Por Laura Álvarez Sánchez

Al Museo Casa Natal Camilo Cienfuegos Gorriarán:

Gracias por el sentido de pertenencia en situaciones adversas

Entre dos hermanos y dos almas españolas aplatanadamente cubanas. Con el carisma de ganar gente, con la simpatía de ser auténtico. De barrio, humilde, carente de lujos pero sin quejas. Sumido en querellas por las causas justas, por sus amigos, por los oprimidos y los vulnerables. Buen estudiante, él.

Capaz de abandonar la escuela, que tanto le gustaba, en octavo grado para ayudar en la economía familiar, con aguja e hilo mediante transformarse en el ayudante de su padre sastre. Trabajador carismático y laborioso. Dependiente de sonrisa sincera y constante. Ocurrente. Tan respetuoso como respetado, él.

El rebelde con causa, hacedor de peripecias, un hombre de la vanguardia, barbudo retrato vivo de la idiosincrasia pura del cubano, valiente en todo momento. Él: Camilo Cienfuegos Gorriarán, el Héroe de Yaguajay.

Retrato mismo de un criollo de estas tierras, Camilo Cienfuegos.

Camilo, el artista

Si bien muchos lo conocen como el pelotero diestro y empedernido, pocos saben de lo pésimo que era en el béisbol y los muchos esfuerzos para lograr entrar en el equipo del vecindario. Un apasionado practicante del voleibol, la natación y de montar bicicleta desdoblado en el arte.

Cuentan que desde pequeño demostraba inclinación hacia la plástica, de ello quedan las hojas secas de un álamo pintadas por el niño Camilo y empleadas por él para dejar una impresión en un papel. El mismo que tiempo después, con 17 años, ingresó a la Escuela Elemental de Artes Plásticas Aplicadas anexa a “San Alejandro” y, a pesar de una efímera estancia, dio vidas a pequeñas obras de tallado en piedra e incursionó en el carboncillo y talabartería.

A quien le gustaba la música, las bromas, el cine. El rebelde que, en la Sierra Maestra, ya fuera del tiroteo, conformaba un improvisado grupo para cantar, en Las tinieblas de la noche, Échame a mí la culpa, sin ni siquiera tenerla.

Y, sin saberlo, coronó su testamento político con la declamación de su poema predilecto de Bonifacio Byrne, Mi bandera, el 26 de octubre de 1959. Días más tarde, ondeaba la tricolor protegida por los brazos alzados de un nuevo mártir.

Si deshecha en menudos pedazos,
llega a ser mi bandera algún día
¡Nuestros muertos, alzando los brazos,
la sabrán defender todavía!

En el amor

Temprano se supo enamorado. A penas era un joven cuando se mudó a San Francisco de Paula y su familia hizo buenas relaciones con los vecinos Rabaza. Entonces conoció a Paquita, la mujer capaz de cambiarle la forma de ver el amor. Mas, lo andares y vaivenes de la vida los separaron por un tiempo.

En su viaje a Estados Unidos, en busca de un trabajo que le permitiera crear un negocio familiar en Cuba, conoció a Isabel Blandón, nicaragüense nacionalizada en Estados Unidos, con quien se casaría tiempo más tarde en La Habana. A ella solo le unían la palabra empeñada y el agradecimiento de sus atenciones en los momentos más difíciles de su vida en el norteño país. Poco tiempo después se divorciaron.

Un caballero de botas a sombrero como Camilo, con el carisma característico y una sonrisa seductora, cautivó a Rosalba Álvarez, una mensajera del Partido Socialista Popular, en la Sierra Maestra a la cual llamaba “guajira”, a sabiendas que la muchacha detestaba la zona rural.

El triunfo de enero de 1959 se tradujo, también, en una victoria amorosa: el reencuentro con Paquita. Luego de varias visitas en helicóptero y auto, Camilo logra atrapar a la joven con una propuesta en un yate el 2 de agosto del propio año ¡Al fin novios!

Más de cien fuegos en el amor de una vida

Todo él

En el recuerdo de sus allegados, numerosas anécdotas. El doble horario de preparación militar que se autoimpuso en México y la dedicación para estar a la altura de sus compañeros, próximos expedicionarios del Granma. La ocasión, en el segundo combate de Pino del Agua, cuando recibió heridas en el muslo y el estómago por salvar a un combatiente de una granada casera. Incluso, cuando fue enviado de la posición de vanguardia a la comandancia como reprimenda por sus bromas.

Ese tan ferviente luchador, tan jaranero con los suyos, consolidó una amistad con el más recto y rudo de los compatriotas: Ernesto Guevara (Ché); se ganó la confianza, a golpe de victorias, de Fidel Castro; reordenó las fuerzas en los llanos del Cauto; rindió, tanto por cansancio físico como psicológico, a las fuerzas batistianas de Yaguajay y llegó a La Habana como el primero de los revolucionarios.

Allí, en pleno auge, consolidó su carácter ese niño nacido en Lawton que hacia recaudaciones con sus padres para enviar a los afectados de la Guerra Civil Española. Quien, aún en la primaria, sacrificaba su merienda para recolectar dinero y brindarlo al cuidado de los 75 niños españoles huérfanos en La Habana. El alumno ejemplar de la Escuela Pública 105 “Félix Ernesto Alpízar” que donó el dinero de un premio para la compra de los materiales escolares del lugar.

Ese hombre, llamado Camilo, voló, sí. Su vuelo despegó de Camagüey, mas no se perdió. Aterrizó en los corazones de donde brotan flores cada 28 de octubre para depositarse en ríos, arroyos y el mar.

Referencias

Guzmán, P. (6 de febrero de 2017). Camilo: el niño de Emilia y Ramón. Obtenido de Escambray: http://www.escambray.cu

Hernández, S. V. (26 de Octubre de 2020). (L. Á. Sánchez, Entrevistador)

Segura, G. M. (27 de octubre de 2020). Camilo: Historias (des)conocidas de un hombre de pueblo. Obtenido de Periódico Invasor: http://www.invasor.cu