Cuba

Deudas

Desde la distancia hoy mi madre, como ya es habitual, me envió un mensaje de texto: sus primeras palabras, por supuesto, son para saber cómo estoy y acto seguido escribió, sin puntos ni comas mediantes, que Eusebio Leal ha muerto. Mi madre jamás me mentiría; ella sabe de mi fascinación por Eusebio.

Foto tomada de AP

A Leal jamás lo conocí personalmente, solo vi en tres o cuatro ocasiones y los nervios, que de vez en cuando me traicionan, no me permitieron siquiera estrecharle la mano como otros bienaventurados y osados hicieron. Eso no me lo perdono.

Sin embargo, sí supe en mis aventuras grabadora en mano durante el segundo año de la carrera de Periodismo y junto a Laura, mi compañera de clases, de gente que lo quiso, lloró y hasta hizo plegarias a sus santos cuando estuvo delicado de salud.

De un hombre de la magnitud de Leal uno nunca espera escuchar una jarana o jocosidad, pero ya lo he dicho: fue un hombre. En 2018 cuando le dedicaron la Feria Internacional del Libro de La Habana sacó las más grandes carcajadas a los presentes, porque al hablar sobre la enfermedad que en aquella ocasión lo puso bien cerca de la muerte dijo, en buen cubano, que le quedaban dos afeitadas y que estaba a punto de “colgar el piojo”.

Cómo no alegrarse por premios y reconocimientos, sería un acto de miseria y una nueva forma de la vanidad (…) Quiero volver despojado de toda vanidad, lo acepto todo, lo quiero todo (…) por tanto, me aferro a lo que tengo ahora como una especie de despedida del mundo de la voluptuosidad y la hermosura, del cariño y el afecto y subo desesperadamente a las obras de restauración, tratando de reunir todo lo posible con la ayuda de todos los que han trabajado para esto y cuya memoria continuamente evoco, aun de los que fueron adversarios y en algún momento no entendieron los errores míos.

Con mi abuelo aprendí a escucharle. Como una especie de religión veíamos su programa Andar La Habana los fines de semana; quizás por eso me gusta tanto escuchar a Gerardo Alfonso cantando “Sábanas blancas”, porque me sabe a infancia y a aquellas, las tardes de sábado que no volverán.

Foto: Cortesía de la autora

Antes de morir, abuelo nunca me contó de su bicicleta hecha completamente de madera para entregársela a Fidel en 1991, ni de su afán por trabajar junto a Leal cuando su pieza fue donada por el Comandante al otrora Museo de la Ciudad.

Hoy no están ni Leal ni él, solo sé que gracias al primero, el ingenio de mi viejo conserva su brillo en un pequeño salón del museo municipal en nuestro terruño de San Miguel del Padrón.

Entonces, siento que tengo varias deudas con Leal: debí ser más atrevida y lanzarme a darle un apretón de manos o simplemente agradecerle por hacerme un tanto más cercana a mis raíces.

Y como sé que ya no podré saldarlas, cuando regrese a La Habana abrazaré a los míos, me pondré matraquillosa con mi amigo Yoandry para que me preste el libro Fiñes, le daré tres vueltas a la ceiba de El Templete y en el muro del Malecón le pediré a la Virgen de Regla y la de la Caridad del Cobre que velen por Eusebio en su travesía hacia la eternidad.

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