En días de epidemia, la Alameda de Paula asoma al mundo cual sacro escondrijo del reposo público. Mientras levitan en la paranoia populachera los miedos y las prohibiciones, el recuerdo agrio del «aquí no» y «aquí tampoco», este último reducto de malecón, el más escondido, funge de burbuja oxigenada para quienes, entre carencias y enredos de la ruda vida, buscan sitio de liberación espiritual, extraña y casi inaudita intimidad solitaria, apenas compartida con alguien más.
El freno de los autos, el clamar de las aves, la advertencia de los barcos… todo parece envuelto en un compás de dos por cuatro.
Vista en plano general, cuando rozan las siete de la tarde, se trata de un sitio apacible que se decora de a dúos por cada cuatro metros, tal vez un poco más. En cada banco felizmente separado, una pareja conversa. Un banco, una pareja; un banco y dos, un banco…
Aquí se «conspira» zalameramente de a dos –insisto– sin las mojigaterías esnobistas de los nuevos ricos y sin la ropa estilizada de la gente «fresa» que vive en mundos color rosa, incluso en barrios que nunca lo son tanto. Y sin embargo, el pink no es tono con que se podría definir La Habana Vieja. «Color de nieve», nos decía el poeta; «hecha a los golpes con el hierro duro», remataba.
La Alameda, ahora mismo, resulta privilegio de los suburbios y es la sincera naturalidad del barrio la que se recuesta, a veces con algo de ron entre los dedos, a los metálicos barrotes que sirven de baranda y espaldar.
Aquí, donde la ley no se ha atrevido a penar el amor al aire libre, coquetean en igualdad de condiciones, relativamente yuxtapuestos, múltiples matices generacionales y de credo y raza. Solo una norma no escrita parece modelarlo todo, al menos en estos días de epidemia: dos por banco, dos…
Y está el padre orgulloso y exigente que graba al hijo, quien, con sus presumibles diez años y un porte mínimamente atlético, desarrolla impresionantes trucos sobre una patineta, sin quejarse un instante de la sangre en su rodilla que los minutos y el viento yodado del mar de a poco van empostillando.
Y están los dos jóvenes que cierran círculo con la cauta estatua de Guillén, debatiendo, quién sabe si con el bardo, sobre las últimas nuevas de WhatsApp, Facebook o Tik-Tok.
Y el gordo de cara insulsa, con su perro entre las piernas (dúo interespecie), al que ya se acercan dos policías para preguntar algo.
Y está Enriqueta, allá, con la capilla, con su delicada inmovilidad, extrañando arbitrar corridos de bases, bolas, strikes, faltas, saques de banda y goles. El béisbol y el fútbol fomentan demasiado escándalo y, además, son deportes de muchos, demasiados.
Y la capilla en mute, como si estuviese montando guardia en su portón el peor de los tiempos, enemigo de lo bello y el arte.
Y corren y caminan dos de allá hasta acullá, con ínfulas fitness. Y corren y caminan los apresurados y los lentos que tienen por oficio esta ruta y que jamás sabrán el nombre de los árboles que en la Alameda acompañan y saben darle cierta voz de hojarasca al viento.
El muro del malecón, pronunciamiento último de lo terráqueo, como un suspiro de piedra ante el vacío, esconderá los breves arenales donde mueren olas sin nombre ni carácter; les arrebatará el foco a las peregrinas manchas de petróleo; y dará segura cobija a las ratas del puerto, que abandonan la cloaca para buscar comida justo a esta hora en que la tarde cae herida de muerte y la brisa se extingue, en tanto los amantes de Alameda dejan atrás sus puestos y salen, con caminar Caribe, en busca del sitio donde pasarán, posiblemente, el resto de las noches de su vida, de forma tan lenta y melódica como un compás de adagio a dos tiempos.