El gabinete de Biden

Por: Jennifer Zubizarreta Arias

Unir a Estados Unidos. Ese es el nuevo mantra de la comunicación política en la recién estrenada Administración Biden. Y es bastante razonable, aunque no por ello menos difícil, abogar por la única receta que pudiera ayudarlos a salvar el tejido social de esa nación.

Ya lo ve, intentar borrar las consecuencias de lo vivido en los últimos cuatro años, haciendo limpieza general a la casa para atraer, sino el cambio al menos algo que se le parezca, se va convirtiendo en el objetivo transversal a todo lo que emprende el nuevo gobierno. Un gobierno comprometido a lanzar un mensaje plural y de reconocimiento de los conflictos sociales que enfrenta el país a través de la ubicación de personas claves en cargos públicos.

En un roster de políticos de experiencia con edades que rondan entre los 60 y los 70 años, son llamativas las nominaciones de personas jóvenes. Cargado de graduados de derecho, en su mayoría de grandes instituciones como Harvard y Yale, la apuesta de los demócratas viene centrada en restaurar la política tradicional, con un aire de renovación que marcha en sentido contrario a los caminos de Trump, en cuanto a la participación en el gabinete de minorías e inmigrantes.

Y no ha sido poca la energía resolutiva puesta en apenas tres días de primeros pasos. Hasta este viernes, ya fueron dos los confirmados en sus cargos como miembros del nuevo gabinete presidencial, y la confirmación del Senado hizo automáticamente historia.

El general Lloyd Austin es el primer afrodescendiente en convertirse en Secretario de Defensa y la abogada Avril Haines, la primera mujer al frente de la Inteligencia Nacional en Estados Unidos. Difícil no notar cuánto y cómo se enfatiza el inicio de una etapa distinta, donde el trabajo a favor de la unidad comience por el propio circulo presidencial, el grupo que gestionará la política de una primera potencia mundial sumida en varias crisis.

Imagen tomada de Granma

Ese mensaje de unidad desde la diversidad (quien lo diría hace unos meses) se va convirtiendo en marca gubernamental en ese país. Doce de los 24 nominados por Biden para su gabinete son mujeres, menos de la mitad de todos los designados son personas blancas y hay miembros de la comunidad LGBTI +. Logros que de concretarse entrarán a la historia de Estados Unidos, junto a la imagen de Kamala Harris convirtiéndose en la primera mujer en jurar como número dos de la Casa Banca y la primera persona negra y de origen asiático en alcanzar la vicepresidencia de ese país, devolviendo esperanzas que parecían rotas.  

En efecto, se trata de un diseño de gabinete diverso, y es encomiable. Pero ¿deja de ser por ello un gabinete alineado al más puro centrismo demócrata? No, no deja de serlo. De hecho, es justo eso lo que se está rescatando. La inmensa mayoría de los nominados cumplieron cargos similares en la Administración Obama y varios de ellos destacan en sus fichas, el haber servido a la Administración Clinton. La oportunidad que se les da aumenta en muchos casos, el poder de maniobra y la jerarquía que tuvieron en desempeños anteriores. Llama la atención que, de momento, no aparece en el nuevo gobierno ningún perfil que retome el espíritu político de Bernie Sanders o Alexandria Ocasio.

Nadie a quien los republicanos puedan acusar de “socialistas” o que despierten recelos en los demócratas más conservadores. Y es que, aunque el Senado tenga una mayoría demócrata sumando el voto decisivo de la vicepresidenta Harris, y sea menor el riesgo de que los candidatos resulten rechazados en la Cámara Alta, sigue existiendo la lucha interna en el partido demócrata entre “moderados” y “radicales”. En esa lógica, el nuevo gabinete llega con las medidas exactas para sortear contingencias, una imagen que se contrapone a la visión retrógrada y xenófoba que premió y promovió Trump, pero absolutamente funcional con el regreso de un modo de pensar y hacer, donde la política es para políticos.

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