El 6 de julio el doctor Francisco Durán, la cara más visible de la lucha contra la pandemia en Cuba, anunció que la provincia de Matanzas tenía un incremento preocupante de casos. Lo que no se dijo fue que en los últimos meses la entrada de turismo ruso a Varadero, junto a la incapacidad de gestión de los directivos del territorio, llevaron a que en pocos días la provincia estuviera a punto del colapso sanitario. La situación provocó que, en un gesto hermoso, varios grupos de la sociedad civil articularan en muy corto tiempo una campaña solidaria para auxiliar a la población vulnerable con dinero, comida, aseo y medicinas.

También, de manera muy ágil, el gobierno destinó al Ministro de Salud y varios miembros del secretariado del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, a atender el asunto de primera mano. Pero la felicidad no dura en casa del pobre, decía mi abuela, y sobre esa campaña se montó también, muy convenientemente, una matriz de opinión desde diferentes sectores pidiendo una intervención humanitaria, con énfasis en las redes sociales. Se trata de una medida del derecho internacional que no aplica al escenario cubano y que pretende una intrusión flagrante de algún país u organización extranjera en los asuntos internos de Cuba.

No obstante, ya estaba en marcha la maquinaria. El viernes 9 de julio Mia Khalifa, una influencer que fue actriz de cine porno, se solidarizó en un post en sus redes sociales con la situación cubana y pidió el fin del bloqueo gringo. Con ese post obtuvo la simpatía de una gran audiencia en redes sociales y después, ¿sorprendentemente? radicalizó sus próximos posts en contra del presidente antillano, con ofensas. A continuación, algunos usuarios sugirieron etiquetar a artistas con visibilidad en Twitter con el hashtag #S.O.SCuba.  En pocas horas el hashtag fue tendencia.

Hay muy pocas casualidades en política

Cerca del mediodía del domingo 11 de julio un amplio grupo de personas se lanzó a las calles a protestar en San Antonio de los Baños, aparentemente, a causa de los sucesivos cortes de electricidad de alrededor de seis horas de duración en los últimos los días, conocidos popularmente como apagones. Este es un municipio a las afueras de La Habana, que pertenece a la joven provincia de Artemisa. Es el clásico pueblo rural cubano, un lugar tranquilo con su parque y su iglesia, más conocido por acoger a jóvenes de todo el mundo en la Escuela de Cine y Televisión (EICTV) y porque es la cuna de uno de los músicos más importantes de Iberoamérica: Silvio Rodríguez.

A medida que la manifestación avanzaba, varias personas comenzaron a transmitirla en vivo por las redes sociales; en menos de dos horas en otras ciudades del país también salieron grupos de personas a protestar a las calles. Por supuesto, también saldrían los habaneros. Algunos por la zona del malecón hacia el céntrico barrio del Vedado y otros en dirección al Capitolio. Mis vecinos más entusiastas y nada complacientes con el sistema político, gritaban a quien quisiera escuchar, que “ahora sí se había calentado esto”.

¿Por qué protestaban?

Alrededor de las 3:00 PM, en el intermedio del partido de fútbol por el título de la Eurocopa entre las selecciones de Italia e Inglaterra, una conductora del Canal Caribe anunció que en los próximos minutos el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, se dirigiría al país. Díaz-Canel fue a San Antonio de los Baños a “resolver el problema” y estaba de regreso en la capital para reaccionar a las sucesivas manifestaciones.

En la alocución, responsabilizó al gobierno de los Estados Unidos de una agresiva campaña mediática para desestabilizar el país, culpó al bloqueo norteamericano por la situación económica y explicó brevemente algunos datos de la pandemia y la gestión gubernamental, sobre todo, con respecto al tema de los recientes apagones. Lo más llamativo fue una pequeñísima autocrítica, sobre algunos temas “no resueltos” desde hace tiempo y la aceptación del hecho de que en las protestas no todos eran mercenarios y que había, incluso, “revolucionarios confundidos”.

Este detalle puede parecer menor, pero en el discurso político cubano, a ambos lados del espectro, la tendencia siempre es a homogenizar los procesos en antagonismos: buenos y malos, héroes y villanos, en este caso, “revolucionarios” y “gusanos”. Como sabemos, la realidad es más compleja que estas simplificaciones. Hizo bien Díaz- Canel en tratar de salirse del esquema, pero no fue suficiente.

Al final de su intervención alentó a los revolucionarios a manifestarse en las calles para contrarrestar las protestas. “La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios” dijo en un gesto controvertido. La sentencia pareció funcionar al menos en este primer momento ya que el riesgo de que la situación escalara y tuviera que intervenir el ejército de manera masiva fue muy real, como demostraron los actos de vandalismo cometidos por oportunistas amparados en la confusión de los disturbios.

Desde las primeras transmisiones en vivo de las protestas, la conexión a internet por datos móviles se fue haciendo más lenta. Llegó el momento que fue imposible conectarse, excepto por VPNs y después ni eso. Al cierre de esta nota todavía no hay conexión normal a internet.

¿Peras al olmo?

En la noche del domingo, el noticiero estelar realizó una cobertura de la situación que no ayudó a entender la complejidad de lo que sucede realmente. El lunes en la mañana se pospuso la acostumbrada conferencia de prensa de salud posterior a la revista de la mañana en la que se informa sobre la situación de la pandemia. En su lugar, el presidente reunió a una parte de su gabinete y ofreció una extensa conferencia de prensa en la que explicó larga y detalladamente el programa de su administración, lo realizado hasta ahora en cuestiones de economía, salud y el servicio eléctrico, los temas más candentes de la agenda nacional.

A los simpatizantes del gobierno les dio más datos, pero para quienes no ven ni escuchan la televisión nacional, ni les interesan los tecnicismos de los ministros, desgraciadamente fue más de lo mismo: jerigonza tecnocrática. La rueda de prensa, como el noticiero de la noche anterior tuvo una fatal dramaturgia. La puesta en pantalla, en general, reproducía todos los lugares comunes del tosco relato informativo. Esa rueda de prensa extensísima, con periodistas en extremo complacientes con los políticos, con preguntas que parecían pactadas de antemano, crean un efecto de hastío o manipulación.

Sin ser perfecta, la rueda de prensa que ofreció el Canciller a la prensa extranjera en el día de ayer estuvo mejor gestionada. Se ha dicho ya en muchos momentos y por varias voces más o menos expertas: la comunicación política cubana, sobre todo la del presidente, tiene que mejorar cuanto antes.

El problema de aferrarse a este modelo de narración desde el poder es que se desconecta, aún más, de lo que sucede en las calles del archipiélago cubano. El escritor argentino Ricardo Piglia, en Crítica y Ficción, ante una pregunta sobre cómo se construye el relato colectivo de la democracia dice que: “Cuando se ejerce el poder político se está imponiendo una manera de contar la realidad. Pero no hay una historia única y excluyente circulando en la sociedad”. Es imperativo que el relato del gobierno cubano se alimente de lo que sucede en las calles, hogares, y plazas públicas del país.

La narración plural y efectiva de los actores sociales y políticos de la nación, que no son solo los políticos profesionales, es impostergable ¿Es pedirle peras al olmo? Creo que no.

Errores de cálculo

Hace falta humildad para reconocer los errores de cálculo y de ejecución. Siempre es incómodo narrar los fracasos, pero es más verosímil reconocerlos, porque son parte del día a día. El efecto del bloqueo criminal del gobierno yanqui es una verdad insoslayable, pero la retórica sobre el tema tiene saturada la mente del cubano de a pie porque se lo han repetido toda su vida. Si la estrategia de la campaña mediática contra el gobierno se basa en remover los sentimientos y emociones de los cubanos a través de las historias de sus penurias diarias, ¿por qué desde el campo revolucionario se sigue apelando solo a los datos fríos y a explicaciones vanas?

Sencillamente deben renovarse las maneras de ejercer el poder, su representación y sus dispositivos narrativos. Y no se trata solo de Cuba. La crisis de las instituciones formales del siglo XX está presente en todas las sociedades modernas. Si del proceso chileno derivado en constituyente se ha dicho que “no fueron treinta pesos”, acá podemos decir que no fueron los apagones, como tampoco fue la falta de pan en París el 14 de julio 1789 lo que originó la Revolución Francesa.

Estas protestas no son solo por la falta de comida o la situación económica, sino, entre otros temas por la corrupción rampante, de la demora de la reforma económica y la dilación para implementar los tribunales constitucionales. Así, decenas de inquietudes más.

Víspera de la Guerra de Independencia de 1895 a José Martí le cuestionaron con escepticismo de cuál guerra hablaba si en Cuba nadie sabía de ella y respondió que no se refería a la superficie, sino al subsuelo. Hoy la mayoría de los cubanos apoyan al socialismo, pero cuando diversos sectores de ese pueblo advierten que no se sienten representados y escuchados, es urgente encontrar la manera de responderles con eficacia y sensibilidad. Sabemos lo que nos jugamos en estos lances.