Una ciudad es otra cosa; una construcción hecha de personas, de afectos.

Fernanda Trías

Quien asista a la lectura de una novela cualquiera de Fernanda Trías, tropezará con los miles de tópicos manidos de la narrativa latinoamericana de estos tiempos. Sin embargo, la autora uruguaya tiene el talento natural para envolvernos en un bucle mimético que, en algunas ocasiones, te impedirá pasar de largo. Es el caso de La azotea (2001), una obra que la posicionó de manera sólida en el panorama literario del continente.

Desde una sugerente paradoja, se teje el leitmotiv fundamental de su imaginario: la construcción de una ciudad del miedo. La erige en convergencia con el sujeto mismo, el cuerpo y la simbología del personaje. Al igual que en otras de sus publicaciones, la protagonista-narradora es una mujer. Primera persona y con una carga autobiográfica notable.

El sello personal es clave y necesario para un acercamiento al universo de Trías, quien ha declarado en entrevistas la relación directa de estos relatos con su experiencia personal. Afirma que el mundo siempre le ha parecido un lugar bastante amenazante e inhóspito y su vida itinerante vendría siendo una forma de contrafobia.[1]En este punto podríamos decir que La azotea toma un carácter alegórico frente a la relación de rechazo total que establece la autora con el exterior. La amenaza del “afuera”, la reconciliación que, incluso buscará en otras obras, pero no llegará.

Foto: Tomada de Portal 180.

Una ciudad te encierra, te engulle, despierta temores escondidos, te obliga a proteger lo que importa. Ante esto, Clara (narradora-protagonista, dato que no conocemos hasta avanzada la novela) encuentra la solución de una verdadera sobreviviente. Convierte su casa en una ciudad, una fortaleza, un refugio necesario.

El «afuera» desde adentro

La hostilidad y la paranoia se vuelven asfixiantes en cada capítulo, una narración que te arrastra al subconsciente de esta mujer. Una mezcla de símbolos y transgresiones del cuerpo, sugerencias bizarras sobre los vínculos entre personajes se transforman en el mapa de lectura. Según nos adentramos en la historia resulta ingenuo confiar en el discurso principal, el cual se desdibuja y genera lagunas propias de una mente perturbada.

Los personajes encajan en niveles de acción muy definidos, Clara tiene todo bajo control en su casa-ciudad. El padre, la hija y la vecina funcionan como proyecciones de esa narración paralela reservada para el lector. Entonces se construye la azotea como una zona metonímica desde la cual será posible unir las piezas sueltas, los fragmentos de recuerdos y percepciones en la cosmovisión del sujeto femenino.

Las conversiones espaciales están realizadas con la maestría necesaria. Se emplean recursos tan caricaturescos como la animalización de escenas. Los arquetipos ponderan el ambiente que pretende la autora. Su lectura llega en paquetes dicotómicos, su lenguaje transparente contrasta, y no entorpece, con la densidad o pesadumbre que alcanza el relato.

Foto: Tomada de Señales para cruzar un laberinto.

No hay rambla, ni plaza, ni iglesia, ni nada. El mundo es esta casa.[2]La metamorfosis de la casa en fortaleza-ciudad se va dando de modo gradual pero agresivo. No augura otro final que la extinción. El lector es advertido, esta información no se oculta, la manipulación de los datos funciona en convergencia con la segmentación que caracteriza, no solo al texto, sino también al estado mental de la protagonista.

De lugares y espacios

Una teoría alrededor de la urbe se cuela entre líneas, la ciudad-concepto, término acuñado por el estudioso francés Michel de Certeau.[3] Implica un lugar de transformaciones y apropiaciones que le proporcionan al sujeto un poder de identificación; y con él la posibilidad de definirse a sí mismo, en gran medida, a través de ese espacio. Es un efecto producido por operaciones que lo orientan, lo circunstancian y llevan a funcionar como unidad de conflictos y proximidades.

Dicho espacio sería al lugar lo que la palabra a su articulación: el uno a la realización del otro. Pero el lugar es el que tiene la cualidad de establecerse como “sitio propio”, lo que permite a la literatura transformar incesantemente los espacios en lugares y viceversa.[4] Este recurso o procedimiento ocurre de manera constante en la obra de Fernanda Trías. La “apropiación” se hace más visible durante el fenómeno del que somos testigos en la azotea, sitio de la casa convertido en el núcleo de estas teorías.

Es un discurso disperso, no encontraremos una contextualización de los sucesos, no aparece mención de ciudad o fecha (a excepción de algún evento aislado). Con frecuencia la voz narrativa se diluye generando lagunas informacionales desde su propia consciencia subjetiva. Propicia la evolución de la casa hacia un microcosmos hegemónico. Las interrelaciones entre el sujeto y su medio, las establece solo a partir de vínculos creados desde la más acérrima individualidad. Marca un extrañamiento que roza lo absurdo. Todos los miedos son reflejados a través de su universo onírico. Siempre con un matiz que bestializa la condición misma del hombre.

Sujeto-Cuerpo-Casa

Cada mención a los elementos del exterior supone un inminente peligro: la policía, los médicos, los vecinos…Incluso las instituciones gubernamentales parecen estar en una posición antagónica. La otredad tiene la mayor de las connotaciones: su casa es su ciudad y los que viven con ella, el mundo. El exterior inhóspito solo alberga a los otros. Este otro implica lo diferente y, por tanto, el enemigo. De esta forma, el espacio habitado por ellos será también una zona de peligro.

Foto: Tomada de RTVE.es.

Se va conformando alrededor de la azotea el único concepto posible de libertad al que puede acceder la protagonista: la opción de saltar. El eje central, la puerta abierta a los recovecos del morbo; el espacio de poder, de lejanía; donde el resto del mundo es pequeño y no puede hacerle daño. La negación de este salto al vacío le resulta una injusticia que alcanza niveles hiperbólicos. Desarrolla pensamientos donde imagina que la tierra es redonda con el objetivo de imposibilitar el salto a quien lo logre. Una crisis declarada entre sujeto y espacio. Un espacio-cárcel que abarca toda la tierra e impide el escape del hombre.

Es una novela corta, subjetiva; pero para nada epitelial. Punto de partida perfecto para acercarse a la obra de esta autora (bastante polémica, me permito decir). Uno de esos libros que no canonizas, pero tampoco olvidas. El resto de sus producciones literarias han reafirmado esa voz tan desesperada y urgente que reclaman muchas narradoras latinoamericanas. Actores resultantes de una sociedad compleja y con una memoria que catapulta al lector hacia la violencia experimentada por un sujeto femenino, intercultural y, en muchos casos, postdictatorial.


[1] En una entrevista con Fernanda Trías: “La sensación de amenaza latente es un punto en común con todo lo que he escrito, en especial con La azotea. Si pensamos los dos libros como una continuidad, al menos de mi escritura, podría decirse que en La azotea el rechazo al mundo exterior contaminante es total, mientras que en La ciudad invencible (2015)hay una apertura, cierta manera de rendirse y de hacerle frente a lo desconocido. Pero, al fin de cuentas, es otra manera de abordar el mismo tema de siempre. No se trató de algo buscado. Creo que el vínculo espacio-interior espacio-exterior existe siempre. A pesar de todo, el “afuera” me sigue pareciendo un lugar bastante amenazante e inhóspito, y tal vez mi vida itinerante sea una forma de contrafobia.” www.revistaelparcero.com.

[2]Trías, Fernanda, La azotea, Ediciones Puntocentro, Uruguay, Montevideo, 2010, pág. 13.

[3] Michael de Certeau. El oficio de la historia. La invención de lo cotidiano, Capítulo VII “Andares de la Ciudad”, Universidad Iberoamericana, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, México, 2000, pp. 103-115.

[4] Ibídem, p. 130.