punto de que el rostro no es ya, pues nada vale, y el redentor, al menos en lo figurativo de la sociedad, es hombre clavado en cruz y, en ocasiones, cruz solamente. «Puede ser cualquier persona, cualquier cruz». Me digo.

Y sí, puede ser.                                                                                                           

¿Será que la humanidad, cuanto menos, se nos muestra sabia y en su indetenible ejercicio reduccionista, a los ojos del gran pueblo, solo salva las esencias? ¿Será esa la causa de que cualquier eme de curvas pronunciadas sobre un trapecio oscuro nos conduzca a Martí, de que la boina y los pelos, al Che y de que los crudos clavos, al bueno del Cristo?

Quizás lo importante no resulte nada de esto y sí que mientras alguien pinta, talla o simplemente identifica… ese alguien, ese sujeto de la oración, piense en aquel que dijo «Para ajustar en la paz y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales a Cuba, trabajamos[1]»; o en ese que enunció que «nuestro sacrificio es consciente; cuota para pagar la libertad que construimos. El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos[2]»; o en el otro cuando señaló: «el que quiera ser primero entre vosotros será vuestro  siervo; como el hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos[3]».


[1] José Martí: “Con todos y para el bien de todos”

[2] Ernesto Guevara de la Serna: “El socialismo y el hombre en Cuba”

[3] La Biblia. Nuevo testamento. San Mateo. Capítulo 20.

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