Covid-19, Sociedad

Julio César Fors: “Lo que yo viví no es necesario que otros lo vivan”

Por Raúl Hernández

Cuando a uno le hablan de Coronavirus piensa inevitablemente en la dificultad para respirar. Se figura la tos asfixiante provocada por la neumonía y, quizá, otros síntomas como la pérdida del gusto y el olfato.

Es probable que otros imaginen una gripe y hasta alguno habrá pensando que no es gran cosa. En el peor de los casos, recuerda a los tubos de la terapia de cualquier hospital. El oxígeno, las mascarillas y los trajes verdes del personal de salud.

Muchísimos, centrados en el combate a esta enfermedad, hablarán del tratamiento como si se tratara de otro idioma: retrovirales y antibióticos combinados, interferón, rocephin, azitromicina. No obstante, en Cuba, somos médicos por deporte, como mismo mánagers de béisbol. Eso no puede ser malo, siempre que decidan los médicos de verdad.

Los estadísticos y los optimistas comentarán de una vacuna, o dos, o tres, y sus porcientos de eficacia. Pero casi nadie sabe, a ciencia cierta, cuánto afecta el coronavirus las emociones.

Basta adentrarse en una historia singular y sentir un mínimo de empatía para conocer la angustia y hasta contagiarse de ella. Esa angustia que narra Julio César Fors cuando rememora, lo que considera, la peor experiencia de su vida.

Julio ya tuvo que vencer más de un obstáculo. Hace 31 años un accidente vascular encefálico le dejó hemiparésico, pero él es un luchador y se repuso a ello. Por fuerzas (la impuesta y la voluntad) aprendió a ser zurdo y se repuso.

A sus 65 años lo ves y piensas que es de esos que no escapa al virus, lo intuyes en su andar trabajoso, en su físico cansado y envejecido. Lo temes, aún si no sabes que, además, es hipertenso. También Julio temía contagiarse y todavía, después de ganar el combate que pretendió evitar, siente pánico de volver a pasar por eso.

Reconoce ese miedo con pudor, mientras cuenta que salió victorioso pero no ileso. Contrario a la estadística no sufrió los síntomas severos aunque perdió gente querida en la contienda. Su yerno no pudo con la afrenta de este enemigo en la sala de un hospital pinareño.

“Después de 20 años viviendo contigo aprendes a quererle como un hijo”, confiesa con voz quebrada. Los párpados rugosos y pesados caen sobre sus ojos que se escurren hacia un rincón cualquiera de una oficina en la Emisora Provincial de Radio. Allí labora Julio como asesor de programas musicales y variados.

Sus lágrimas te transportan a un lugar que comienzas a percibir como propio. Es imposible no empatizar ante la tristeza de un hombre que narra una pugna interna entre el temor por la vida propia y la preocupación por sus nietas, su hija y su yerno. Los cuales agonizaban en la terapia del hospital donde antes trabajaba como médico del servicio de ortopedia.

“Sentía el pecho oprimido pero no porque me faltara el aire debido al virus, sino porque la carga a veces era imposible de soportar entre el miedo y la preocupación. Muchas veces creí que me daría un infarto.”

Julio César Forst en la emisora provincial de radio de Pinar del Río. Foto: Raúl Hernández.

Así narraba Julio César la angustia ante la inminente pérdida de un ser querido, la desazón que provoca pensar que todo está perdido. “Esa sensación solo podía compensarse con una llamada a las nietas para saber que estaban bien”, recuerda y sus ojos húmedos miran al celular con el que capturo las escasas palabras inteligibles de su voz grave y temblorosa.

“Yo nunca he soportado esos teléfonos pero en ese momento era mi único consuelo”. Notas que se ruboriza cuando apunta: “todos dicen que los niños son menos vulnerables, pero sentía terror de que algo pudiera pasarles a mis nietas”.

Confiesa que las llamadas de sus amigos y colegas de Radio Guamá le sacaban temporalmente del desasosiego de aquel aislamiento. “Es desolador no poder hacer nada por ti mismo o por aquellos que quieres y resignarse a lo que pueda pasar. Por suerte los médicos cubanos realizan una proeza en el combate de esta terrible enfermedad”, comenta.

Él y el resto de la familia estaban recuperados cuando quedó truncada la vida de su yerno después de 22 días agónicos entre los parabanes y las urgencias de una sala de terapia intensiva.

Julio vuelve a esa llamada terrible de su hija para decirle que su esposo había resultado positivo al PCR e ingresaba en cuidados intensivos. Ni siquiera el avance volátil de la enfermedad le hicieron pensar que sería él quien soportaría el embate de este “virus asesino” y no un joven saludable y lleno de vida.

A principios de junio de este año, Julio recuerda que no había la cantidad de contagios en Pinar del Río que a mediados agosto, donde la cifra de positivos rondaba los mil cada día y actualmente ha empeorado.

Piensa que quizá la cepa que sufrió era menos agresiva y entiende, incluso, que la situación en el hospital es mucho más compleja, desde la cantidad de pacientes hasta los medicamentos que escasean.

“Lo que yo viví no es necesario que otros lo vivan” remarca con la vehemencia y sensibilidad suficientes para persuadir al más insensato a librarse de compartir su suerte.

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