Cuba, Sociedad

El mal del peregrino

Por: Mario Ernesto Almeida

No es algo nuevo… la gente se va. Siempre ha ocurrido y seguirá pasando en cualquier lugar del mundo. Yo de alguna forma también me fui, como mi madre, como mi bisabuela, como mi tatarabuelo. 

Para bien o para mal, seguimos siendo el mono que salió en busca de mejor fortuna detrás de esa loma del horizontey de aquella y de aquella otra, hasta que no halló forma de volver o, simplemente, decidió que no valía la pena.

Desde entonces, al ser humano no dejan de salirle raíces en las extremidades. Con cada pisada, estas se aferran un tanto al suelo, por lo que despegar el pie para dar un nuevo paso y avanzar siempre es algo que duele. La nostalgia no es más que la punzada neurálgica correspondiente a la raíz que, al marchar, quedó quebrada en algún sitio del ayer.

Hay quienes, de tanto peregrinar, terminan por resecar esas raíces, que se agotan y se dan por vencidas, al menos por un tiempo. Otros, al contrario, se enamoran del paraje al que llegan y siempre permanecen buen rato con la planta del pie directo a la tierra, como para que sus raíces beban un poco de esa sabia y viceversa.

Se trata de los eternos “extrañadores”, bichos raros que siempre dejan sembrado algo de sí y pasan la vida soñando volver, tan solo para comprobar si el retoño que dejarontodavía vive, si ha crecido o si acaso el tiempo y la vida se precipitaron de manera tan abrupta, que quedó algo distinto a lo que se quiso. Y ante tal escenario… ¿qué ha de decir el que se fue?

Es algo con lo ha de lidiar el peregrino: todo sitio que deja resulta historia que no construye. Desde la distancia siempre opinará sobre las mejores maneras de haber forjado, aconsejará incluso destruir para empezar de cero, dirá que nada sirve o quizás levantará apologías mediadas por el filtro sepia del recuerdo… pero el que decide irse pierde toda jurisprudencia para enjuiciar cabalmente y no la recupera hasta el día en que regresa para halar, con todos, la misma soga o pelear contra ella.

El peregrino vuela alto y, aunque esporádicamente vuelva,siempre migra. Esa es su maldición; como no ha construido más que su propio camino: indescifrable, solitario, triste, válido… vaga condenado a respetar la historia y decisiones del que se quedó, la de quien apostó su vida a la proyección de algo y no peregrinó hacia sitios de estructuras construidas y bonanza plena; respetar si baja la cabeza o saca los dientes, si se enfrenta o suma.

En cierto momento descubre que tanto para ir como para quedarse se precisa determinado grado de valor, que la vida en ninguna de sus variante se regala fácil y entiende que a cada cual habrá que perdonarlo y desearle suerte. A fin de cuentas, en determinada medida casi todos cargamos esa cruz, dado que alguna rama abandonamos.

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