La hojarasca es el cartel

Pocos días han transcurrido desde que el joven diseñador cubano, Rogelio Carmenate, publicara un cartel referente al anhelo de producir 100 millones de dosis del más aventajado de nuestros –nuestros, sí– candidatos vacunales.

La polémica, «estrella que ilumina y mata», no tardó en aparecer, dado que el mensaje plasmado en el diseño resultaba una evidente alusión a la zafra de 1970, en la cual, recordarán unos cuantos, Cuba se paralizó prácticamente por un lado y se movilizó increíblemente por otro, con el fin de alcanzar una cosecha de 10 millones de toneladas de azúcar.

«100 MILLONES/ ¡DE QUE VAN, VAN!», asegura el cartel que hoy nos «convoca». «LOS DIEZ MILLONES VAN», se decía en los 70.

En (d)efecto, la zafra de marras resultó un gran fracaso. El fiasco, sin embargo, no se debió a que nos quedásemos cortos, aunque a nivel de comunicación política se manejaba que resultaría una pérdida moral estancarse a una milésima de los 10 millones. La producción de ese año, 8.5 millones de toneladas, constituyó una marca histórica en la producción azucarera cubana, hasta el día de hoy imbatible.

El germen del fracaso estuvo en la propia concepción, en todo lo que se sacrificó para que los diez millones se hicieran realidad. Incluso, he escuchado a economistas asegurar que, de haber alcanzado el monto propuesto, el desastre económico habría llegado de igual manera.

Dicho esto, podría parecer que emplear una alegoría a la Zafra de los Diez Millones en un cartel sobre nuestras vacunas sería una aberración. Quizás sí. Muchos usuarios de las redes sociales lo calificaron como una falta de respeto, una burla. A otros, sencillamente, les funcionó.

En medio de esta realidad, surgen ante nosotros dos debates. Uno: si el cartel sirve. Dos: si resulta correcto salvar una referencia «nacida» –que se recuerde– en esa zafra.

Especialistas en diseño y comunicación podrán ahondar mejor en si el paralelismo con un tema tan polémico resultó el más feliz. ¿Era el diseñador consciente del ruedo al que se lanzaba?

Hasta la fecha, según indicó Carmenate a Horizontes Blog, su objetivo –llamar la atención sobre el nuevo reto cubano– se ha cumplido con creces. 51 años después, Rogelio aprovechó una curiosa coincidencia cacofónica, llamémosle rima, para levantar su mensaje y, quizás sin pretenderlo, destapó una polémica en torno a lo que implica usar este eslogan.

No soy un experto en el tema, pero tengo claro que el proceso de decodificación de todo producto comunicativo trasciende al producto mismo y lleva en sí una fuerte carga de subjetividad. Por tanto, sobre un mismo elemento pueden ceñirse distintas visiones sin que muchas de ellas carezcan de legitimidad por cuanto tienen de contrapuestas. Partamos de ahí, del respeto a la opinión distinta y de la idea de que la razón se construye.

En mi caso, elijo alejarme del cartel per se y centrarme en una problemática que va mucho más allá de si un diseño funciona o no. Me cuestiono, digamos, nuestra capacidad para decantar experiencias amargas y quedarnos con símbolos coherentes, sin la necesidad de deshacernos del «paquete» todo.

La zafra del 70 fue un desastre –ok. El país quedó quebrado. Hubo errores de concepción.  Ahora bien… en esa zafra se logró lo que nunca antes ni después ocurriría en igual grado: se desató la fuerza motriz que desencadenó un resultado azucarero menor del esperado, pero igualmente increíble, cuando uno lo ve desde la frialdad y el ahora.

Cuando uno lo ve desde la frialdad y el ahora, también resulta increíble que este país tenga cuatro candidatos vacunales y sea referencia regional –y un poco más allá– en un ámbito tan costoso y exclusivo como la ciencia, aún más en el momento que transcurre.

Esa conexión con los 100 millones, tomándola por ahí: por el empuje, lo real maravilloso de la flor en medio del fracaso, por lo de demostrar de qué estamos hechos, más que como dirección estratégica país, como pueblo inteligente, fuerte, preparado, talentoso si lo decimos en una palabra… el engarce por esa arista… me sirve, porque resume el hilo común que mueve al extra, al sacrificio.

Perfectamente equiparo las duras jornadas de los macheteros –que no fueron solo los macheteros de oficio–, el sudor, el «un poco más…», con las duras tandas de trabajo de los científicos de ahora, siempre contra reloj, y con parte del pueblo apoyando en cuestiones de sanidad y organización, aunque no esté especializada en ello.

Estos también son los macheteros improvisados del 70 y son los que hacen cuanto escuchan por ahí que se precisa para que ningún muro –pongámosle pecho a las metáforas– se derrumbe. Ellos son el parapeto de los hombres y mujeres de ciencia. Hablamos de una voluntad popular en pro del hacer que nace del sentir y del convencimiento. Eso es decir «Van».

La zafra del 70 fue un desastre, cierto, pero, ¿tendremos por ello que renegar del sudor de un pueblo que creyó en sí y trabajó como pocas veces trabaja un pueblo por un objetivo común? Por otro lado, amarrar la frase «de que van, van» solamente a ese contexto puede rozar lo reduccionista y lo reduccionista –consciente o no– ciega y manipula.

Que a nadie le parezca nueva esa sabiduría, valiente sin dudas, de salvar los símbolos –por cuanto llevan de potencial y sincero– de sus contextos amargos.

¿Acaso se olvidan del esqueleto de aguja que llegó atado al barco de aquel Viejo y el mar? ¿De esa filosofía a lo Hemingway de que el ser humano puede ser derrotado pero no vencido?

Los independentistas de Guáimaro adoptaron la bandera y el escudo de Narciso López: anexionista. Si hay algo más reprochable que el fracaso es el anexionismo.

Los hombres de la Guerra Grande, muchos de los cuales «fracasaron» y murieron, que cometieron errores como los comete todo el de carne y hueso que se sostiene en dos piernas… esos inmensos, que se ensuciaron la boca con la más amarga tierra del fracaso, fueron los mismos que sirvieron de faro a la contienda Necesaria, en la que, por cierto, se siguió cargando al degüello con la misma furia de machete que, 17 años atrás, nada había resuelto.

La Guerra de los Diez Años fue un «desastre» y la Chiquita también, así como todos los intentos en medio de la Tregua Fecunda. Sin embargo, a pesar de los errores cometidos –y reconociéndolos–, en el 95 se arrancó con los símbolos que parió el 68.

La revolución del 30 también resultó un fiasco y, mire usted, no hay quien nos toque a un Villena o a un Pablo. Guiteras… otro de los fracasados históricos, pareció haber dictado a punta de lápiz las vindicaciones del juicio del Moncada.

La historia de Cuba es la historia de los fracasos. Este país se escribió con el legado que hubo que escarbar en las cenizas de la derrota. Este país se escribió con el sacrificio de los que de alguna forma dijeron para sí: «De que van, van» y luego se entregaron para fajarse a mordidas contra la suerte o a machetazos contra la caña o a puro cloro, libro y ciencia contra la peste de turno.

Censurar a quien propone: «De que van, van», desde la Cuba de las zafras «perdidas», puede ser tan atroz como burlarse del que enuncie «¡No pasarán!» desde la España de la Civil ensangrentada.

El «de que van, van» trascendió hace mucho la zafra del 70. Si este cartel llega, asume con responsabilidad el paralelismo y de paso nos recuerda, a través del hipertexto, que ninguna victoria está segura: bienvenido sea. Si nos hace reflexionar sobre nuestros traumas históricos y pone sobre la mesa la idea de su resemantización, de forma tal que de lastres se conviertan en velas: bienvenido sea, otra vez.

Pero no dejemos que el vértigo de las opiniones contrapuestas y las posibles meteduras de pata nos impidan vislumbrar lo verdaderamente importante. Si no se llega a los 100 millones de vacunas y nos quedamos en 85, igual me sirve. Pero eso, como dijese el escritor, es la hojarasca.

Un comentario en «La hojarasca es el cartel»

  1. Apología al fracaso. Por eso ese cartel. Y en su opinión tendremos que seguir aupados por los errores aún cuando estos nos hagan sangrar. Por sus palabras está bien que sigamos así otros 51 años: basándonos en el falso criterio que está bien conformarnos con menos de lo que podemos hacer; pero aún peor, para usted y muchos, está bien desgastarnos y reventarnos por tareas que cuestan más que el producto final. Eso está mal. Eso es un pensamiento retrógrado, anticuado que debemos extirpar de nuestra sociedad. Por eso no hemos avanzado mucho más en economía ni en la sociedad. Nos conforma el fracaso. No analizamos los malos procederes ni menos hacemos el intento por erradicarlos. Para usted está bien que volvamos a fracasar como en la zafra del ’70. ¡Que mal estamos! La opción no debe ser el fracaso. No más apología a este ni regodearnos en experiencia negativas. Yo apuesto por los 100 millones de dosis y creo en su factibilidad y que tal vez lo alcancemos, solo que no acepto el sí porque sí al que remite el “VAN VAN” (y su posterior chasco) porque, el tal vez de antes, supone que la COVID no empeore el escenario nacional e internacional, que el bloqueo no se agudice y que el proceso de producción no se afecte por malas decisiones burocráticas. Pensar en los contra no nos hará pesimista, sino más cautos y menos vanidos, eso nos ha ensañado el 2020 y la Covid y sus efectos en el curso escolar, en la serie de pelota, en los carnavales, en los juegos Olímpicos, en los Hoteles que no se terminaron ¿Sigo? Algo aprendí hace muchos años: si quieres nuevos resultados: positivos, cualitativos y cuantitativos, emplea nuevos métodos. Por si no se me entiende muy bien: “De que van, van” remite a métodos fallidos y al triste hecho de que está bien regodearnos en la mala experiencia del fracaso; es una expresión “políticamente correcta” pero nada dialéctica.

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