Camino por la Calzada de Guanabacoa, por el frente del Cementerio Nuevo –que tampoco es tan nuevo, simplemente menos viejo que su antecesor–.

Justo donde acaba el camposanto, sale de la calzada, como escupido, un camino de tierra y piedras, un afluente que la calle ancha y lisa quizás –si pudiera– quisiera esconder, para separar la vista pública de la imagen de su hijo menos agraciado. 

“Camino equivocado”, pudieran escribir a la entrada de este callejón, pero aún estaría ahí. Y también sus casuchas apretadas de madera, recostadas al muro viejo del Cementerio Nuevo, que en las noches se llenan de los gases y olores que los difuntos. Tal vez por no soportarlos ni ellos mismos, prefieren soltarlos al aire.  

Por ahí entro, buscando la casa de Elsa Amador Guzmán. El trillo es todo un barrio. Matasiete se llama, porque, según dicen, hace muchos años mataron a siete chinos ahí.

A pesar de todos los malos augurios –el “camino equivocado”, el cementerio, los pobres chinos– es un sitio tranquilo; más ahora que al parecer nadie se ha levantado. Todas las puertas están cerradas y reina un silencio que solo rompe el aleteo constante de un pájaro enjaulado.

Después del camino

Foto: Pedro Sosa Tabío.

Llego a donde recuerdo que vivía Elsa. Miro bien todas las casas. No encuentro la suya. Estuve en ella hace menos de dos años, pero no la encuentro. Más bien sí creo haberla encontrado, pero no puede ser. La que veo es una casucha de una madera ennegrecida, despintada, sin portal… pero quedan restos del cartelito de “presidente del CDR” en la puerta y eso me hace temer lo peor. Elsa era la presidenta de Matasiete desde hacía unos 30 años. Era ya anciana cuando la conocí. Puede que ella…

No encuentro a quién preguntarle y no quisiera despertar a alguien tocándole la puerta, así que salgo del callejón y me siento en una parada a esperar un rato.

Dejo pasar el tiempo y pienso, deprimido, en cómo me dispuse a simplemente contar la historia de vida de Elsa y el texto se va a acabar convirtiendo en un homenaje a su memoria.

***

En noviembre de 2019, llegaba a Matasiete por primera vez, haciendo un trabajo para la universidad sobre los barrios insalubres de Guanabacoa.

Éramos un equipo de cinco personas, pero ese día solo fuimos tres. Hablamos con varios vecinos y rápidamente nos mostraron los principales problemas del barrio: Las casas todas de madera, pegadas al cementerio, inclinadas, con pedazos de techos faltantes, baños destrozados, cubetas de agua por todas partes, no entraba agua de la calle, iba una pipa cada 12 o 15 días, a veces no iba…

“Este es el barrio insalubre más antiguo que tiene Cuba”, no paraba de repetir Pedro Pablo Sierra, uno de los vecinos. Se dio a la tarea de hacernos de guía. No hay datos oficiales que avalen su afirmación, pero sí se sabe que Matasiete existe, al menos, desde antes del triunfo revolucionario de 1959, como nos confirmó esa vez Rogelio Zamora, de más de 70 años.

“Esto está desde el gobierno de Batista. Desde el gobierno de Batista. ¿Me copias? Era una bodega. Esto antiguamente era una bodega. Antiguamente… En el gobierno de Batista era una bodega esto. Era una bodega. En el gobierno de Batista… era una bodega. Yo llevo sete-set-se-se… me han dado dos isquemias y dos infartos. Yo nací aquí. Esto siempre ha sido un callejón”.

Al final, llegamos a una casita de madera, como todas las demás, pero con un intento respetable de pintura blanca, bastante arreglada y con un portalito bien cuidado. En la puerta tenía pegado el cartel de “Presidente del CDR”.

Elsa, la del CDR

La señora que vivía en ella también rondaba los 70 años y era delgada, algo encorvada, tenía un ojo pardo y otro azuloso, mortecino. Su nombre era Elsa Amador Guzmán.

   –Esto fue una culebrilla –nos explicó lo del ojo, luego de habernos dejado pasar y acomodarnos en su sala–. Un día me desperté y ya no veía con él. Me la he intentado cortar con mil médicos, pero ha sido por gusto.

Elsa llegó a Matasiete en 1968, procedente de Aguada de Pasajeros, provincia de Cienfuegos. Se estableció ahí con el que sería su primer esposo, quien había nacido y luego falleció en el callejón. Vivió en la casa de él hasta que se separaron. Entonces, construyó la suya propia más hacia el interior del barrio. Pero esa zona, al quedar en una bajada y ser de tierra el camino, se inunda cuando llueve y luego queda hecha un mar de fango. Por eso, cuando él murió, pensó en ocupar su sitio. Antes de que pudiera darse cuenta ya otra persona se lo había adueñado, así que ella construyó una nueva vivienda al frente, en la cual aún vivía en 2019.

Foto: Tomada en 2019 por Pedro Sosa Tabío.

“Pasen, vengan”, nos invitó a conocer el resto de su casa. Convivían armónicamente una muñeca vestida de amarillo –en representación de Ochún; una estatuilla de San Lázaro con sus correspondientes vaso espiritual y botella partida rellena de monedas; y un cartel de Cristo con la mano sobre su pecho, acompañado por el texto: “Sagrado corazón de Jesús, en ti confío”. Las paredes estaban todas pintadas, aunque algunas de distintos colores. Elsa, incluso, tenía un patiecito con yerbas y un horno de carbón improvisado.

“Pueden ver que yo vivo… más o menos, pero no ha sido fácil. Todo esto lo he hecho con madera de segunda mano y planchas de contenedores. Lo que sí… Miren –abre la pila de la cocina y sale agua, aunque en todo el barrio no haya una instalación hidráulica servible– aquí no hay entrada de agua. La traen en pipas, pero tengo mis tuberías por lo menos para el baño y la cocina. Yo me acomodo donde sea. La gente vive como quiera, pero a mí no me gusta vivir como quiera.”

El corazón de Matasiete

Regresamos a la sala y seguimos hablando del barrio. Su principal insatisfacción era la de todos los demás: El gobierno no les daba permiso para construir respetablemente ahí, porque era una zona insalubre, les decían que les iban a dar casa en otro lugar, pero las casas no llegaban. A principios de 2019, por fin les habían otorgado viviendas a unas diez personas del barrio, pero los más antiguos seguían ahí. Elsa seguía ahí, desde 1968.

Ella se sentó en una silla metálica, de lado a la puerta de entrada. Miraba hacia fuera y se le iluminaba medio rostro. El ojo ciego se mantenía bajo las sombras del interior oscuro.

“Aquí el churre entra y se me mete entre el pie y el bajo de la chancleta –se lamentó casi para terminar nuestra conversación de aquella vez–.  Ay hijo, qué más quisiera yo… que tener una casa pa´ vivir un poquito más tranquila.”

***

Creo que ha pasado el tiempo suficiente. Ya alguien tiene que haberse despertado. Dejo atrás la sombra agradable de la parada para volver al sol, que se ha ido acentuando, y al barrio de Matasiete.

En cuanto llego, encuentro a una señora saliendo de su casa, muy cerca de donde debería vivir Elsa.

“Buenos días. –llamo su atención, le explico que soy periodista, que hace un tiempo estuve trabajando aquí, quizás me recuerde, y voy a la cuestión: –Yo quería saber si Elsa… está…”

“Sí –me corta ella, sabiéndome en cierto apuro–, Elsa está viva, lo que no está viviendo aquí. Puedes encontrarla ahí mismo en la calzada, mira…” –me describe la casa que debo buscar–.

Vuelvo a abandonar el barrio, solo que esta vez con el alivio de saber el paradero de Elsa, aunque la idea de cómo concebir el texto me siga dando giros de 180 grados en la cabeza.

La casa no está lejos de Matasiete. Apenas hay que salir del callejón, cruzar la calle y caminar unos dos, tres metros a la derecha. Sin embargo, está fuera del camino de tierra, es de mampostería, queda a una distancia razonable del cementerio… Está en la orilla “correcta” del pequeño mar de asfalto, no en el “camino equivocado”.

La encuentro toda cerrada, puerta y ventanas. Llamo. No sale nadie. Vuelvo a llamar. Nada. Regreso a la parada, que ya me acoge como a un conocido. Espero un poco más y vuelvo a la casa. Nada otra vez. ¿Qué hacerle? Voy a tener que regresar mañana.

***

Por la tarde, reviso algunos documentos relacionados con el tema.

El Plan General de Ordenamiento Urbanístico de Guanabacoa. (PGOU) 2018-2030 ofrece algunos retazos de la situación de los barrios insalubres de la región. En la síntesis de los principales problemas del municipio “por orden de relevancia”, el quinto lugar –de 17– lo ocupa la “Presencia de condiciones precarias de vida en 16 Barrios Insalubres, 4 asentamientos y 116 ciudadelas”. Luego, en los indicadores del modelo territorial, explicita que hay al menos un 4% de la población viviendo en barrios y focos insalubres.

La Maqueta de Información de Guanabacoa, facilitada por el gobierno municipal en forma de presentación de Power Point, es más específica para casos particulares. En una tabla, define la situación de todos los barrios insalubres en cuanto a cantidad de viviendas y el modo de actuar previsto para cada uno, si se transformarán (en los casos en que sea posible hacer salubre al barrio) o erradicarán (si definitivamente no hay condiciones en el lugar, se le debe dar viviendas a sus habitantes en otros sitios y erradicar el barrio). 

En el caso de Matasiete, la tabla muestra la existencia de 30 viviendas, como propuesta de intervención define: “transformación”, y en la cantidad de viviendas a erradicar: “–“(o sea, 0). Sin embargo, debe tratarse de un error, teniendo en cuenta que, en el mismo documento, en su página 3, entre los principales objetivos del tema Vivienda dice: “Priorizar la culminación de la erradicación del Barrio Mata 7 para eliminar sus condiciones de precariedad”.

Además, sí se le habían otorgado viviendas en otros lugares a algunos de los habitantes de Matasiete. “¿Quiénes no se han ido, que sí les tocaba? Los de un cuarto”, explicó en 2019, Laura Estrada Pedroso, en aquel entonces Directora de Vivienda Municipal de Guanabacoa. Las casas y apartamentos que estaban terminadas, según explicó, eran de varias habitaciones y, por tanto, habían sido entregadas a núcleos familiares amplios.

Más archivos y recuerdos

Reviso ahora varios videos que hicimos en el barrio, sobre todo en casa de Elsa. En uno de ellos, aparece en su habitación. Solo hay una máquina de coser antigua y la cama, bien tendida. Recoge un bulto de ropa limpia encima de esta y la lleva a un cuarto contiguo.

“A mí me gusta tenerlo todo ordenado –dice–. Soy majaderísima. Una vieja majadera. Bueno mira, van a ver algo que se van a quedar fríos.”

Yo, que era quien grababa, la seguí a la otra habitación. Había un bulto recostado a la pared, casi del tamaño de una persona, con sillas, cazuelas, jabas, sacos…

“Hace años –se sigue escuchando la voz de Elsa–, no sé los años que hace, que yo tengo esto lleno de sacos y cubetas, con todo lo de la casa, porque nos iban a dar casa enseguida…”

“Ay hijo –vuelve a retumbar en mi cabeza–, qué más quisiera yo… que tener una casa pa´ vivir un poquito más tranquila”. Pero ahí estaba Elsa, desde 1968.

***

Hoy vine más tarde, cerca del mediodía, para que no me volviera a pasar lo de ayer. El frente de la casa está cerrado otra vez, pero en el costado veo ventanas abiertas. Debe haber alguien.

Grito. Me responden a la primera. Hoy me tocó tener suerte. Espero unos segundos y sale una mujer: “¿Sí? ¿Qué desea?”. Le explico quién soy y que quisiera volver a hablar con Elsa, que, según me dijeron, está viviendo aquí.

“Sí –me responde–, está aquí. Yo la estoy cuidando, pero no sé si dejarte hablar con ella, es que no está… muy bien.”

“¿Quién es?” –se escucha la voz de Elsa desde el interior–.

“Un periodista. Dice que él estuvo hace un tiempo ahí en el callejón y te entrevistó, que quiere volver a hablar contigo.”

“Sí, yo me acuerdo. Llévame para allá, dale.”

Me invita a sentarme en el portal –no dentro de la casa por cuidados contra la COVID-19– y va a buscar a Elsa. La trae hasta la sala tomada por una mano. 

“Oye, yo llevaba como treinta años de presidenta del Comité ahí, y siempre que vienen a hacer cualquier pregunta soy yo la que hablo. Ahora porque estoy aquí…”

La orilla correcta

Toma asiento en una butaca. El ojo que antes estaba ciego parece estar peor, casi cerrado por completo. Con el otro mira al techo. Nunca me mira a la cara.

“Ya me dieron casa –celebra–. ¡Por fin! No la han terminado, falta hacerle las instalaciones del baño y eso, pero bueno, por lo menos ya me la asignaron…”

No para de mover el ojo. De izquierda a derecha una y otra vez, siempre hacia arriba, como si vigilara algo que nos sobrevuela mientras conversamos. Se le ve apagado, grisáceo…

Foto: Pedro Sosa Tabío.

“Ahora lo que… Me iba a operar en marzo del año pasado, pero no pudo ser. Y ahora, por la pandemia, no hay operaciones y me he ido agravando. La culebrilla me ha dejado ciega. No veo nada. Estoy esperando a que todo eso empiece de nuevo. Cuando me opere ya recupero la vista.

“Cuando te operes…”–la interrumpe la otra, pero no sigue hablando. Nos deja solos–.

Elsa no parece hacerle caso a su interrupción. Está como aquella vez: Sentada de lado a la puerta, con medio rostro iluminado. Solo que ahora tanto el ojo del lado oscuro, como el de la claridad están igual de ciegos. Aun así, zanja el asunto diciendo: “Cuando me opere… y vuelva a ver, yo me voy para mi casa. Por fin.”