La Copa va a tener dos sedes. Empezará por el sur de los sures y acabará por el norte del sur.

¿Y si alguien se muere?, cuestiona un presidente sur-sureño con pandémicas interrogantes y, acto seguido, anuncia que en su país no se hará Copa…

El presidente nor-sureño dice que sí, que la acogerá… pero tiene al pueblo en las calles y el pueblo está muriendo (o mejor dicho), el presidente lo está matando. No le asesina la moral o la honra –que también–; le mete balas en el cuerpo y porras por las costillas.

No habrá juegos, gritan en las calles; nadie va a ahogar nuestra furia, a haraganear hacia el tragante nuestra sangre, a ponerle silenciador a nuestras muertes… con el rating televisivo de los goles. El pueblo sigue plantado, nunca mejor dicho, y la Copa tiene que recoger sus cosas y seguir buscando dónde existir.

En el sur de los sures un presidente no la deja y en el norte del sur tampoco se lo permite un pueblo.

Pobre Copa despreciada, «noble» anfitriona «ateneica» que solo busca salvarse… ¿Y quién me salvará?, suspira. ¿Quién me salvará?, solloza.

Entonces, aparece el «héroe» de la historia, quien viene a salvarnos todo, allá desde la zona en que el continente tiene algo así como pronunciadas nalgas.

«Pero, señor, si aquí también estamos en las calles», grita el pueblo. «Pero, señor, si allí usted tiene más pandemia que en el peor de los decamerones», se asombra el mundo.

Pero el poder es el poder y el señor presidente, macho a todas, hace lo que quiere, como quiere y cuando quiere, porque para eso es el presi… y va a salvar el fútbol, qué grande el presidente, va a salvar.

La Copa dice: «Gracias, buen hombre» y, de una vez por todas, ante la cara de susto y circunstancia de la prudencia internacional, la Copa se asienta.

En pocos días, equipos completos se ven mermados por el virus… casi treinta atletas enfermos, reporta BBC, treinta y tantos organizadores y árbitros pasados por la gripe, asegura.

Rumores corren, se escurren, regresan. Comidilla a deshora lanza viejas preguntas al ruedo como si fuesen nuevas de paquete y un pobre futbolista enfermo, de una selección pobre, por demás, encara a la Copa y pregunta:

¿Qué vas a hacer si alguien se muere? Toda la culpa es tuya. Solo te importa el dinero. La vida de un jugador no vale nada».

Pero la Copa ya está cansada de ser llevada y traída por los pelos, la Copa es un asunto de corbateros en primera instancia y, ya de manera definitiva, se siente agravada.

Cuando el lobo, después de ser pateado por leones, encuentra una oveja, la mira de frente y saca los colmillos y pone cara de lobo, porque para eso lobo es.

Entonces la oveja se arrepiente de su «agravio», dice que no dijo que acabó diciendo, que todo fue un error, que el lobo no es lobo y que el mundo es un lugar feliz, color púrpura, por cierto, pero que ella no había podido ver esas bondades por algunas tensiones que se viven. Y perdonen a la oveja, por favor, no lo hará más.

Es difícil ser valiente cuando un monstruo te mira con los dientes afuera y amenaza con hacerte trizas. Todo el mundo no lo puede ser. De hecho, tal parece que casi nadie.

Pero se precisa un escarmiento, para que nadie olvide su sitio. Y en lo que el lobo se ajusta la corbata, pasa por benévolo y multa al arrepentido ex-irreverente con 20 mil de los de color verduzco y un partido de menos.

El Sindicato Mundial de Futbolistas, que había prometido apoyo incondicional para quienes no estuviesen de acuerdo con la Copa, ha permanecido en silencio.

El ex-irreverente y su federación agradecen la «benevolencia» del lobo.

Y continúa entonces la pregunta, solo que ahora en ríspida voz baja: ¿Y si alguien se muere? Todos callan. Los que pueden jugar, juegan y la disciplina casi inmaculada refuerza, como quien no quiere las cosas, que, en efecto, la vida de un jugador, al lobo, de nada vale.