Coronavirus

La humanidad contra la COVID-19

Circulan en redes y medios de prensa imágenes que nunca pensamos ver. Imágenes que muestran el lado más duro y letal de una pandemia que amenaza al mundo. De muchas es imposible determinar la veracidad, pero ilustran perfectamente una realidad que hoy viven ciudades enteras.

Muerte, abandono, desesperación, sufrimiento extremo. Y el futuro para millones de personas es incierto y hasta desesperanzador. Hoy luchan por no contagiarse o sobreponerse a la enfermedad, sin saber mañana, cuando todo esto esté en el pasado, cómo enfrentarán una economía familiar deteriorada por la acumulación de deudas y la pérdida de empleos. Todos anhelan una salida.

Con más del 90% de los países impactados directamente por esta pandemia, que deja ya estadísticas escalofriantes de más de un millón y medio de personas infestadas y un promedio de letalidad superior al 5,5%, gobiernos y ciudadanos comienzan a tomar conciencia de la complejidad de la situación, pero aún no es suficiente ni generalizado ese sentimiento de autoconservación.

Los poderes públicos, a veces con más lentitud de lo recomendable, dictan medidas de protección social y económica que no llegan a concretarse ni a convertirse en normas jurídicas que garanticen su obligatorio cumplimiento. Las medidas de contención llegan a ser extremas, pero evidencian la fragilidad de los sistemas sanitarios y ponen en tela de juicio el cumplimiento cabal del derecho de todo ser humano a la salud.

La sociedad, por su parte, debe ser más responsable y disciplinada a pesar de las adversidades y de la complejidad del momento actual. Aún vemos en nuestros barrios y ciudades aglomeraciones de personas que no respetan el distanciamiento social, impulsados por el afán de obtener productos de “primera necesidad”, que no garantizan una vida más allá del COVID, mientras arriesgan sus vidas y las de familiares y vecinos.

Exigimos el cierre de escuelas, pero no le exigimos a nuestros niños que no salgan a la calle ni le garantizamos la protección, al menos, básica. El presente es de lucha y también de reflexión, de determinar qué es lo realmente importante. Más allá de las adversidades, el ser humano es capaz de sobreponerse y seguir adelante.

Sin embargo, no basta ese espíritu, no bastan los discursos políticos ni las millonarias cifras presupuestarias para combatir un mal que es imperceptible al ojo humano, pero que está ahí, recordándonos a cada instante que somos capaces de construir armas que pueden destruir el planeta y desaparecer la especie humana en fracciones de segundos, pero que no hemos podido encontrar la cura para salvar una humanidad que agoniza.

Y no por las más de 80 mil víctimas mortales que ya ha dejado el virus en más de 4 meses de epidemia. Agoniza por las más de 20 mil muertes diarias por hambre y desnutrición, de ellas más de 10 mil son niños entre 1 y 4 años de edad; 151,6 millones de niños y niñas son víctimas de la explotación infantil, casi la mitad sufre la esclavitud, la trata, el trabajo forzado o el reclutamiento para conflictos armados.

Agoniza por la deforestación, la sequía, la contaminación ambiental, el fracking. Agoniza por los conflictos bélicos que se cobran decenas de miles de vidas diariamente, muchas de ellas de niños y adolescentes.

Pero, lamentablemente, ni una pandemia tan mortal frena la maquinaria bélica. Aún hay naciones que se encaminan a aventuras militares como salida a la crisis económica que ellos mismos ocasionaron, más allá del virus, que es catalizador, no causa ni origen.

Estos son tiempos en que debemos rescatar al planeta y para ello hace falta unidad, que no es un abrazo ni marchar todos codos con codos; la unidad es demostrar que estamos juntos, cada uno en su espacio físico, pero alineados en un mismo sentido.

Y mientras que otros van a la guerra y buscan culpables, millones de obreros, científicos, miembros de las fuerzas del orden interior y en especial, cientos de miles de trabajadores sanitarios arriesgan su vida a diario para garantizar que la humanidad siga adelante, en su lucha constante por sobrevivir a su principal enemigo: el hombre.

A todos ellos nuestro eterno agradecimiento, porque como nos escribiera un colaborador de nuestro proyecto, los agradecidos somos nosotros, que nos sentimos protegidos por sus manos, por su dedicación y sonrisas, los agradecidos les seguiremos aplaudiendo por tanta entrega y solidaridad.

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