El rey no se inclina

“Es imposible comprender el Ajedrez sin mirarlo con los ojos de Capablanca”.

Mijail Botvinnik

La noche del 7 de marzo de 1942, en una de las frías jornadas de la isla de Manhattan, José Raúl Capablanca pidió a sus acompañantes que lo ayudaran a sacarse el abrigo para, unos segundos después, caer desmoronado en el Club de Ajedrez de la urbe neoyorquina.

Una hemorragia cerebral, provocada por la hipertensión arterial, dio el jaque mate a la vida de quien fue, para muchos, el mejor ajedrecista de todos los tiempos. A las 5 y 30 de la mañana del 8 de marzo se confirmó la noticia, divulgada en los más importantes medios de prensa: el rey había muerto.

En un cierre abrupto y dramático, pero algo romántico, Capablanca pasó los últimos momentos de su vida ligado a los trebejos, pasión que lo llevó a la fama mundial, convirtiéndose en una de las figuras cubanas más reconocidas e influyentes de la primera mitad del siglo XX.

El niño prodigio que había comenzado esta práctica a los cuatro años, que con 13 derrotó al campeón de Cuba y que de 1921 a 1927 ostentó el título de monarca mundial, aquella figura de accionar impredecible y espontáneo, el llamado “Mozart del ajedrez”, ya no estaba más.

Desde entonces, las melodías sinfónicas compuestas por sus manos y entonadas por las fichas sobre el tablero de 64 casillas serían motivo de inspiración para grandes ajedrecistas que marcaron la historia de este deporte, como son los casos de Bobby Fischer y Anatoly Karpov.

Su porcentaje de victorias superior al 70 por ciento y el ingenio en partidas rápidas y situaciones complicadas, así como los ocho años que se mantuvo invicto, provocaron que se ganara el sobrenombre de “la máquina de jugar Ajedrez”.

Hasta Aleksandr Alekhine, jugador ruso-francés que le arrebató el título de campeón mundial y nunca le ofreció la revancha al cubano, con quien mantuvo una relación hostil, lo reconoció como el mejor de todos los tiempos.

A 79 años de aquella madrugada del 8 de marzo de 1942, un rey de mármol de carrara se erige sobre una tumba en la Necrópolis de Colón: eterno, firme y confiado. Allí descansa el único campeón mundial cubano de partidas clásicas de la historia, allí descansa, cual rey elegante y casi invencible, José Raúl Capablanca.

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