En realidad nací en el hospital América Arias, la ilustre capitana del Ejército Libertador cuyo nombre lleva ese hospital en G y Línea, pero mi casa, a donde regresamos, fue la calle Hospital 660 y era un barrio del barrio de Cayo Hueso, un barrio muy activo en el cual la casa donde nací es una casa de vecindad como se llamaría después, un solar donde las puertas estaban divididas, estaban nunca cerradas sino con una cortinita, las personas pedían permiso para hablar detrás de la cortina y para entrar a la habitación. Y ese fue el barrio de la escuela, el barrio de los compañeros de la escuela, los hijos de obreros: Lucía la hija del cartero, Hortensia, su padre era también obrero.

Todas estas personas arroparon mi infancia, una infancia ardua ya que mi mamá era conserje de una escuela pública, y en esa escuelita a la que ella me llevaba escuché las primeras nociones de lo que serían en un futuro conocimientos y letras. Pero mi maestra fue más bien una señora muy mayor, Blanquita, como le llamábamos todos, nos sentaba en unos bancos a leer y allí nos explicaba la cartilla, y así fue el comienzo; el patio y sus símbolos, el patio y sus fiestas, el patio y sus tristezas compartidas, el patio de todos los acontecimientos de aquella época.

La niñez estaba marcada por la época que La Habana vivía los episodios de lo que se llamó el gansterismo y de vez en cuando sobresaltos muy cerca del hospital donde ocurrieron crímenes en La Habana, batallas de grupos, delincuentes. Una de las cosas más interesantes es que allí a la casa acudía un anciano vestido de blanco con su gran sombrero y nosotros nos beneficiábamos de su amor porque él nos repartía las tarjetas para ir al Palacio Presidencial, el 6 de enero era el Día de Reyes y el 24 de diciembre la noche buena. Objetivos: primero los juguetes y segundo una jaba llena de golosinas para la familia. Tan pobres éramos.

Tomado de Cubadebate. “La Habana me llevó la vida”. Publicado el 16 de noviembre de 2018)

Arriba el historiador Leal

Primeramente, muchos tienen la idea de que yo fui uno que atravesó francamente el camino hasta llegar a los grados académicos. No, en realidad cuando triunfa la Revolución por razones familiares, económicas y mil razones yo no tenía alcanzado ni siquiera el quinto grado. Nunca más pude volver a la escuela y cuando el 26 de julio del 59 pude hablar en un acto frente a la Normal de Maestros, el presidente del gobierno de la ciudad, que eran los comisionados municipales en ese momento, me llamó y dijo: ¿quién es ese muchacho? Y me invitó a visitarlo al lunes siguiente. Yo estaba buscando en el almanaque para ver exactamente si era lunes, martes, miércoles. El caso es que llegué a la puerta de aquel edificio que veía por vez primera; aquel Palacio de los Capitanes Generales donde iba a estar mi destino, que era la municipalidad de La Habana.

Allí vi salir y entrar a gente de todas partes y de pronto me convertí en un empelado del Gobierno de la ciudad de La Habana; pero un empleado iletrado. Cuando me ofrecieron pasar a inspector del Departamento de Ingresos, solo en una Revolución pasa eso, el mundo estaba patas arriba y se abrieron todas las puertas y oportunidades. Lo primero que dijeron fue la educación obrero-campesina.

Asistí rápidamente a la vida cultural que proponía la ciudad a partir del trabajo con la extensión universitaria que proponía el municipio: los ciclos de cine, la biblioteca pública -de niño el amparo cultural de mi barrio había sido la biblioteca de la Sociedad Económica Amigos del País. Y después mi mamá me llevaba a las casas donde trabajaba, y en las casas, en algún lugar descubría una biblioteca y leía muchísimo. Como te das cuenta la educación fue como trunca, resultado, nunca más pude volver a la escuela.

Pero un día, el Secretario General de la CTC, que era Lázaro Peña, me entregó el certificado de sexto grado. A partir de ahí vino la alfabetización, los cortes de caña y café. Todo lo que rodeaba en ese momento, las expectativas del gran movimiento que la Revolución alentaba, sobre todo, para los jóvenes: todas las puertas abiertas, todas las murallas rotas. Y a partir de ese instante supe, al empezar a trabajar, que muy cerca, en la Plaza de la Catedral estaba el hombre que tú mencionabas.

Entonces fui a allí, porque a mí me fascinaba la Historia de Cuba, la historia de La Habana, la toma de La Habana por los ingleses y todas aquellas fantasías. Me enfrenté de pronto al gran hombre que estaba sentado sobre su mesa ya tocado por la enfermedad y por el tiempo y a partir de ahí recibí los libros más preciosos que la Oficina publicaba, las conferencias se trabajaban solamente en el municipio.
También como inspector de ingresos y de tributos tenía que ir a distintos lugares de la ciudad. Así conocí Diezmero, Diez de Octubre, caminaba enormemente para llegar a las direcciones. Tuve que entrevistarme con personajes increíbles de la época que por extraño que parezca adeudaban al fisco y no pagaban sus impuestos, sobre todo, el que me tocaba a mí, el impuesto territorial. Éramos como el símbolo de la honestidad de la Revolución.

Solamente en el primer año de la Revolución se construyeron 53 escuelas en la ciudad de La Habana y hubo un arquitecto, Cesáreo Fernández, un hombre importantísimo en esa etapa que murió trabajando. Y gracias al programa de extensión universitaria, de extensión cultural llegaron las tarjetas para ver los grandes ciclos de cine, de pintura. Y así comenzó el gran camino hasta hoy.

Entonces Roig jugó un papel muy importante. Tras su muerte en 1964 fui a allí junto a su Oficina y cuando él se derrumbó a su enfermedad, siendo todavía un hombre capaz y poderoso que había escrito obras capitales para cultivar el sentimiento de dignidad nacional y el sentimiento cubano, martiano y antimperialista, entonces bebí de esa fuente. Él no tuvo la posibilidad de participar en la restauración. A él le tocó enfrentar la batalla por impedir la destrucción de la Iglesia de Paula para la ampliación del ferrocarril, la batalla por preservar el monumento donde los estudiantes de Medicina fueron ejecutados, la gran pelea por la demolición de la antigua universidad o la gran pelea por colocar la estatua de Céspedes en la Plaza de Armas cuando en realidad solamente había un pequeño busto de Céspedes que la maestra Hortensia Pichardo y su esposo Fernando Portuondo habían colocado en el Instituto de La Víbora. Entonces ese sentimiento cespediano, martiano, cubano, bebí de esa fuente.

Tomado de Cubadebate. “La Habana me llevó la vida”. Publicado el 16 de noviembre de 2018)