En la misma ciudad que lo vio nacer hace más de siete décadas, sus ojos capturan una última escena. No necesita guiones, cámaras, actores, ni asistentes. En esta película, la de su vida, él asume toda responsabilidad. A base de ética, humor, optimismo y sensibilidad social, Juan Carlos Tabío conquista (desde hace mucho) un lugar inamovible en las Memorias de una isla.
Por eso no importa que la prensa lo haya matado erróneamente un par de veces. Solo él conocía día y locación del rodaje final. De seguro, ambos perfilados por la casualidad, la misma que referenciaba a la hora de interpretar sus éxitos. Así, aplaudidos por la crítica e imborrables en el pueblo, perdurarán esos éxitos y lo que se siente al verlos. Más allá de la muerte física, eso queda, sigue viviendo…

HASTA CIERTO PUNTO

Es necesario eludir el tradicional “este hombre no necesita presentación”. Máxime, si vida y obra personal merecen ser divulgadas, para que sus producciones sean vistas siempre. Y luego, valorar las enseñanzas atemporales que, de muchas formas, regaló con imágenes.
En 1943 nació una de las figuras trascendentales del séptimo arte cubano desde los primeros pasos del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Allí, comenzó en 1961 como ayudante de producción, más tarde de dirección. Después se convirtió en coguionista y realizó varios documentales –más de treinta en general–. Peligro, el primero de ellos, lo rodó a los 20.

«Me hice director de cine por un golpe de suerte. La señora que llevaba el ICAIC era amiga de la familia y fui a hablar con ella», comentó en entrevista con Havana Cultura.


Con el decursar del tiempo, firmeza y práctica mediante, se apropió de técnicas y trucos del entramado audiovisual. Al calor de la madurez propia de los 40 años de edad, asumió la tarea de escribir y dirigir su ópera prima: Se permuta, largometraje de ficción (1983).
Desde entonces, el quehacer de Tabío se acercó a la comedia para –de manera aparentemente ligera– profundizar en los conflictos de la realidad cubana de su tiempo. Después del periodo de películas históricas en el naciente cine revolucionario (1960-1970), dirigió el lente hacia las acuciantes problemáticas sociales matizadas por una “dosis exacta” de optimismo.

Para Juan Carlos Tabío, lo más gratificante de su trabajo era lo que quedaba reflejado en la pantalla. (Foto tomada de Juventud Rebelde)


El tema de la vivienda (desde una Rosa aficionada a las permutas), la discriminación hacia homosexuales en la sociedad socialista (traducida al sentir “diferente” de Diego, en Fresa y chocolate) y la crisis económica (a la sombra de la familia Castiñeiras del inolvidable Yaragüey) son desnudados desde la ironía y el sarcasmo en varios filmes que llevan su firma.
Asimismo, estimó conveniente la dirección de otras obras como Plaff o Demasiado miedo a la vida (1988) y Lista de espera (2000), una de las más vistas. El tono tragicómico y la transgresión que motiva la presencia de camarógrafos y técnicos –incluido él– en pantalla singularizaron su lenguaje. Y, con ese estilo rústico propio, apeló a los barrios cubanos, los vecinos y sus relaciones personales a fines de los 80.
Solamente desde una mirada constructiva como la suya, que se asomaba a la calle para captar las esencias cotidianas, el Premio Nacional de Cine 2014 se arriesgaba y lograba sus metas. Invitaba –aún lo hace– a todos los espectadores al camino de la reflexión para descubrir una realidad desconocida o no percibida a simple vista, debido al convulso andar de la rutina.

Al decir de Joel del Río, «Tabío es el principal representante del cine cubano auténticamente popular». (Foto tomada de Cubadebate)

UNA AMISTAD DE FRESA Y CHOCOLATE

«Titón significa, y no solo para mí, el paradigma del artista, del intelectual comprometido con su tiempo, con su sociedad. Titón entendía el cine como parte de la realidad, y como tal, una forma de interactuar con ella», expresó a Juventud Rebelde en 2014 para referirse a su colega Tomás Gutiérrez Alea, con quien compartió la realización de varios filmes, como Fresa… y Guantanamera (1995).

«Mi relación personal y profesional con Titón, a través de la amistad y el trabajo, por supuesto que ha sido un privilegio», añadió.

En medio del trabajo para la película El elefante y la bicicleta (1994), Juan Carlos respondió al llamado de Titón. Aceptó la invitación para compartir a partes iguales el compromiso de llevar al pueblo cubano la presencia de la homofobia en las penumbras del siglo XX. De ese modo recibieron un Premio Goya y la nominación al Oscar, en 1995.

LA ABUNDANCIA DEL CHOTEO

Uno de sus títulos más recientes, El cuerno de la abundancia (2008), también llegó signado por el choteo. Con inteligencia, trató de distanciar a los espectadores del relato, según el crítico Joel del Río. Sin embargo, el uso de comentarios de los actores fuera de la anécdota fictiva invita a identificarse todavía más con la historia.

El cuerno de la abundancia ganó el Tercer Coral del trigésimo Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (2008). (Tomada de Juventud Rebelde)


Por otra parte, vale destacar también su ejercicio como profesor de dirección y guion en centros como la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños. Asimismo, entregó sus conocimientos a creadores de países centroamericanos. Todo esto desde la idea que supone la continuidad del legado, no el estancamiento de los paradigmas.
No caben dudas de que Juan Carlos Tabío milita en el directorio de los cubanos criollos, de los hombres sin molde, de los que escogen hora y lugar para grabar la última escena. Él es de esos que le tienen DEMASIADO POCO MIEDO A LA VIDA.