Ganó Biden, ¿Cuba qué?

Por: Qva en Directo

Joe Biden ha ganado las presidenciales y el mundo parece que respira. No un respiro cotidiano, como esos que se suceden unos a los otros sin que nadie repare en su mera existencia, sino una aspiración mayúscula, grandilocuente, ruidosa, de las que aparecen tras momentos hartos de tensión, tras el peligro que amenaza con permanecer en ristre; respiración casi llorona del alivio y el suspiro consecuente de quienes sienten que ya lo malo –o por lo menos lo peor– ha transcurrido.

Eso fue Donald Trump para muchos de los que hacemos el cuento desde el exterior de las fronteras de Estados Unidos… un mal rato que se prolongó demasiado en el tiempo y que mutó siempre a peor; el adalid internacional de un conservadurismo de nuevos bríos y técnicas, de una derecha orgullosa de su descaro y de lengua fácil a la hora de alardear: “Yo puedo más que tú y ¿qué vas a hacer?”.

Para Cuba en particular resultó duro. Llegan a la mente instantes de crudeza extrema como aquella recta final de 2019, cuando la palabra “coyuntura” taladró unas cuantas paciencias y las colas en gasolineras abarcaban manzanas. Los ómnibus, como se dice, aparecían de uno en mes, repletos, y atiborrados también los sitios de espera.

El mapa de navegación en torno a Cuba dibujaba un país rodeado de tanqueros que no se atrevían a descargar su petróleo en nuestros puertos. Hay escenas marcadas por sensaciones que no se desvanecen. El hostigamiento del gobierno estadounidense tuvo impacto directo en la calidad de vida de este pueblo, en su sed, su fatiga…

Fue un intento de humillación constante, desde los grillos “terroristas” de la Embajada hasta la activación del Título III de la Ley Helms-Burton.

La administración de Donald Trump bloqueó cuanto pudo las inversiones extranjeras y el comercio exterior del país. También saboteó el sistema de remesas hasta puntos insólitos, que llegan a la drástica y reciente clausura de cientos de sucursales de Western Union en Cuba.

Ciertamente, para ningún cubano las atrocidades del Bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos representa novedad. Sin embargo, la manera en que este ha sido arreciado durante la crisis internacional causada por la Covid-19 nos habla de que los límites del cinismo, en ocasiones, no existen.

Por estos días de emergencia sanitaria, importadoras cubanas intentaron adquirir insumos médicos de primera necesidad, que podrían marcar la diferencia entre una vida que se pierde o se salva. Las empresas norteamericanas, en su mayoría, no han reaccionado a las solicitudes y sobran los dedos de una mano para contar las pocas que se dignaron a responder… siempre recordando que el Bloqueo les impide esa clase de negociaciones.

Lo peor de todo es que los principales motivos han sido electorales: garantizar el voto de la parte radical de la emigración cubana que no comprende que cada vez que “la soga se aprieta” son sus familiares quienes más sufren. Otro “regalo”, otro daño adyacente de la democracia liberal y sus espectacularidades.

Pero Biden ganó el show y con ello, ya decíamos, se respira. Mientras Trump se vendía como un verdugo del “más de lo mismo”, el demócrata dejaba claro que, de vencer, emularía hacia Cuba políticas muy parecidas a las aplicadas por Barack Obama a finales de su mandato, del cual, por cierto, Biden fue vicepresidente. 

Algunos medios del país norteño han especulado sobre la posibilidad de un segundo “deshielo” de las relaciones entre ambos países, mientras el senador ultraderechista Marco Rubio, en intento de descrédito, reconoció hace pocos días a través de su cuenta de Twitter que “una victoria de Biden traería políticas exteriores que resultarían una buena noticia para los regímenes de Venezuela y Cuba”.

El nuevo presidente, si nos guiamos por sus promesas y recorrido, debería marcar un punto de inflexión en la actual agenda de asfixias –táctica que él mismo ha reconocido como ineficiente en los planes de una “Cuba libre y democrática” a la americana.

Con Biden, las medidas que el gobierno cubano aplica en busca de reestructurar la economía país deben encontrar un entorno más favorable para el crecimiento y el desarrollo de los principales indicadores. No obstante, el tema Cuba no resulta prioridad para la administración yanqui, por lo que no debería asombrarnos si pasara un tiempo y varias águilas por la mar antes de que se respiren los aires de coexistencia pacífica y respetuosa que podrían aparecer.

En el mejor de los casos, vendrán nuevos procesos de negociaciones y diálogos, en lo cuales habrá que recalcar –por millonésima vez– que esta isla del Caribe no le debe nada a los Estados Unidos de Norteamérica y que, por tanto, nada tiene que “darle” a cambio de que se le respete de manera definitiva –ver para creer– su soberanía y derecho de autodeterminación.

Ojalá y el “Pequeño Marco” –como lo llamase “amistosamente” el propio Trump– tenga razón y los cambios de política exterior del nuevo presidente representen una buena noticia para quienes hemos optado por una alternativa económico-social distinta. El multilateralismo y la justicia internacional lo requieren.

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