Sociedad

El Rey de las Clarias

Son las dos de la mañana, hora oscura en casi todas partes, más donde no hay ningún tipo de luz artificial. Y, más aún, en la orilla del río, detrás del matorral altísimo, a un costado de la línea del tren. Ahí, Francisco, cazador nocturno, fuma y se mantiene agachado, vigilando las extremidades que pasan a través de tres horquetas y se alargan hasta perderse en las aguas negras del río de Bacuranao.

Lleva la linterna amarrada en la cabeza y, cuando baja la vista, los tres cordeles finos de nailon resplandecen.

Zzzzzzz, pasa un mosquito cantándole por el oído izquierdo. Francisco se saca el cigarro de la boca y sopla al aire. El humo, además de alejar a los chupasangre, baila lento entre la oscuridad y la luz de la linterna. Le aporta parsimonia a la escena, pero de pronto se activa el mecanismo. Un nailon empieza a correr y se lleva el pedacito de poliespuma que hace de alarma visual en medio de la oscuridad. Francisco agarra el cordel, hala, no logra sacarlo. Sin pensárselo se tira al agua, hace fuerza para que no se le vaya, se va acercando al extremo, forcejea, hunde las manos y, finalmente, saca el premio: un pez grande, bigotudo y de piel lisa, que se retuerce tratando de soltarse.

“Cuando engancho una buena me tengo que tirar –dice–, porque si no, me halan y me revientan el nailon. Estas grandes tienes que saberlas trabajar, porque si no sabes… es candela. Y luego salen hasta los tres juntos y tengo que volverme un lince”.

Agarra bien fuerte al pescado, le saca el anzuelo que tiene incrustado en el cielo de la boca y, todavía vivo, lo tira dentro de un saco. Las clarias pueden pasar días fuera del agua. Si las mantiene así por lo menos hasta llegar a la casa, luego están más frescas para comer.

Normalmente, pesca con sangre de cerdo. Riega un poco en el agua y engancha un coágulo en el anzuelo como carnada. Dice que la claria es enferma a la sangre, pero la cosa está mala y no hay cerdos, así que está pescando con hueva de tenca, que es el vientre de tenca preñada (otro tipo de pez). 

Foto: Pedro Sosa Tabío.

Vuelve a preparar el nailon, lo lanza a la oscuridad y empieza de nuevo el echarles humo a los mosquitos, el esperar agachado, el vigilar los cordeles… por lo menos hasta las seis de la mañana. La madrugada es joven y el Rey de las Clarias no se va a ir con una sola presa.

Santa Bárbara

En Santa Fe, Guanabacoa, un camino de tierra se separa de la avenida Independencia Este y forma una pequeña loma que sirve de base a varias casas y hasta a una iglesia.

La mayoría de las viviendas del lugar –aunque estén en un trillo de tierra– son amplias y de mampostería, parecen construidas recientemente. Algunas ni siquiera están terminadas del todo. Entre dos de esas, persiste una de mediados del siglo pasado, hecha de madera y protegida por una cerca algo oxidada y tres perros.

“Yo vivo aquí desde el 67 –cuenta Francisco–. Antes vivía por aquí mismo, en casa de mi hermano, y esta era de mi hermana. Pero después el marido de ella compró una casa en Mantilla y mi mamá le compró esta para mí, y desde entonces aquí estoy”.

Los perros empiezan a ladrar.

Foto: Pedro Sosa Tabío.

“¡Ocho perros tenía yo! –sigue– Ya nada más me quedan tres. Al mejor, que se iba conmigo para el río y se tiraba al agua y todo, me lo mataron hace unos días. Parece que le salió a alguien por la noche y le cayeron a machetazos. Me lo trajeron y me dijeron: “mira cómo está el perro este”. Le habían sacado hasta un ojo. Al otro día amaneció muerto”.

María, su mujer, está limpiando el piso dentro de la casa. Él agarra el saco con la pesca de anoche. Ocho clarias. No fue una de sus mejores madrugadas.

Saca una y la deja en el piso. El animal se retuerce y se queda quieto por momentos, mueve los bigotes, parece mirarte hasta el alma con esos ojos redondos y saltones. Francisco regresa con un pedazo de tubo gordo en la mano derecha…¡¡¡Paff!!! Un solo golpetazo en el cráneo es más que suficiente. Después, con un cuchillo, lo decapita, lo desuella y corta los filetes largos.

“Mira –alza los filetes recién cortados–, esto es carne nada más”.

Entra para ponerlos en el congelador. Ya el piso está seco. Dentro, se pasea un gatito que María lo convenció de traer para hacerle frente a los ratones. También hay algunos asientos, una máquina de coser antigua, muchos cuadros familiares, adornos, una estatuilla de San Lázaro y, lo más resaltante de todo, una representación de Santa Bárbara tan grande como una persona.

«Esa virgen era del compadre mío –cuenta Francisco–. Antes, cuando él estaba vivo, se sacaba los días de Santa Bárbara y se hacía una procesión desde Santa Fe hasta Bacuranao. Un grupo tocaba música y todo. Lo que iba de gente era un pueblo. ¡Una pila de gente!”

La última que se hizo fue en el 83. Entonces, él se enfermó y, estando en el hospital, me dijo que qué hacía, si la donaba a la iglesia o si yo me iba a quedar con ella. Le dije que yo me la llevaba y desde entonces la estoy cuidando. Ya después lo que venían eran cuatro o cinco personas, y ahora dos o tres nada más, porque mucha gente ni sabe que existe todavía.

Foto: Pedro Sosa Tabío.

Yo traté de hacer otra procesión una vez. Fui a una reunión con gente del gobierno y del partido, pero ya se había perdido esa costumbre y me dijeron que había que parar el tránsito, que había que pedir permiso en la policía, que era muy complicado y que, si la sacaba, me la quitaban y me ponían una multa. Ya había mandado a hacer la base de madera y todo para sacarla, pero después dije: “na, mejor déjala tranquilita ahí”.

Y el pastor de la iglesia de aquí atrás (cristiana) vino a hablar conmigo. Me dijo que me uniera a la iglesia y que le diera a Santa Bárbara, que él la rompía y la botaba. Le dije que no, de eso nada. Yo no me tengo que unir a ninguna iglesia, si yo en lo que creo es en ella. La cuido porque creo en ella y, hasta ahora, todo lo que le he pedido me lo ha dado».

“Ahí viene el Rey de las Clarias”

Foto: Pedro Sosa Tabío.

«Pescando normal, a nailon, he cogido 30 o 40 clarias –cuenta Francisco–. No siempre, claro, pero sí siempre que voy, cojo. Por eso en Bacuranao me dicen el Pescador o el Rey de las Clarias. Ese nombre me lo puso el zapatero de ahí del pueblo, “ahí viene el Rey de las Clarias”. Y ya, se me quedó.

Una vez, en el río de aquí mismo, cerquita de la casa, cogí… ¿Cuántas fueron, María? ¿Cincuenta y dos?

-No. ¿¡Qué cincuenta y dos!? –responde ella– ¡Fueron más!

Bueno, más. ¡Pero eso fue a machete! A machetazos por la cabeza. ¡Y de día! A mí la claria me gusta pescarla por la noche, porque es cuando sale a buscar comida. Pero esa vez fui de día y de pronto empezaron a venir clarias y clarias y yo era machete y machete y machete. Cuando fui a ver tenía hecha una pila.

-Eso fue un primero de mayo que había caído tremenda agua –vuelve María–. Me acuerdo que se pasó días lloviendo.

Oye, yo me había ido con una javita chiquita y tuve que volver a buscar un vagón y a María para que me ayudara a traerlas. ¡Qué manera de coger clarias ese día! Y después volví por la noche y cogí como quince.

Igual, otra vez, me fui a pescar por aquí. Ese día fui con la vara. Había cogido dos o tres tilapias cuando aparece el guajiro que vive del otro lado del río y me dice: “Oye, ¿qué tú haces pescando ahí?”, y yo: “nada, aquí, que esto está más o menos”. Entonces dice él: “¡Muchacho! Ve para allá abajo, que lo que están cogiendo de tilapias es candela”.

Yo no sé de dónde habían salido las tilapias esas, pero yo llegué y la gente andaba con mochilas, cubetas, todo lleno hasta arriba. Era, con la vara, tirar y sacar, tirar y sacar… En menos de una hora cogí como ochenta. Me fui porque había llevado poquita calandraca.

Al otro día llevé al cuñado mío y… ¿cuántas fue que cogió, María?

-Treinta, creo.

Imagínate cómo estaba eso».

Los espejuelos de Eduardo

A medida que Francisco se va internando en Bacuranao, fumando y arrastrando su bicicleta, las calles se vuelven más polvorientas y accidentadas, y los terrenos de las casas se amplian desde simples jardines hasta pequeñas fincas, con sembrados y árboles frutales.

Esta vez no anda solo. Lo acompaña su “yunta”, Eduardo, un hombre alto, que usa un sombrero de tela y espejuelos de cristales gordísimos. Llevan unos diez años pescando juntos, pero no de la misma manera.

“Francisco pesca con nailon, al vuelito (agarrándolos con la mano) –explica Eduardo–, y yo pesco con vara. Es diferente, ¿en qué sentido? En que al vuelito hay que saber pescar con la sangre, pero cuando tú le tiras la pajarilla del puerco, que es parecida, o la hueva de la tenca, la coges mejor con la vara, porque no se te cae del anzuelo. Y él me dice que yo soy porfiado, pero yo digo que no, cada pescador tiene su sistema de pescar. Porque eso me lo decía a mí el chino Joseito, donde salían muchas lanchas allá por Boca de Jaruco a hacer la pesca: “cada persona, cada señor y cada ciudadano sabe cómo tiene que pescar”.

“Eduardo sabe cómo pescar, con qué –usa una boya conocida en la zona como el espantapescaos–, cuándo, si con la luna que hay los peces pican o no…”

Francisco, a todo eso, nada más agrega: “yo, cada vez que voy, cojo”. Algunos pobladores de Bacuranao, que se van encontrando por la calle o en las entradas de sus casas, dicen: “este (Francisco) sí que es tremendo es pescador, aquel…”.

Foto: Pedro Sosa Tabío.

Luego, de regreso a la casa, el Rey de las Clarias le pide a su amigo: “Eduardo, haz ahí el cuento de los espejuelos”.

“¡Ah! Estábamos pescando un día en Bacuranao y Francisco me dice que pique una caña brava y… Porque con los enemigos hay que estar preparado, hay que cuidarse de los enemigos, rompí un panal, me cogieron las avispas y se me cayeron los espejuelos. Esa noche no pude pescar, sin estos espejuelos yo no puedo ver”.

(Después, sin su yunta cerca, Francisco aclarará que hasta aquí es verdad. Lo otro que ocurrió fue que María se encontró un par de espejuelos en la calle y él se los dio a Eduardo, tan simple como eso, “pero, el pobre, se lo cree todo”.)

“¿Y al otro día qué fue lo que yo cogí?” –le pregunta Francisco, muerto de la risa.

“No, al otro día no, a los quince días… Francisco va a pescar y, cuando saca la claria, tenía los espejuelos puestos. ¡Y es verdad! –reafirma–, porque él me enseñó los espejuelos.

“Saqué la claria…con los espejuelos puestos –vuelve Francisco, casi ahogado de la risa–. ¿No eran los espejuelos tuyos?”

“Sí señor.”

Tocar fondo

«Ya yo tengo 63 años –relata Francisco–. Antes, cuando estaba más muchachón, me iba con tres hermanos míos, el hijastro de uno y el hijo de otro, y pescábamos cueveando. ¿Qué cómo es? Metidos en el agua, cogiendo el pescado a mano.

Cuando eso, existía la presa de La Ceiba, que ya no está, porque después el agua se llevó el muro, y estaba también el bar de La Ceiba. Nosotros nos tirábamos en el río donde desaguaba la presa e íbamos desde ahí hasta el de Las Lajas, cueveando.

Íbamos por los bordes, buscando donde hubiera cuevas, y metíamos la mano, porque ellos se esconden, sobre todo las tilapias, pero también las clarias y unos bichos que son parecidos a los majás. Ahí sí no puedes tener miedo.

Si estaban muy profundas, metíamos el brazo entero hasta que le tocáramos la cola a uno, entonces agarrábamos una rama o algo y lo empezábamos a pinchar para que saliera y ahí lo cogíamos.

Hay cuevas que se llaman solapas, que cabe uno entero. En esas nos metíamos también. Yo tenía una respiración del carajo. A veces me metía yo, cuando salía iba mi hermano, después yo de nuevo y así. Salíamos con una tilapia en cada mano y otra en la boca.

Todo eso era un día sí y uno no, cuando llenábamos una o dos ensartas, íbamos para el bar, las cambiábamos por una botella de ron y volvíamos para el río a seguir pescando.

Después yo me puse que tomaba todos los días. Cuando iba a pescar temprano a la presa de Bacuranao, me sentaba en la cafetería del pueblo y era una cerveza detrás de la otra. Me cogían ahí la una, dos, tres de la mañana, y a esa hora arrancaba en la bicicleta para acá. El mismo administrador me decía: “Francisco, no tomes más, te va a agarrar un carro un día y te va a matar”.

Bueno, pregúntale a ella –señala a María–, yo llegaba aquí y, allá abajo, cuando me bajaba de la bicicleta, me caía, llegaba hasta aquí todo revolcado.

-Y vomitabas –añade ella.

Yo, que nunca había vomitado por la borrachera, estaba vomitando. Me faltaba el aire. Parece que la liga del alcohol con el cigarro…

Foto: Pedro Sosa Tabío.

Una vez, en Bacuranao, me dio una falta de aire que tuve que virar para la casa. Igual que en el río de aquí cerca, me empezó a faltar el aire, me dieron arqueadas, empecé a vomitar y parece que me subió la presión, porque tenía un dolor de cabeza…

Un día dije: “no tomo más”. Y ya. Hace más de un año que no me doy un trago. Este –mira al cigarro encendido en su mano– es el que he querido dejar y no he podido, porque este es peor que el alcohol. Y lo dejé una semana… pero qué va, volví».

4 thoughts on “El Rey de las Clarias

  1. Bella historia la del Rey de las Claras. María es mi tía, hermana de mi papá, por lo tanto Francisco lo quiero como tal, el es mi tío. Estoy muy emocionada por la idea de este periodista de adentrarse en la vida de estas personas sencillas que buscan su sustento y su plato de comida de forma honesta.

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