De seguro que hoy, en cualquier parte de esta Habana, alguien recibirá un diploma que lo acredite como capitalino ilustre o adoptivo o, simplemente, diga que el compañero Roberto y la compañera Nancy son reconocidos en el marco del aniversario 501, por su invaluable labor en pos de la ciudad, de la empresa  y quién sabe si hasta del CDR.

Puede también que corten una cinta, como quien reinaugura algo, o tal vez terminen de echar una calle bajo el pretexto de que en cumpleaños se ha de vestir bien y colocar los presentes donde se vean. Ello no ocurre solo con los comunes del común, también resultan las normas que rigen a este personaje colectivo de alma tan policromal como casi todo lo acariciable con la vista.

¿Qué obsequiarle a un ciudad ante cuantía tan carente de carácter? ¿Quién va a guardar en el recuerdo lo que pasó en el 501 aniversario, aún más cuando tan cercanos en la memoria yacen los fuegos artificiales que insistentemente la maquillaron en el reciente “cumple” cerrado?

¿Se dirá que La Habana llegó al 500 más uno el  mismo día en que un huracán llamado Lota, descargase contra Nicaragua sus cuatro categorías? ¿Quedarán fuerzas para celebrar algo que no sea la mismísima supervivencia?

Quizás este sea uno de los grandes obsequios que San Cristóbal se ha regalado a sí misma: vivir. No vivir de manera vegetativa como quien se conforma con respirar y comer. Vivir como expresión máxima de la misma palabra. Por ello, hoy habrá autos y ómnibus de allá para acuyá, los niños que esperaron juntos las 12 de la noche, recreando toda clase de historias, en la tarde se volverán a reunir para jugar al fútbol, la pelota o lo que sea.

Los cañonazos sonarán más estridentes que nunca y los barcos harán sonar sus graves pitos de eternos ambulantes. Habrá algún toque de solar, vueltas a la ceiba, besos de amor, de ocasión, de desquite… madrugada con el cielo despejado de Las mil y una noches, trovadas en pleno malecón, algo de oleaje, ventas de rositas de maíz, otra vez los carros de un lado a otro, negocios de todos los colores, tamaño y costo, tazas de café, somnolencias…

Regalo grande también el que se le adelantase este domingo cuando el aeropuerto reiniciara sus operaciones. Le han regalado el regreso de los aviones que ya vibran por encima de todo. Le han regalado un poco más de libertad, palabra que casualmente se ajusta con lo que dicen los sitios de mala muerte que significa la cifra. En este cumpleaños, La Habana es una ciudad que conversa más con el mundo, que viene y la toca

Una ciudad sin aviones es un sitio que efectivamente ha perdido algo de vida. Es como despertar y descubrir que no hay gorriones por ninguna parte, que el cielo calla.

Le regalarán poemas como el de Fayad Jamís y dirán, con la solemnidad de lo etéreo: “Cuando erré por el mundo ibas conmigo. Eras una canción en mi garganta. Un poco de azul en mi camisa. Un amuleto contra la nostalgia (…) Ciudad de mis amores en el polvo. Bella ciudad de podredumbre y alas (…) Si no existieras yo te inventaría”.

Otros más recios con su suerte tomarán prestados los versos de Gabriel de la Concepción Valdés y mascullarán: “Jamás murmura de su suerte aleve, ni se lamenta al sol que la fascina, ni la cruda intemperie la extermina, ni la furiosa tempestad la mueve”.

No faltarán quienes le entonen las melodías nostálgicas a lo Varela o como las de la siempre joven Liuba o como las del omnipresente Gerardo, con aquello de “dulce locura” y sus odas ultracaribeñas a cada sábana blanca que cuelga a la calle.

Será un día tranquilo en el que todo lo dicho hasta aquí pujará por encajar en armonía. Quizás no sea recordado como el 501 y sí como el aniversario en que La Habana amaneció con sus viejos gorriones y se sintió, en medio de los traumas universales, un poco más viva.