Elegía: El sabor maldito del tiempo

Prudencia, miedo, decepciones, independencia, son la armadura que nos hace sentir seguros; allí, donde no los lastiman y obviamos el hecho de entregarnos totalmente a alguien.

Esta resulta una de las temáticas abordadas por la realizadora española Isabel Coixet en el filme Elegía, quien asombra por la maestría y sencillez de su propuesta; sin pasar por alto las evidentes líneas temáticas del discurso fílmico: la inevitable vejez y el tiempo, también protagonista de la trama.

La historia develada por la Coixet se muestra pesimista en todos los sentidos: desde el tono de pesadumbre, triste, nostálgico, hasta el propio título del largometraje.

Oda al tiempo

Por medio de un discurso minucioso, preciosista, se advierte la imposibilidad de mantener un compromiso por la diferencia de edad, las inseguridades producidas por un amor tardío; David Kepesh (Ben Kingsley) teme el abismo de años que lo separan de Consuela Castillo (Penélope Cruz), de nuevo el tiempo juega un rol esencial en el curso de los acontecimientos.

Las imágenes del mar, esa sensación de infinitud, de inmensidad, reflejan la necesidad de libertad y el temor ante lo desconocido. Sobre el piano de Kepesh, un metrónomo deviene símbolo preciso del tiempo impostergable. El dolor ante la pérdida, quizás de lo pasado, se percibe en el mismo personaje, refugiado bajo los muros de un acuciante cinismo.

Asimismo, el sexo, la sexualidad, se tornan elementos esenciales dentro del filme, pero presentados desde una grandiosidad plástica y una acertada fotografía. Consuela tumbada sobre el sofá, tan solo con sus zapatos, recuerda La maja desnuda de Goya; esta es la imagen de Consuela vislumbrada por David, quien la engrandece como una obra de arte porque “las mujeres bellas son invisibles”. Sin embargo, contrapuesto a esta idealización de Ben Kingsley, en Penélope Cruz se advierte una mujer privada de amor.

Dos grandes puntos de giro se aprecian en Elegía: cuando David decide no acudir a la fiesta de graduación de Consuela, sus temores le hacen retroceder, y cuando Penélope Cruz le cuenta a Ben Kingsley del cáncer de mama, lo cual avecina el fin de la historia.

Una relación casi obsesiva se percibe entre el profesor David Kepesh y su estudiante Consuela, las fotos de las cuales ella es constantemente protagonista refuerzan esta tesis; amén de sus pensamientos imaginándola con otros hombres.

La devoción a la belleza se torna en David, el principio de sus miedos e inseguridades; bien lo expresa Rainer María Rilke en Las elegías de Duino: (…) la belleza no es nada sino el principio de lo terrible (…)

Fuera de esta relación tortuosa de Kepesh con Consuela, aparece Carolyn (Patricia Clarkson), contemporánea con él, otra de las barreras construidas por David para sentirse seguro y que Consuela derriba; Carolyn es su asidero.
Por otra parte, el personaje de George O´Hara (Dennis Hopper), deviene el típico profesor casanova y seguro de sí mismo. Uno de los parlamentos de O´Hara corrobora los temores de su amigo cuando le aconseja que se preocupe por madurar y no por envejecer.

David y George conversan desde el interior del cristal de una cafetería, ello aboga por cierta intimidad. Luego de la muerte de su amigo, David se sienta por primera vez fuera de la cafetería, ahora se perciben las escenas desde el exterior del cristal.

El liberalismo, la independencia ofrecida por la soledad, los debates con la sociedad, los seguros muros, se funden a la posibilidad inminente de amar a la joven Consuela; para David no existen los “happy end” y el paso del tiempo se torna ineludible.

Isabel Coixet reafirma esta idea (del personaje) de conservar la independencia, de permanecer detenidos, cuando sitúa a David bajo la señal en rojo de ALTO en una calle abarrotada de transeúntes y de autos en movimiento.

La literatura, la filosofía y el arte dialogan en el discurso fílmico. Evidente resulta la fuerte muestra del sonido ambiente y de la banda sonora, la cual tiene al piano como protagonista y a través de notas desgarradoras connota ese sentimiento de nostalgia, tristeza, de pérdida.

De igual forma, la voz en off de Kepesh narrando la trágica historia de su amor, desde una retrospectiva de los hechos, los primerísimos planos y un montaje lineal, abogan por la compenetración óptima del espectador y lo llevan a descubrir los perfiles psicológicos de cada personaje.

Consuela y David, la personificación de un amor tardío e intenso (Tomado de 20 minutos)

Amén de la atinada fotografía de Jean Claude Larrieu, percibida mediante el énfasis y la adecuada composición de los planos de tres cuartos y el contraplano. La sensualidad, esa atmósfera íntima, la introspección en la vida de cada personaje connotan a un nivel simbólico como la directora siente una necesidad de hurgar en el universo íntimo de sus personajes.

Resalta en la cinta la relación de Kepesh con su hijo, la cual deja de ser tan conflictiva a partir de la identificación entre ambos que causa el adulterio del mismo. Para estos momentos, el propio David también ha cambiado, con la llamada de Consuela advierte como el tiempo y la belleza son efímeros, ahora ella deviene más longeva que él.

Elegía resulta una gran propuesta cinematográfica, la cual, bajo su aparente sencillez, encierra un discurso complejo y que a manera de tesis pudiera decirnos “merecemos amar y sentirnos amados, aún si de la mano del amor nos llega el sufrimiento”.

Isabel Coixet nos asombra con la destreza narrativa de una historia frugal, la cual nos acerca a las inseguridades que encierra el amor tardío y la inevitable vejez; un discurso cinematográfico que toma al tiempo como protagonista.

Deja un comentario