El grafiti trunco y el barrio

En un paredón de La Habana Vieja que el caminante puede encontrar en Sol, entre Egido y Villegas, justo al lado de un estrecho puesto dedicado a la merca de artículos de religión yoruba, yace un “fresco” que, cualquiera creería, encierra las esencias del sitio.

 El joven mulato vigilante, medio escondido en un pasillo, con la cabeza a la calle. Los ojos saltones, gesto facial, podría decirse, de «bisnes» subterráneo, de picaresca local, rey de la «mierda» condenada a llevar apuntalados los balcones.

En el otro extremo de la pared –interesante esta palabra: extremo– se acerca el lada, presuntamente 2107, con el policía también expectante desde su ventanilla. Cara de jefe, gorra inmensa dibujada al descuido, gesto de «te quiero joder».

Complejo universo este, el de La Habana Vieja, que no cabe ni de cerca en un grafiti, aunque se trate de uno poseedor de respetables dimensiones.

Hace unos días, un amigo –de esos a los que te quieres parecer con maléfica envidia y de los que alardeas cual si fueses el más descarado de los hijos de la high life– me hablaba con respetuoso asombro de la gente de aquí.

Él también viene de una «barrio malo» y de familia pobre, nadie tiene que contarle lo que significa marginalidad y mucho menos periferia, porque estas no son condiciones que parió y crió exclusivamente este montón de casas antiguas y calles estrechas y porque, agridulcemente, en el «mundo en que vivimos» es más fácil respirar y crecer entre las humildades que sentarse en un bar de «a cuatro dólares el trago», aunque no son cuestiones excluyentes del todo.

Mi amigo, –amigo Premium, insisto, que está cumpliendo por estos lares la misión más noble del mundo– sonreía al contarme, admirado, que aquí la gente ve la «antena» pero no deja de prender el noticiero o la novela cubana; que cuando no entiende ebulle pero que cuando se le explica con respeto y profundidad, con el rostro serio y comprensivo, esa ebullición baja y el calor se transmuta en respeto, seriedad, comprensión… en tanto los mismos que guiaban el «levantamiento armado» son los que lo aplacan, chancleta en mano, sí, chancleta; pero la gente de esta Habana Vieja ya sabe que la famosa cutara es solo un gendarme, no más que un mero instrumento del pecho –bueno o malo– de quien la porta.

Y si la causa es noble, si crece en ese micro-espacio la empatía, sale la suela del zapato a defender lo justo y es entonces cuando, nos guste o no, recordamos que hay que respetarla. Al barrio se le respeta con sus virtudes y defectos; primero: porque lo merece; segundo: porque en ocasiones resulta imposible decantar unos de otros; tercero: porque la decencia está escondida donde menos uno piensa; y cuarto: porque en la gente hay que creer –no queda de otra–, a riesgo –ineludible el riesgo– de que te destrocen la segunda mejilla.

Eso también yace en unos cuantos grafitis de la Habana Vieja: el respeto con su mística y su épica; el desprecio ritual a lo que llaman por ahí la «pata partida», que no es más que ponerse a inventar escusas cuando un amigo, hermano, ecobio, acere… viene a pedir tu ayuda; lo diverso; lo anacrónico; lo incompresible; el perro que gruñe al enemigo y lame al dueño; el corazón al cursi rojo vivo; y hasta aquel que recuerda –maravillosa verdad– que somos las nietas de las brujas que no lograron quemar en el pasado.

Pero los grafitis son duros y tienen que serlo para que se parezcan a este barrio y a esta gente. Claro que se ve al de la esquina escondiéndose de la patrulla, pero el de la patrulla también es pueblo y, por eso, cuando pasa por la cola abarrotada frena en seco y sale la «colera», negra lindísima, y le coquetea y lo besa y le dice: «Papi, espérame en la casa que ahora mismo voy para llá».

En los grafitis que están por pintar habrá que decir que en la misma cola abarrotada, en lo último, hay una señora de 90 años que pide ayuda para que no se le pierda quien le dio el último y habrá que esbozar a la cincuentona, también de las postrimerías de la fila, que la lleva amorosamente hasta la puerta de la venta mientras «chancletea» bien alto –para que a nadie se le ocurra saltar– que una vieja no pode estar tanto tiempo de pie y menos correr el riesgo de que se acabe lo que busca «y aquí todo el mundo tiene que entender». Habrá que decir también que la cincuentona regresa a su sitio, donde ya la espera su marido que vino a chequear, «porque la mujer de uno no puede estar sola en la calle y mucho menos con lo mala que está [la calle, la mujer nunca]».

Confuso este universo de La Habana Vieja donde un viejo con aspecto de abandono se percata de que no tienes jaba y te da la suya, donde te sorprendes y te quedas inmóvil y donde el viejo te pregunta a gritos: «¿Qué pasa? ¿No te puedo regalar una jaba? Está limpia, mira; acabo de comprarla, tengo otra más; coge». Donde el viejo después dice algo de cambiar el mundo, de empezar por nosotros, donde la mujer de al lado, en apariencia pulcra, refunfuña que «qué cambiar el mundo de qué, con lo mala que está la cosa». Donde el vendedor de tomates le sigue la rima y responde que es verdad, que cada día estamos peor y donde tú, que estás comprando con la jaba que un «viejo sucio» te ha dado, le ripostas que, por eso mismo, porque la cosa está cada vez peor, tenemos que ayudarnos cada vez más. Y el vendedor de tomates, mestizo como el delincuente del grafiti, como el barrio, como Cuba, como tú, te entiende y dice que es cierto y, antes de dejar caer la mercancía en tu jaba, te cambia uno medio podrido por el mejor tomate que encuentra.

Confuso este universo de La Habana Vieja donde el grafiti habla más que nadie y aún así se queda mudo. Este universo desde cuyos tejados se ve el Capitolio, la «Raspadura», el faro, los muelles, los barcos, las grúas, el polvo, el escombro pasado, presente y venidero, el hotel, las palomas, las golondrinas, el cernícalo, el yuma que alquila y la mujer y el hombre que se alquilan y hasta el perro chino retozando en el polvo de piedra  que se endurece en el patio del convento de Santa Clara.

Este universo… de niños que no las tiene todas para llegar a la universidad, de paquetes de café a sobreprecio, de gente que no come tanta mierda… que colma las calles en la madrugada para salir al trabajo, definitivamente me encanta.

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