La fábula de la limosna

Conflictos e inestabilidad resultan las dos palabras con que la Organización de Naciones Unidas fetichiza las causas de que 88 millones de personas padeciesen hambre aguda al cierre de 2020. Añadidos: cambio climático y pandemia. No los pidieron y, aún así, se los sirvieron en la mesa. No los pidieron y, aún así, los tienen que pagar.

El 30 de diciembre, ya la ONU «prometía» que, para este 2021, solo en la República Democrática del Congo, Nigeria, Sudán del Sur, el Sahel Central y Yemen, 10,4 millones de niños padecerían desnutrición.

Las «cábalas» se acercan cada vez más a lo preciso: 3,3 millones de infantes que aún no alcanzan el primer lustro de vida también se sentarán en la bancada de la delgadez extrema inducida; de ellos, un millón con el asterisco rojo del «grave».

En el Consejo de Seguridad, se debaten estos temas… pero abundan las corbatas. Una corbata, como norma, resulta inversamente proporcional al hambre. Cuando se tiene una corbata y se pisa con zapatos lustrados la alfombrilla suave de la diplomacia internacional, hay problemas más urgentes y pobre gente, sí, pobres vagos, ya veremos…

Antonio Guterres, el delegado del aula, hace lo que puede cada vez que se para a hablar en esta «reunión de padres». Guterres acepta que todas las «familias» tienen problemas económicos a causa de los malos tiempos, pero pone cara de lástima para acariciar con pluma de codorniz las conciencias, como quien dice: «Por favoooor, paaapá’s, la solución no radica en recortar la ayuda a los niños del grupo que de ninguna forma pueden traer merienda, ni almuerzo, ni la otra merienda ni lo que viene después».

En el salón de clases, unos padres asienten tocados por la conmoción y otros se balancean en las patas traseras de la silla mientras piensan: «¿Qué culpa tengo yo de que no sean capaces de traer TuKola?».

Y claro que hay culpas, porque no fueron los africanos quienes trazaron con cartabón las fronteras de sus propios países, ni los receptores definitivos de las riquezas que han tenido y aún guardan sus tierras. No fueron los africanos quienes dibujaron un mapa mundo en el que Groenlandia es más grande que el continente madre, ni los que provocaron guerras a miles de kilómetros de la «tribu», ni los que secuestraron blancos europeos por cientos de años para que les cultivaran caña de azúcar y algodón.

El primer mundo tiene las manos manchadas con el subdesarrollo del tercero. El primer mundo sigue siendo el gran alfarero que manipula y moldea nuestras miserias fangosas. El primer mundo, el de la corbata, no sabe lo que significa tener hambre a pesar de haberla catalizado.

La reunión de padres concluye y se aprueba mantener la limosna. Y no es que esté mal dar algunas monedas, lo inadmisible resulta que piensen que basta y que además es un favor. De todas formas, ya se ha dicho, la limosna no es más que una morfina leve en medio de esta gangrena que nos inmoviliza.

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