El viaje, el almendrón y el reto

Como siempre andas corriendo, casi nunca preguntas precio. Si… total, ya estás dentro, ya le diste el tirón a la puerta y ya el chofer te miró con mala cara; ya te apretaste entre dos desconocidos en el asiento trasero del almendrón, ya dejaste caer el peso sobre la nalga izquierda –siempre la izquierda– para comprobar que la billetera sigue ahí; ya tu destino no te pertenece porque el tipo que maneja, reggaetón mediante, está en condiciones de hacer de ti lo que le dé la gana: dejarte donde quiera, no parar, tres cuadras después, no parar, subir el reggaetón, no parar…

El almendrón al que montaste es negro o verde oscuro. El asiento tiene cierta pendiente que conspira para que las rótulas queden a la altura de los pezones. Con el disimulo exacto, puedes irte recostando al espaldar, ejerciendo, sobre los hombros de tus acompañantes, ligeros grados de presión que se confundan con la fuerza de gravedad y con los baches, para que los fortachones adyacentes sepan que ahí estás, con tus técnicas de supervivencia bien pulidas por las condicionantes de la selva de turno. Pulidas para eso mismo: sobrevivir o vivir, normal, llueva o escampe, contra lo que la gente, cuando amanece con el pie de la fineza, llama «retos».

Eso…  el almendrón es un reto. El transporte, el viaje, el solitario –y tumultuario a la vez– acto de llegar… el reto. «Saber llegar y llegar bien». Intriga, estrategia, táctica, adivinación, sincretismo espiritual, garras, dientes, orejas, nasobuco bien puesto, gafas, careta, el puñetero virus y todo… en un almendrón. Qué suerte la tuya la de poder elegir el almendrón, qué suerte la de elegir contra qué demonio fajarte. No hay felicidad completa. Hay guaguas y almendrones y tu sonrisa espartana cuando bajas y piensas que el mundo es tuyo y que, además, no puede contra ti.

Pero sigues en el carro y el chofer ha comenzado a bailar y a cantar el reggaetón en punta. El muñeco negro, sentado sobre la pizarra, te mira con sus ropas negras y verde oscuras, te mira, con los billetes enrollados ajustados por el gorro a su cara de madera, el muñeco… Oggún te mira. Oggún: preparado para su guerra. Oggún: noche y follaje. Oggún: trabajando con el hierro, trabajando… Oggún: con su machete.

En el carro negro o verde oscuro donde viajas va la historia de la humanidad; roncando y sobre ruedas, pero va la historia. El guerrero africano que salió de la espesura del monte por la mágica miel de Oshún, atrapado y hasta aquí traído por los pobres diablos europeos, quienes a su vez cumplían designios de los ricos diablos, también de la Europa bendecida por la santa cruz romana, inmortalizada por cuanto fue calvario del judío –buen judío, según las escrituras, el mejor–, allá por las arideces del Oriente Medio.

En el almendrón viajan los tátara, tátara, tátara nietos del negro amontonado como mierda y animal en la galera y van los tátara, tátara, tátara nietos del que, en la misma galera, un piso más arriba, iba de un mar a otro, de miseria en miseria, también como animal y mierda.

En el carro, va el mercado transnacional, va la necesidad y el «no hay más nada», el ingenio y las manos llenas de grasa, el comercio bloqueado, la supervivencia, los errores, va el sudor de los obreros de la General Motors y hasta la sorpresa del polvo de sus altos ejecutivos quienes jamás pensaron que setenta años después, en una isla limítrofe entre el Caribe, el Atlántico y el Golfo, sus piezas en serie seguirían andando empujadas por la dialéctica materialista, con Oggún dentro, el rosario de Cristo y la cruz dentro y, adentro también, Daddy Yankee, Elvis Manuel, Chocolate, Van Van y la Oreja de Van Gogh.

–Déjeme en la esquina. ¿Cuánto es?

–Veinticinco pesos.

–¿Cuánto?

–Veinticinco.

Sabes que son quince, pero no importa. En esta vuelta, a Oggún le tocó joderte.

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