Febrero, 2020. Avenida de Boyeros. Santiago de las Vegas. La Habana.

Bloqueo impuesto por Estados Unidos a Cuba, pandemia de COVID-19.

Algún que otro peregrino arriba.

La terminal aérea observa la disminución de viajes, pero sigue intacta.

Menos viajes, menos aviones, menos turistas, menos ingresos.

Es la Avenida de Boyeros –vía recorrida por todos los pasajeros que llegan al aeropuerto internacional José Martí– la que más se siente vacía.

La casa se ve muy grande. Tiene un inmenso terreno. Quizás sea una de las primeras en hospedar a los peregrinos de la zona.

Con gradualidad, la vivienda ha sido acondicionada para el alojamiento de foráneos y cubanos residentes en el exterior. (Cortesía de la entrevistada)

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Hace 19 años Lisset ejerce una actividad por cuenta propia. Alquila dos habitaciones y un local para actividades, cumpleaños y otros eventos. Cobró en CUC –hasta el último minuto del año pasado– o el equivalente de CUP a partir de su licencia para extranjeros. De ahí que el cobro sea superior al recibido por quienes rentan a nacionales.

Ella sola sostiene la economía de la casa. Vive junto a su madre. Una señora que supera las nueve décadas de vida, cuya pensión asciende a 1250 pesos. Lisset aclara que este dinero nunca se ha utilizado en los gastos hogareños; es exclusivo de la jubilada.

La cuentapropista de 52 años tiene dos hijos. Un varón, que es estudiante. Él está cumpliendo el servicio militar activo. La hembra no trabaja, sino ayuda en el negocio. Esta última, a su vez, asumió la maternidad hace cinco años. Cinco son los miembros de la familia de Lisset, si se incluye a sí misma. Por estos días debe llevar cuatro platos con comida a la mesa. Nada fácil, ¿verdad?

Ese ejercicio diario lo practica desde la incertidumbre. Su adquisición carece de estabilidad. No pasa así con los trabajadores por salario fijo que, aunque “no les alcance”, conocen sus ingresos mensuales. Pero la situación de la arrendadora hoy se matiza, además, por la insipidez que deja el periodo pandémico en el turismo.

La COVID-19 y la Tarea Ordenamiento, implementada desde el 1ro. de enero de 2021, han transformado las dinámicas gastos-ganancias. Aunque Lisset reside en la Avenida de Boyeros –la arteria que más vacía se siente–, cerca del aeropuerto internacional José Martí, y gozaba del privilegio estratégico del lugar para su servicio, ya no posee los ahorros de los primeros meses del confinamiento. Por otra parte, los precios de productos y alimentos cambiaron.

De ahora en adelante es cuando es

Al constatar la frecuencia de viajes y estancias realizadas por las personas, el pensamiento lógico avienta preguntas. ¿Cómo podrá conseguir “el pan de cada día” los próximos meses? Lisset también se cuestiona constantemente qué hará cuando se le acabe la reserva que le queda. « ¿Para entonces la vacuna habrá salido y entraremos en la nueva normalidad? », reflexiona.

Mientras tanto, el impuesto a pagar mantiene su valor. Como arrendadora de divisas debe tributar 840 pesos por cada habitación y 192, en lo referente al local de festejos, es decir, una sumatoria de 1872 (cuota fija). A este valor se le agrega el 10% de los ingresos declarados durante el mes. Así mismo, continúan sin cambios los precios de los servicios que brinda. Y para adquirir los insumos necesarios, a raíz del Ordenamiento, posee una cuenta en Moneda Libremente Convertible (MLC) para adquirirlos en establecimientos Cimex.

No solo extranjeros, sino también colectivos de trabajadores de la zona –incluidos los del aeropuerto– han festejado en el patio de Lisset. (Cortesía de la entrevistada)

Pero, ¿cómo podrá adquirir la divisa? Si en el mercado informal los precios están disparados y la MLC tampoco circula dentro del país salvo en las tarjetas para transacciones y la alternativa de cobrar en esa moneda no se contempla.

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Inicios de enero pasado.

Solo dos clientes.

Dos noches cada uno.

2160 pesos.

Ese monto no le alcanzó para los gastos mensuales. Atribuye a la suerte el haber podido trabajar a fines de noviembre y en diciembre. De tal modo pudo ahorrar algo. Compensó las necesidades de los –atípicos– primeros 31 días de 2021.

Al principio pensé en anotarlo todo para saber cuánto podía ser el gasto de la casa en un mes, pero me fui estresando y decidí dejarlo.

En cuanto a los egresos del mes inaugural, destaca 1890 pesos para la electricidad, 340 de gas, 463 de telefonía fija y más de 600 en los productos de la bodega, sin contabilizar los cárnicos. Por su parte, utilizó 500 cuando necesitó transportar a su mamá –dos veces– hacia el hospital. Si bien posee motos eléctricas y bicicletas, no las prefiere para cuestiones de urgencia.

Sin exageración, ella afirma que destinó más de 20000 pesos para las compras agropecuarias y de cadenas de tiendas. «Por más que trate de economizar, todo está por las nubes. Es cierto que desde marzo pasado estamos exonerados (los cuentapropistas) del pago del impuesto, excepto en diciembre, pero no es suficiente», señala repleta de dudas y preocupaciones.

Cuando el dinero no alcanza

Lisset Domínguez Rodríguez, graduada de ingeniería mecánica.

Ella ejerció la profesión hasta el momento que decidió trasladarse al sector no estatal. En ese entonces no podía mantener la casa, cuando unía su salario con el del padre de sus hijos. La familia tenía dos integrantes más que ahora. Su nieta no había nacido, pero vivía con dos tías de su madre (anteriores propietarias de la vivienda). «Lo que ganábamos no alcanzaba para nada», la gota de la discordia.

«No creas, al inicio fue frustrante. Se pensaba diferente, pero en la medida que el tiempo pasó y se fueron resolviendo algunas situaciones –imposible con nuestros salarios– fuimos prosperando» Poco a poco crecieron, tanto en clientes alojados como en la realización de actividades.

Aunque el pago del alquiler depende de las variables oferta-demanda, el servicio de sus habitaciones oscila entre 20 y 30 CUC (480-720 pesos). (Cortesía de la entrevistada)

2020, último año de la administración estadounidense Trump.

Fortalecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero. Nuevas medidas coercitivas.

Más afectaciones al turismo, menos vuelos, menos viajeros, menos dinero.

Y como si no fuera suficiente para incidir en la vida de Lisset y otros arrendadores, y de los cubanos en general, una pandemia.

Limitación de limitaciones.

Como detenida en el tiempo se siente esta mujer. Vive de algunos de los ahorros que le quedan –que tampoco es mucho–. En este tipo de negocios siempre se está invirtiendo y mejorando las condiciones de vida para los huéspedes. Está, en efecto, como detenida en el tiempo, en la espera de que todo pase. Y está pensando y pensando en otras opciones para avanzar.

Hoy la pandemia no termina. El mundo lo sabe; el turismo, también. Lisset tiene que poner sobre la mesa cuatro platos con comida. Ella le concede la palabra a gastos y ganancias. Sabe quién supera a quién. Tiene preocupaciones, pero también esperanzas. Y eso sí que no se acaba. 

Al decir de la cuentapropista, «las personas que se alojan en las casas de renta, por lo general, son de bajos recursos». (Cortesía de la entrevistada)