Historias sobre ruedas

Kamila cierra las piernas más fuertes que nunca. Sus muslos piden, a gritos, un poco de aire. Aunque viste pantalón de mezclilla y pulóver bien ancho se siente desnuda. Ahí, sentada en el primer asiento de la ventanilla derecha de la última sección del largo y temido P4, concibe la escena violenta que puede acontecer.

A penas las siete de la noche y casi nadie estaba a su alrededor. Solo lo veía a él. Dispuesto en el ángulo exacto para mirar sus pechos y piernas. «¿Cuándo se bajará?», «¿queda mucho para mi parada?». Kamila estaba sola sin estarlo.
Sacó su teléfono y fingió una conversación con su novio imaginario.

Amor, espérame en la parada. No demoro.

No importa que Ramón, su pareja de dos años, sea producto de la imaginación, eso es lo de menos. Aquel señor con barba y canoso, con piel arrugada y color mestizo, sí, aquel que lleva puesta una camisa azul celeste y un pantalón negro sabe que Kamila tiene un novio fuerte y musculoso que la esperará en la parada de 41 y 42.

La mirada lasciva, las manos juguetonas. Ella ignora, él no la deja tranquila. El señor levanta su mano derecha queriendo alcanzar algo en el asiento de Kamila. Ella se asusta y se para. Camina hacia la puerta creyendo que queda poco.

En su mente se reitera la escena más de cien veces. «¡Podía haberme tocado!». Algunos pensarán que no lo hizo por buena persona, yo creo que no pudo porque Kamila fue más rápida.

La guagua se encuentra una parada antes del destino final de la joven. El peligro está a punto de pasar. Pero él se levanta. Se ubica detrás de ella. La roza, la huele, la siente. La espanta.

Se abre la puerta y él toma su mano: «no te vayas, niña, ven para mi casa». Kamila grita y corre. Casi cae al suelo. Sin embargo, dice estar a salvo. «No fue nada», se repite.

Son casi las ocho y Kamila libró. Ahora transita, a poca luz, para llegar a su casa. Esta vez no aprieta las piernas, aprieta el paso. Sabe que por el camino muchas mujeres han quedado.


El ómnibus se encuentra atiborrado de personas que miran impacientes el reloj y las ventanillas; buscan saber dónde están, dónde debe cesar su viaje. Algunos escuchan música; otros solo atienden la vida que el móvil les ofrece. Todos, absolutamente todos, ignoran lo que ahí sucede.

Cristina queda inmóvil en la parte trasera del P3. Los ojos de un hombre mulato y avejentado se posan sobre su cuerpo. Al lado de este individuo está su hijo.

_ Mira, hijo, esto si es un ejemplar de hembra de la especie. Una mujer de verdad. Así debes buscarte a tu novia.

El niño asiente. Parecerá que esta frase es lo peor que podrá relatarse. Sin embargo, hay algo que lastima más. Al infante lo cargaba su madre. Aquel señor no dudó en «vacilar» a Cristina con su mujer extendiendo el brazo derecho sobre su pierna delgada en señal de afecto; no dudó en decirle al hijo cómo debía ser un hombre; no dudó.

Cristina salió espantada del lugar donde estaba. Una señora que oyó esto le cedió, amablemente, el asiento.

Pasados unos minutos el niño buscaba con la mirada a Cristina. No podía separar sus ojos de su escote. El niño había aprehendido. Supongo que, tal vez, esta no fue la primera lección de hombría por parte de su padre. Repite los patrones.

Así está siendo criado; así actuará; así educará a sus hijos e hijas; así se perpetúa el machismo, la violencia, las malas prácticas.

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