De acuerdo con el gran pesimista Arthur Schopenhauer, la felicidad resulta imposible y solo los tontos se obsesionan con encontrarla; lo más que se podría hacer es evitar la infelicidad, aconsejaba el filósofo.

Hace pocos días, un amigo juez cerraba la noche posteando en Facebook que la felicidad estaba en la lucha y, por ende, nos deseaba a todos muchas luchas. Los días le han dado la razón. 

Ayer, una “turba” de personas, incluso algunas que ya habían acabado sus días universitarios, saturaron mi teléfono, como de seguro los de algunos y algunas más, al saber que la Universidad estaba organizando una red de apoyo para aquellos ancianos que, en mi barrio y en el tuyo, necesitan la atención de los SAF para sobrevivir. 

La casa de altos estudios también hacía un llamado para aquellos dispuestos a aportar su grano de arena –su modesto pero salvador…– en los centros de aislamientos que desde ya han vuelto a abrir, en respuesta a los despampanantes números de la Covid-19.

Ante esta petición, otros y otras también han escrito, dejando su número de teléfono, su dirección, su carnet de identidad, su nombre todo… Preguntando cómo será, si pueden inscribir a algún amigo, al novio o acaso si será posible caer juntos. 

Por muchas que son las interrogantes, las dudas, los miedos, la ausencia de certezas… siempre triunfa la oración sucinta de «No te preocupes, ponme ahí».

Van, entonces, a ejercer la ayuda como si fuese una fiesta, un deber no escrito, un orgullo, y no cual si se tratase –porque precisamente no ese trata– de obligación sombría. «La fiesta del trabajo», me decía cierta vez el viejo, sabio, bueno y periodista José Alejandro Rodríguez mientras paleábamos los escombros con los que un tornado abarrotó el pasillo trasero de un policlínico.

«Y aportar, compa. Yo al menos no puedo ver que se cae el mundo al lado mío y no hacer nada», me escribía ayer José Adrián Atanes, joven colega.

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Dice la Real Academia de la Lengua Española que la lucha es lid, combate, contienda, disputa… que también es oposición, rivalidad u hostilidad entre contrarios que tratan de imponerse el uno al otro; y que, igualmente, resulta elesfuerzo que se hace para resistir a una fuerza rival o a una tentación, para alcanzar algún objetivo o simplemente subsistir.

Digamos, para tergiversar al caduco Schopenhauer, que hay personas que no resisten la infelicidad de lo impasible  y desafían al triste sentimiento con el ejercicio de la lucha. Lo he visto… sigo viendo.

Lucha el orfebre que se aparta de los moldes tradicionales, los fáciles, y busca crear la pieza más compleja, la imposible, la más hermosa y resistente. Lucha el jardinero para que en medio de la seca su pedazo de tierra sea el más verde, para que la flor perfecta nazca, perdure y se reproduzca.

El conservador de la ciudad ve la ceiba muriendo y carga desde su oficina el cubo de agua que quizás la salve. Lucha el médico para que el moribundo se quede, para que la operación improbable triunfe desde sus manos. Lucha el científico por encontrar las respuestas, el niño por acabarsolo el rompecabezas, el viejo para subir la escalera sin que nadie le ayude.

Lucha el profesor para que el desastre sea futuro, padres y madres para que los hijos crezcan, los abogados para ganar el caso y el juez… para ser justo. Lucha el periodista para escribir el reportaje «de su vida», el escritor para acabar la novela, el filósofo para entender.

Según Silvio, lucha el compositor contra la tormenta,contra las sillas el que tiene buen camino y contra la soledad el que quiere compañía. Lucha el meteorólogo por descifrar «el tiempo» y el astrónomo por encontrar estrellas

Lucha el arquitecto por el edificio exacto. Lucha el instrumentista por vencer la partitura más endemoniada y hacer creer a todos que la compuso un ángel. Lucha el atado por ser libre, aunque queme sus manos en el intento de zafarlas.

Todas estas luchas y otras tantas se entrecruzan, se prestan, se comparten… En ellas, median el ego, el conocimiento, la perspicacia, la bondad, la fuerza. Pero solo en su seno puede experimentarse esa felicidad por antonomasia finita, destinada a ir trunca, pero que roza picos de plenitud tan bárbaros y despampanantes que uno se ruboriza ante la posibilidad de que el ejercicio de ser feliz se transforme en acto de soberbia.

Esa felicidad, potente y raigal cual corrientazo, va y es la que llaman verdadera.